
Cuando uno escucha el término “recesión” en referencia a la situación de determinado país, grupo de países o a nivel global, fácilmente puede deducir que ello implica la contracción de la actividad económica. Revisando libros de texto, caeremos en cuenta de que un país es considerado en recesión, cuando registra caídas en su Producto Bruto Interno (PBI) durante dos trimestres consecutivos. Aunque, la Oficina Nacional de Investigación Económica de los EE. UU. (NBER, por sus siglas en inglés), sostiene que una recesión no solo se determina por el resultado del PBI, sino que también debería de considerarse otros indicadores como el nivel de desempleo, los salarios reales, la producción industrial, entre otros.
Un escenario como el que describe la NBER, sucedió en EE. UU. en la llamada Crisis Financiera de 2008, cuyos efectos se sintieron hacia finales de dicho año y en el año siguiente: i) caída de un 6.2% en el cuarto trimestre de 2008; y ii) una tasa de desempleo que subió hasta un 8.5% en marzo de 2009. La dimensión de la crisis de ese entonces hizo que esta repercutiera a nivel global, contrayendo fuertemente el volumen del comercio mundial y el precio de los commodities, por ejemplo.
Hoy, con una inflación global aún elevada y altas tasas de interés que aplicaron los bancos centrales a nivel mundial para contener la creciente inflación el año pasado, las tensiones e incertidumbre sobre el resultado de la economía mundial se vienen traduciendo en las perspectivas de diversos organismos internacionales, como es el caso del Fondo Monetario Internacional (FMI). De acuerdo con dicho organismo, el dinamismo del mundo se desaceleraría durante 2023, con lo que registraría un crecimiento del 2.8%; pero, enfatiza que no supondría una recesión.

Si bien el FMI estima que la zona euro crecerá un 0.8% en 2023, países como Alemania y Reino Unido registrarían una leve caída del 0.1% y 0.3%, respectivamente. Mientras que EE. UU. crecería un 1.6%, y las economías emergentes, como China e india, serían las que impulsen el dinamismo de la economía mundial, creciendo un 5.3%.
Ayer, jueves 27 de abril, el Departamento de Comercio de los EE. UU., publicó el resultado de la economía norteamericana para el primer trimestre del año, dando cuenta de una desaceleración por debajo del estimado. El PBI de la mayor economía del mundo, durante el periodo enero-marzo de este año creció un 1.1%, cuando se tenía un estimado de 2%, lo que evidencia una desaceleración con respecto al cuarto trimestre de 2022, cuando le dinamismo fue del 2.6%; aunque una mejora con respecto al primer trimestre de 2022, cuando este registró una caída del 1.6%.
En este contexto, existen diversas lecturas y perspectivas sobre la situación de la economía norteamericana de cara a lo que resta del año. Algunas instituciones y analistas consideran que existe una elevada probabilidad de recesión, y que esta se daría en el segundo semestre del año; mientras que existen también aquellos que consideran esta solo se desaceleraría sin caer en una recesión.
En medio de esta incertidumbre, a países de la región de América Latina y el Caribe, sobre la que el FMI estima un crecimiento de apenas un 1.6% en 2023, les queda utilizar todas las herramientas y medidas posibles para generar confianza en sus economías y así impulsar inversiones. En medio de un eventual remesón de la economía norteamericana, no ejecutar acciones implica retroceder. La incertidumbre es malísima y durísima para las economías; pero, peor es quedarse sentado.

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