
El “Triángulo” es el nombre que recibe el distrito gubernamental de la capital ucraniana, el objetivo primario de los asaltos rusos contra Kiev durante las dos primeras semanas de la operación a gran escala desencadenada por Vladímir Putin el 24 de febrero de 2022.
Eran las 04:15 de aquel día, cuando en un anuncio televisivo grabado tres días antes, el presidente de la Federación Rusa declaró la guerra a Ucrania. La agresión comenzó entre las 04:45 y las 05:00 con potentes interferencias de las telecomunicaciones, los sistemas de radar de los invadidos y una intensa actividad de acoso por parte de drones que simulaban ser aviones rusos. Además, las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa desencadenaron también ciberataques a gran escala contra las infraestructuras del Gobierno ucraniano, con las que consiguieron interrumpir redes de alto voltaje y subestaciones eléctricas por todo el país.
En consecuencia, el sistema de comunicaciones de las Fuerzas Armadas Ucranianas quedó interrumpido y cortados todos los enlaces entre el Estado Mayor Conjunto, los Comandos Operacionales y las Brigadas, durante varios días.
Al mismo tiempo, numerosas oleadas de misiles balísticos y de crucero impactaron contra aeropuertos civiles y militares e instalaciones seleccionadas de defensa antiaérea y, aunque algunas Bases Aéreas, casi todos los grandes aeropuertos y varios de los emplazamientos de la defensa antiaérea resultaron severamente alcanzados, las bajas que causaron a la Fuerza Aérea Ucraniana fueron mínimas gracias a que en el último minuto habían evacuado sus aviones y helicópteros a aeródromos situados en el sudoeste del país.
Aún se estaban desarrollando los primeros ataques cuando el Ministerio de Defensa de Moscú puso en marcha su “golpe”, una operación cuyo objetivo era derribar al Gobierno ucraniano y así decapitar y paralizar el liderazgo político y militar del país, justo al inicio de la guerra. A causa del favoritismo de Putin, esta tarea se encargó a una mezcla de unidades selectas de las Fuerzas Aerotransportadas Rusas, Compañías Militares privadas y, en especial, la poderosa Fuerza Aeroespacial. El resultado fue un plan complejo, engorroso, lento en su ejecución y con tropas demasiado escasas para una operación de este alcance e importancia. Primer gran error del Alto Mando ruso, de los muchos registrados por Moscú a lo largo de estos cuatro largos años.
Es importante mencionar que la acción comenzó días antes del ataque, con la infiltración de numerosos equipos y mercenarios en el centro de Kiev, con el objetivo de capturar y eliminar al presidente Volodímir Zelensky, a los miembros de su Gabinete e incluso a su familia. De todas maneras, si esta misión fracasaba, se encargó a tres grupos tácticos de “elite” que en vez de participar en el asalto a Kiev, aseguraran aeropuertos fuera de la ciudad, para que sirvieran como cabezas de puente para la llegada de más tropas aerotransportadas, como apoyo a las operaciones de fuerzas especiales.
No muy lejos y por detrás, dos Grandes Unidades de Batalla (Guardia Nacional, unidad militar para uso en el interior del país que depende directamente del presidente Putin), avanzarían por carretera desde Bielorrusia para asegurar algunas infraestructuras cruciales en torno a la capital y esperar a la llegada de las unidades mecanizadas que, a su vez, completarían la conquista del centro de Kiev y su aislamiento del oeste y el sur del país.
No pudo concretarse el paseo que imaginaba Putin de 48 horas y la entrada triunfal en la capital de las tropas del nuevo Zar moscovita. Han pasado cuatro años desde esa agonía que continúa hoy implacablemente, sin solución de continuidad.
Al presidente Zelensky, héroe indiscutido de este nuevo siglo, el mundo libre le pide que continúe con todas sus fuerzas y profundas convicciones democráticas, en esta cruzada libertadora. Miles de millones de personas apoyamos esta causa como propia en todo el hemisferio, recordando que la inmensa mayoría de los países de la Unión Europea, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y Canadá, entre otras naciones centrales, están demostrando inequívocamente que los principios nunca se negocian y que la democracia y libertad, no se entregan jamás ni son moneda de cambio.
La plena vigencia del Multilateralismo como doctrina esencial de las relaciones internacionales, que se sustenta en la globalización y la interdependencia entre naciones, fue y continúa siendo el antídoto más eficaz contra los gobiernos totalitarios.
Su plena vigencia desde 1945 y su consolidación con la caída del Muro de Berlín en 1989, demuestran que la solución de controversias entre Estados no es una alquimia sino una demostración que, aunque existan asimetrías enormes especialmente desde el punto de vista del instrumento militar, la diplomacia a través de la persuasión, el consenso y fundamentalmente la disuasión desde una posición de fuerza indiscutible, son los elementos que hacen posible lograr una paz digna.
De lo contrario, no es paz, es capitulación, rendición incondicional y Ucrania ha demostrado con hidalguía superlativa, que no existe Plan “B”. Definitivamente Putin debe devolver todos los territorios invadidos. Se lo exige la comunidad democrática internacional, con racional, equilibrada y, fundamentalmente, profunda determinación. A cuatro años del inicio de esta pesadilla, es imperioso que todos los países actúen ya con renovada firmeza y no se permita que el tiempo sea cómplice de los invasores.
José Ingenieros decía con manifiesta claridad ejemplificadora: “Los que aspiran a ser águilas, deben volar alto y mirar lejos porque aquellos que se resignan a arrastrarse como gusanos, pierden el derecho a protestar si los aplastan”.
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