
Andrés Manuel López Obrador ha preparado minuciosamente el fin de su mandato. Coronó con éxito las elecciones regionales y departamentales, así como las del Parlamento, instituyendo a Morena como fuerza mayoritaria en México. El control político obtenido por Morena en las elecciones solo se compara con el instituido por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y explotado a lo largo de casi 70 años. López Obrador viene de esa cepa y, como gobernante, se ha esforzado por replicar el modelo que Mario Vargas Llosa describió como la dictadura perfecta.
Se trata de un modelo con fachada de democracia en el cual el pueblo vota pero no elige y todos los poderes están controlados por la presidencia, que se constituye en una suerte de súper poder que absorbe las funciones de comando del resto de las instituciones.
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Ese modelo, que es un híbrido entre el sistema de gobierno azteca y el sistema de planificación centralizada del socialismo del siglo XX, tiene pocas probabilidades de sobrevivir en este siglo XXI en que las fuerzas de la economía fomentan la descentralización y las sociedades civiles del mundo entero han comenzado a tomar el protagonismo republicano que brillaba por su ausencia en el siglo pasado.
En el caso de México, la restitución del modelo de gobierno diseñado por los fundadores del PRI enfrenta obstáculos adicionales. El primero y más significativo de ellos es la cultura de la lideresa que asumirá las riendas del país a partir del 1 de octubre.
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Claudia Sheinbaum es una académica y una muy respetada profesional de la ingeniería ambiental. La mitad de su vida ha transcurrido bajo las normas de reforma democrática, que hicieron de México una verdadera república. Su ascenso social ha sido auspiciado por la tracción económica creada por el tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá. Además, antes de ingresar en la política fue una exitosa empresaria.

Todas estas características llevan a pensar que Sheinbaum no ha sido parte del andamiaje totalitario que precedió al tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá y, por lo tanto, difícilmente lo va a replicar. Más aún, como empresaria, entiende la dinámica de la creación de riqueza, que se fundamenta en reglas claras y estables, de aplicación universal y libertad para ejecutar las tareas de producción. De allí su relativo silencio ante la embestida final de López Obrador contra el poder judicial.
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En cuanto a la dirección estratégica de su mandato, en las diversas entrevistas concedidas a medios líderes del mundo, Sheinbaum afirma que se va a concentrar en aprovechar al máximo las ventajas económicas que a México le confiere a la estrategia de desarrollo industrial conocida como el nearshoring. Esto consiste en ubicar en México tareas manufactureras para servir desde allí el mercado estadounidense.
El nearshoring supone una inmensa inyección de inversiones para crear nuevas plantas de producción que, por lo general, también genera empleos y permite a las familias liberarse de la pobreza.
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Una concentración en el fomento del nearshoring presupone la estabilidad del marco regulatorio y el respeto a la libertad de empresa y la propiedad privada. Todas estas nociones son ajenas al modelo del PRI del siglo XX.
Aún más, una estructura de comando súper centralizada y una inestabilidad en el marco jurídico son receta para abortar el nearshoring o reducir su tamaño.
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Desde el punto de vista político, las aspiraciones de Sheinbaum de desarrollar una gestión histórica, cabalgando sobre las alas de esta estrategia, podrían convertirse en el parteaguas de Morena dado que, para una facción importante de ese movimiento, la profundización de las relaciones de cualquier tipo con Estados Unidos son anatema.
Esta facción intentará cambiar los planes de la presidenta en un intento fútil de desarrollar la economía mexicana por medio de la protección del mercado interno y, cuando esos esfuerzos no den resultado, probablemente abandonarán el barco. La otra facción, que denominaremos la reformadora, seguirá a la lideresa y muy posiblemente se transforme en una fuerza democrática moderna, al estilo de muchos partidos socialistas europeos.
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Y, así, ocurrirá como hace 50 años, cuando del PRI surgió una fuerza rival encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. Muchos afirman que el cabecilla de una posible fuerza de centro izquierda democrática podría ser Ricardo Monroy.
Por tanto, pareciera que, por muchos que hayan sido los esfuerzos de Andrés Manuel López Obrador por operar la resurrección del PRI, el liderazgo elegido por los mexicanos no estaría interesado en devolver las manijas del reloj de la historia.
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