
Al hilo de la muerte de Michael Reagan hijo mayor del ex presidente Ronald Reagan y reverenciado comentarista del universo conservador muchos seguidores del legado de esa familia reunidos en Los Angeles se preguntaron si el mundo que Estados Unidos está intentando forjar es parte de ese legado. La respuesta simple es no. Porque Ronald Reagan siempre creyó que la libertad era la única fuerza capaz de transformar al hombre y el mundo. De allí que diseñara una política exterior destinada a traer libertad donde no la había como por ejemplo el imperio soviético. Y focalizó sus esfuerzos en poner fin a ese régimen liberando así a toda Europa Oriental.
Lo que siguió después fue un mundo globalizado económicamente y fraccionado como nunca entre los que se beneficiaron de la globalización y los que sufrieron con ella. Estados Unidos, por ejemplo, fue teatro de la destrucción mayor de clase media que se conozca en el mundo. Porque para 1980 el porcentaje de la población americana categorizada como clase media ascendía al 66%. Luego había un 22% rico y el restante 12% era pobre y estaba localizado en los estados del sur. Hoy la clase media apenas roza el 50%, mientras que los hogares pobres representan el 30% de la población y los hogares ricos el 20%. Y todo esto gracias a la explosión de las burbujas del Internet y las hipotecas.
El impacto político de la globalización ha llevado a la dirigencia de Estados Unidos a pensar que un sistema internacional basado en reglas de acatamiento universal no conviene a sus intereses. Y por ello se está avocando a la creación de un mundo definido por las esferas de influencia. Este resultado es también producto de la ausencia de cumplimiento de las reglas establecidas luego de la Segunda Guerra Mundial por la mayoría de los países. Europa, por ejemplo, nunca abrazó la idea del libre comercio y la famosa Unión Europea deja mucho que desear en materia de integración económica y de intercambios con el resto del mundo.
Aún más, el financiamiento de la OTAN que colocaban el peso de la alianza en Estados Unidos era transitorio hasta que Europa se restableciera económicamente. Pero los europeos jamás tomaron en serio esa responsabilidad una vez que sus economías retomaron el crecimiento. América Latina ha ido de crisis económica en crisis económica, acumulando defaults y deuda y pasando el peso político al Fondo Monetario Internacional, entidad que le ha salvado la vida a muchas naciones del hemisferio con préstamos para cubrir déficits que desde luego debe cobrar. En materia comercial no existen mercados más protegidos y menos integrados regionalmente que los de América Latina con la excepción de México, Chile, Colombia y los países de Centro América que acordaron tratados de libre comercio con Estados Unidos y gracias a lo cual las clases medias en esos países han crecido a ritmos interesantes en los últimos treinta años Solo Japón tiene un comportamiento excelente en materia de acatamiento de las normas internacionales que surgieran de la Segunda Guerra Mundial.
Es esta situación la que ha llevado a Donald Trump a partir con el esquema de regulación internacional establecido en las conferencias Atlántica, Bretton Woods; Dumbarton Oaks y Yalta. Ingresamos así en el ya conocido mundo de las esferas de influencia en el que Estados Unidos, Rusia y China establecerán su hegemonía en América Latina, Europa y Asia respectivamente a partir de esta década.
Ese mundo ya lo vivieron nuestros abuelos y padres, puesto que él impero durante la Guerra Fría; la política europea de equilibrios de poder en los siglos XVIII y XIX y los Sistemas imperiales antes de la Primera Guerra Mundial. Las ventajas del sistema residen en reducir el riesgo de que estallen guerras entre las potencias siempre y cuando las esferas estén claramente delineadas; sean acatadas por el mundo entero y se cuente con una amenaza creíble frente a cualquier ataque. Otra virtud del sistema es que el mundo tiene previsibilidad estratégica. Es decir, se sabe quién controla, qué y cuáles alianzas están prohibidas. Y para finalizar, un mundo de esferas de influencia facilita la coordinación entre las potencias. Los conflictos abandonan el escenario mundial y se restringen a disputas interbloques que la potencia dominante termina por saldar.
En síntesis, estamos abandonando el amplio universo de la libertad que inspiro a Ronald Reagan para ingresar en el estrecho valle de las escuelas de internados, de donde a lo mejor saldremos mejor educados, pero menos libres.
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