
Mañana templada de invierno en Punta del Este. La vuelta a la península es el escenario de deportistas aficionados que por beneficios para la salud o por placer caminan, corren aprovechando una escenografía que es perfecta. El mar calmo acompaña y el sol que se levanta sobre la playa brava hace con sus rayos que todo brille aún más. En el camino se escuchan voces en todos los idiomas. Ya es normal, a nadie le sorprende. Alemanes, franceses, canadienses, holandeses, belgas, muchos americanos y brasileños, son parte del día a día de una ciudad que no para de crecer. Las historias que los involucran se distribuyen rápidamente entre sus nuevos grupos de amigos. El “che” y el “tá” siguen dominando, pero ahora como un modismo que se mezcla con otros.
En un café de los tantos que se abrieron en este último tiempo la situación se repite. Podría ser Nueva York o Londres, pero no, es Punta del Este con sus tiempos y su impronta. Algunos esperan la hora para ir a buscar a los chicos al colegio, otros hacen negocios, pero sin un reloj que los apure, en el medio se mezclan los que lo utilizan de oficina virtual o los que comentan a la distancia los problemas políticos de sus países de origen.
Mudarse a otro país no es sencillo. Y no hablo solo de lo económico. Es una decisión familiar que mueve los cimientos. Alejarse del lugar donde uno imaginó su vida siempre es un trastorno, ni hablar si hay chicos de por medio. La distancia también influye, no es lo mismo cruzando el charco que hacerlo a 12 horas de avión. Esto no se da un día para otro. Lleva tiempo y conocimiento del sitio donde será su nuevo hogar. Eso sí: el objetivo es unánime, encontrar felicidad. Y es ahí donde la calidad de vida es un punto clave.
¿Qué hace un alemán, un suizo, un francés o un ucraniano en Punta del Este? ¿Cómo llegaron a este rincón del planeta? Las respuestas coinciden en la mayoría de los casos: naturaleza, tranquilidad, seguridad jurídica y geopolítica. Un punto en el mapa en donde se conjugan más beneficios que perjuicios. Lo definen como un refugio seguro. Existen cientos de historias fantásticas que lo corroboran. Desde una familia de República Checa que se enamoró de la arbolada zona de San Rafael hasta una alemana que decidió fundar su propio establecimiento turístico.
Al momento nadie se arrepiente de la decisión tomada, y lo mejor es que invitan a otros a sumarse.
La ciudad se amolda al cambio al ritmo de los nuevos residentes. Esos que disfrutan de que todo está a la vuelta de la esquina. Y de que exista como en ninguna otra parte el más preciado de los bienes, el tiempo.
La frase “Viví en Punta, no te vas a arrepentir” suena más que nunca entre los habitantes.
Punta del Este cumple 116 años en plena transformación. Y que bien que le queda.
¡Brindo por eso!
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