
El 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer. El mismo día, a las doce del mediodía, grupos de activistas se congregarán una vez más frente a la Embajada de Japón en Seúl en defensa de las eufemísticamente llamadas “mujeres de confort”.
Se denomina así a las mujeres esclavizadas sexualmente por la Armada Imperial de Japón durante la guerra de avance en Asia (1932-1945). Mujeres coreanas, chinas, japonesas, filipinas, malayas, taiwanesas, vietnamitas, holandesas y de todos los territorios ocupados por las tropas imperiales.
Mujeres que fueron vendidas, entregadas, engañadas con falsas promesas de trabajo o raptadas delante de sus familiares y conocidos para “confortar” a los soldados y oficinales del ejército. Mujeres en general pobres, marginales, analfabetas y oprimidas por una sociedad patriarcal en la cual sólo podían soñar con casarse y tener hijos. Sueños que, en la mayoría de los casos, las secuelas del horror también arrebataron.
Se calcula que entre 200.000 y 400.000 mujeres fueron esclavizadas sexualmente por el sistema de trata de personas más grande que haya existido en el marco de un conflicto armado. Hay documentos y fotografías de época, testimonios de víctimas, de testigos y de victimarios arrepentidos que prueban la responsabilidad de la Armada Imperial en la frecuencia, premeditación, organización y sostenimiento de esta red de prostitución forzada.
En la actualidad, hay también organizaciones sociales y grupos de defensa en Japón, en los países afectados como China continental, Taiwán, Corea del Sur y Filipinas, y en los países donde las comunidades migrantes se han unido a la lucha, como en los Estados Unidos, Inglaterra y Alemania.
El activismo regional ha logrado que organismos internacionales se hayan manifestado a favor de las víctimas. Además, ha concientizado a las nuevas generaciones, quienes impulsaron la realización de películas y documentales, la publicación de novelas y artículos y el desarrollo de diferentes expresiones artísticas recordatorias. Sin embargo, la presión global no ha conseguido un acuerdo de rectificación con los gobiernos de Japón que incluya unas disculpas sentidas y la implementación de políticas de memoria en su país.
Las tensiones en Japón entre sectores que niegan o minimizan lo ocurrido y aquellos que colaboran con esta causa se vislumbran también en otros países afectados. El caso más paradigmático es Corea del Sur, donde el movimiento social es muy activo y visible. De hecho, desde 1992, víctimas y organizaciones realizan una protesta semanal todos los miércoles al mediodía. Si bien en los últimos años cada vez más jóvenes se movilizan espontáneamente en solidaridad, la batalla cultural continúa. Varios grupos conservadores locales acusan a las víctimas y activistas de “antijaponesas” y de obstruir los vínculos de amistad y cooperación con el país vecino. Desde el levantamiento de las restricciones impuestas por la pandemia, la grieta surcoreana se ha profundizado provocando que el mismo día a la misma hora y en el mismo lugar, los conservadores se manifiesten con carteles que acusan a las víctimas de mentirosas y antijaponesas.
Ni prostitutas, ni antijaponesas, ni colaboracionistas. Son miles de mujeres esclavizadas sexualmente que este 8 de marzo seguirán exigiendo justicia por ellas, por las que ya no están y por todas las mujeres que en este mundo siguen sufriendo la violencia de la guerra en sus cuerpos.
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