
La respuesta cambia según quién la dé: para un izquierdista será intervención; para alguien de derecha, liberación. Pero las etiquetas no explican la realidad.
La realidad, cruda y breve, es que Estados Unidos no va a movilizar el diez por ciento de su potencial bélico para hacer turismo caribeño. Tampoco estamos en un cuento de Disney donde los barcos con droga se hunden por capricho: lo que está sobre la mesa son acciones selectivas, operaciones de inteligencia y golpes quirúrgicos contra operadores de la cleptocracia y sus redes, esas mismas redes que han convertido al Estado venezolano en botín y a la nación en rehén.
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El presidente norteamericano, por supuesto, no decide sobre la marcha. Detrás hay hipótesis calibradas, cálculos de riesgo y una masa crítica de información que no se hace pública. Mucho de lo que ocurre hace rato es invisible: operaciones conjuntas, seguimientos, interceptaciones y sanciones que se ensamblan para producir efectos concretos. Esa inteligencia acumulada es, muy probablemente, la base de las acciones que veremos en los próximos días (y de algunas que, sinceramente, ya se están produciendo).
Pelear contra sátrapas que construyeron su poder sobre la corrupción y el terrorismo de Estado no es un trámite. Son terroristas y narco delincuentes hace mucho tiempo. (¿Se acuerdan de los sobrinos de la dama?) No es un discurso de sobremesa. Erradicar estas pústulas es una empresa compleja que exige planificación, aliados y un horizonte jurídico o, al menos, un marco político que suministre legitimidad a la acción.
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Y sí: mucha gente en la región y en Venezuela siente -con razón- que pidió auxilio durante años y que ya no tiene margen para la paciencia. Los han pulverizado con esa metodología y colaboración “generosa” de los cubanos. Los derechos humanos desaparecieron allí, así que los que se pongan hipersensibles en la forma de recuperación de los mismos son iguales a un médico que abre un paciente y cree que llevará adelante una operación de vesícula curricular y resulta que advierte una metástasis total: la operación será grave y compleja. En esta segunda opción estamos. Por supuesto lo sabemos todos, pero los moralistas de tertulia se creerán Demóstenes y levantarán su dedo acusador.
Cuando uno habla con venezolanos hartos de la dictadura, las respuestas suelen ser secas, sin lirismo: quieren justicia, quieren recuperar su país. No es lícito pedirles mesura a quienes han vivido el oprobio diario. ¿Acaso fuimos prudentes con Videla, Pinochet o Stroessner cuando estaban en el escenario? La memoria de las víctimas no negocia con los verdugos. Lo que no puede hacerse es confundir deseo de justicia con deseo de venganza: cualquier salida debe buscar minimizar la sangre y maximizar la restauración institucional. ¿O eso no es acaso lo que aún se vive en el cono sur del continente? ¿Los venezolanos son gente de segunda que no merecen ese abordaje de respeto por sus derechos humanos?
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No puedo evitar señalar lo discordante de la reacción de algunos actores regionales. La presidenta de México, por ejemplo, dejó una imagen tibia y contradictoria frente a una mujer como María Corina Machado que arriesgó su vida en esta causa; una postura que resulta difícil de defender desde la coherencia política y la empatía femenina. La política no permanece ajena al gesto humano; a veces, la omisión dice más que la palabra.
Sobre el liderazgo post-dictadura no soy ingenuo: la transición será difícil. Sostengo, sin embargo, que esa transición debería impulsar un gobierno legítimo y eficaz que respete la ley y encabece la reconstrucción. Muchos venezolanos apostaron por María Corina Machado con un presidente electo como Edmundo González Urrutia; esa apuesta popular es el vector de paso hacia la democracia recuperada. La tarea es reconstruir instituciones, afianzar gobernabilidad y atraer la inversión para dotar de trabajo a la nación. Ese círculo virtuoso en un país depredado no es de un día para el otro y no estará plagado de desafíos. Hay que saberlo porque no se ingresa de un día para el otro al paraíso. Y más en un continente de democracias violentas como no conocimos hace mucho tiempo.
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¿Era la acción estadounidense la única alternativa? Para quienes vivieron a diario la represión y el saqueo, la frase “no había otra opción” resume la desesperación. Se podría discutir si existían alternativas viables; de lo que no hay duda es que las opciones dialécticas, los foros y las sanciones llevaron hasta aquí sin lograr recuperar la dignidad de millones. Eso explica el cansancio y la aceptación de medidas más contundentes por parte de amplios sectores.
A quienes me acusarán de imperialista o de subordinado: vivan la contradicción conmigo. Prefiero mil veces una discusión pública con todas sus aristas que la prisión hedionda en la que se tuvo a una nación. Admito críticas y las recibiré; no obstante, sostengo que, hasta ahora, el tablero no ofrecía mejores jugadas. ¿O alguno de veras ofreció hace décadas alguna solución? Puro palabrerío, retóricas, quejas, golpes en el pecho pero los venezolanos siguen presos y muertos de hambre. ¡Ya basta de cinismo!
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Hay aspectos que no se cuentan fácilmente: el mapeo de corrupción del régimen es vasto y todavía sorpresivo. Casos como el de Carvajal son apenas la punta del iceberg. Cuando se conozca el entramado completo -la red de cómplices, los negociados, las rutas del dinero- muchos entenderán el grado de depredación que sufrió Venezuela y también la necesidad de que esa verdad llegue a la Justicia.
Un aspecto absurdo: la intriga moral de pedir “proporcionalidad” desde el cómodo sillón de la retórica. Mientras tanto, a kilómetros, una población se desangra en silencio. La ética exige prudencia pero la historia exige resultados. No basta entonces con discursos elegantes: deben venir instituciones sanas, rendición de cuentas y reparación. Y sin acción no hay subversión de la realidad totalitaria. ¿Se entiende? ¿O se querría seguir eternamente con estos tiranos mintiéndole a la humanidad y tejiendo vínculos “non sanctos” con organizaciones terroristas por fuera de la región? ¿Qué no se entiende? ¿O hay que esperar otro atentado como los que padecieron los argentinos en su tierra para desde allí tomar conciencia de lo grave que se está padeciendo? Entiendo que lo quirúrgico es lo ideal. Lo rápido y lo que no genere conflicto social. Eso, que lo sabemos todos, es lo que puede transicionar a Venezuela de la oscuridad a la democracia rápidamente. Ojalá esta sea la modalidad norteamericana en el terreno. ¿Soy claro?
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Concluyo con una idea simple y potente: la liberación no es un carnaval de banderas ajenas ni un nuevo imperialismo; es la restauración de la soberanía del pueblo venezolano. Nada justifica a los narcoterroristas ni el autoritarismo que ellos consagraron. Y si la comunidad internacional debe intervenir -con límites, con ley, con cuidado- que lo haga para devolver la patria a sus legítimos dueños: los venezolanos. Porque por más análisis geopolíticos que hagamos, no hay dialéctica que valga frente al rostro de una madre que no tiene cómo alimentar a sus hijos. Ver a esas mujeres venezolanas elevar la voz sin nada que perder nos ubica en el terreno de la verdad: ya basta.
La transición será compleja, dolorosa y larga. Pero prefiero apostar por la reconstrucción que por el statu quo del saqueo. Y que nadie piense que la historia se quedará callada: cuando se enciendan las luces sobre las redes de corrupción y sus cómplices, serán muchos los que intentarán esconderse. No habrá almuerzo gratis. Y no habrá impunidad eterna.
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