
A partir de 1945 el mundo había funcionado bajo el paradigma que Estados Unidos era el componedor de última instancia. Es decir, que no se consolidaba proyecto alguno sin que este contara con el apoyo o aquiescencia de los Estados Unidos. El país pivote de la modernización había dado un paso distinto al aconsejado por sus padres fundadores: el de defender la libertad en otras regiones de la tierra. Y se lanzó en esta dirección asumiendo protagonismos clave en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra de Corea. Pasados los años sus elites dedicaron toda su creatividad a crear un andamiaje institucional capaz de resolver conflictos y crear normas de conducta en lo económico y lo político con capacidad para proteger la paz. Y el sistema funcionó por sesenta años.
En las postrimerías del siglo XX, sin embargo, el sistema lucía sumamente debilitado. No solo habían estallado guerras incontrolables en Asia y en África sino que despuntaban en los escenarios bélicos actores paraestatales sobre los cuales el ejercicio del control era limitado. Porque se trataba de movimientos que -al proteger intereses económicos específicos- podían cambiar de bando con facilidad y soltura sembrando violencia por doquier. El proceso de descolonización también contribuyó notablemente a crear presiones al sistema internacional. El Comité de las Naciones Unidas para la descolonización logró aumentar el número de países de 99 en 1945 a 193. Muchos de estos países carecen de viabilidad económica como consecuencia de guerras de liberación, guerras civiles o simple tamaño y dotación de recursos.
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Así, las Naciones Unidas, cuya labor fundamental era prevenir conflictos y resolver controversias, comenzó a ocuparse de otros temas como la atención a la infancia; el suministro de alimentos; el desarrollo cultural y el apoyo a las actividades de auxilio en caso de desastres naturales. Comenzó así a desdibujarse operativamente su función fundamental, que era el mantenimiento de la paz y la resolución de conflictos. Y en la medida que las Naciones Unidas dejaban de ocuparse del mantenimiento de la paz y la resolución de conflictos, Estados Unidos fue tomando el comando absoluto del rol.
Hoy estamos ante una situación inédita. Las Naciones Unidas han llegado a la paraplejia y el soberano americano desea aislarse del mundo y sus consecuencias. Porque el mandato para el Presidente Trump no puede ser más claro. El soberano americano desea resolver sus múltiples dilemas existenciales y económicos sin influencia alguna de extranjeros y sin influir en la vida de los extranjeros. Es un pueblo que anonadado por la reducción de su clase media del 61% al 50% en apenas 25 años, por un ataque brutal a una de sus ciudades insignia en el 2001 y por el deterioro de los servicios públicos no desea más presencia extranjera en su territorio ni presencia americana en ninguna parte del mundo.
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Transitaremos por tanto un territorio no mapeado con anterioridad en la que cada país deberá comprender mejor su ubicación en el mundo, su potencial y su capacidad de atender a su pueblo para reconstruir en el futuro un mundo de reglas en el que cada país partícipe sin esperar que Estados Unidos resuelva sus problemas. Por el contrario, llegó la hora de ser partícipes en la solución de los retos de Estados Unidos si es que la libertad cuenta.
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