
Cuando falta una semana para votar, Bolivia guarda un silencio que dice más que cualquier discurso: ocho de cada diez bolivianos creen que la economía está mal y menos del 10% de ellos está hablando de política. En el altiplano, ese silencio se estira como el frío. No hay banderas flameando en las esquinas ni caravanas cortando la carretera que sube de La Paz a El Alto. Lo que se ve son puestos de salteñas humeantes, minibuses repletos y filas interminables en las estaciones de servicio, donde el diésel racionado marca el pulso de la paciencia.
El domingo 17, casi ocho millones de bolivianos tendrán la posibilidad de votar. La mayoría irá con la convicción de que su voto no servirá para mucho. El ciclo que empezó con Evo Morales en 2005 se rompe, pero no por una revolución ciudadana que despierte esperanza, sino por un cansancio abrumador. Por la certeza de que, después de probar todo, todo falló.
El MAS, que alguna vez fue sinónimo de victoria inevitable, llega fracturado. Andrónico Rodríguez y Eduardo del Castillo compiten desde trincheras distintas, y ni siquiera juntos logran despertar una chispa de aquel fervor masivo de otros tiempos. Entre ellos y el recuerdo de Morales —inhabilitado, prófugo y todavía capaz de contaminar el aire político— se esparce un mismo síntoma: el desgaste.
La política como ruido de fondo
En los últimos siete meses analizamos más de 18 millones de interacciones en Facebook, Instagram, X y TikTok para medir no solo el volumen que la política ocupa en la conversación, sino también las emociones que provoca. Un dato atípico: a horas de votar, apenas el 8,3% de las interacciones se vinculan a la política y menos de 365 mil directamente a las elecciones. En la mayoría de los países de la región, en este punto de la campaña, el promedio ronda el 25%, con picos —como el de Argentina en 2023— por encima del 45%.
En la Bolivia de hoy, la política no es el centro de la conversación: lo son la economía, la inseguridad, la corrupción y los problemas cotidianos. Ningún candidato supera el 50% de imagen positiva y casi todos cargan más rechazo que entusiasmo. Las figuras del MAS concentran más menciones, pero también más repudio. Los opositores despiertan menos resistencia, sobre todo porque no generan interés ni adhesión popular.
Un país agotado
El 70% de los bolivianos cree que la política no resolverá los problemas del país, y menos aún los suyos. El 80% dice que la economía está mal o muy mal. La inflación, la escasez de combustibles, las restricciones cambiarias y la caída del gas han erosionado tanto el bolsillo como la paciencia. El interés por la elección no crece por adhesión a candidaturas, sino por la expectativa mínima de que algo cambie. No hay épica: hay necesidad.
Cuando se pregunta en Santa Cruz por las elecciones, un comerciante encoge los hombros y sigue contando los billetes arrugados sobre el mostrador. En El Alto, una mujer se inclina sobre un cajón de papas, se seca las manos en el delantal y, sin levantar la vista, dice: “Voto porque hay que votar”. Son frases breves, casi automáticas, que se repiten en geografías y niveles socioeconómicos distintos.
Un resultado abierto, pero no tanto
Por primera vez desde que Bolivia tiene segunda vuelta (2008), el ballotage es seguro. Samuel Doria Medina y Jorge “Tuto” Quiroga encabezan las encuestas con márgenes estrechos. Existe una remota posibilidad de que Andrónico Rodríguez se cuele en la definición, pero los números y el clima social la hacen poco probable. La novedad no es solo la posible alternancia: es que el MAS podría ni siquiera estar en la segunda vuelta.
El próximo presidente asumirá el 8 de noviembre sin margen fiscal, sin acceso a financiamiento internacional y con una ciudadanía empobrecida y escéptica. Bajar la inflación, resolver la escasez de combustibles y desmontar subsidios serán prioridades inmediatas, con costos sociales que nadie oculta. El riesgo no será parlamentario: será social. En Bolivia, el voto ya no es un acto de esperanza: es el gesto final para cerrar un capítulo. Y el verdadero desafío comenzará al día siguiente, cuando haya que escribir el próximo, esta vez sin margen para borradores.
* El autor es CEO de la consultora Mëthodo.
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