
México ha asumido protagonismo en la lucha por defender la democracia al volcarse la población a las calles en protesta por la aspiración del presidente López Obrador de modificar el marco institucional que rige los procesos electorales. Bajo el grito de “El INE no se toca” -refiriéndose a la máxima autoridad electoral-, millones de mexicanos se reunieron alrededor del ángel del Paseo de Reforma para indicarle al presidente que está fuera de límites.
Esta reacción ciudadana sorprendió a muchos analistas ya que en México aún subsiste una cultura de servidumbre a quien ocupe la presidencia que se asemeja a la que predominaba en tiempos de los Aztecas. Los presidentes mexicanos han, por lo tanto, sido una suerte de emperadores que imponen su voluntad al estado mexicano sin rendirle cuentas a nadie. Sorprendió por ello la fuerza, el tono y el altanero vocerío que caracterizó la protesta mexicana.
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Este desarrollo es parte de dos procesos que el presidente López Obrador parece ignorar. En Estados Unidos viven 40 millones de mexicanos que se han insertado en la vida económica y política de ese país. De 52 hispanos elegidos como miembros del congreso de los Estados Unidos, casi 30 son de origen mexicano. Igual ocurre con los hombres de negocio hispanos cuya mayoría también es mexicana. Esos ciudadanos americanos tienen familia en México y visitan ese país con frecuencia así como sus parientes les visitan a ellos. Es inevitable que los mexicanos comparen su situación política y económica con la de sus parientes americanos y que saquen la conclusión de que a mayor libertad mayor progreso.

En segundo lugar, está el intercambio comercial. Desde 1995 México se beneficia de un tratado de libre comercio con los Estados Unidos. Esto ha colocado eslabones de la cadena de valor de la economía americana en México. Y los beneficiarios de esto han sido obreros y operarios que han logrado ingresar a la clase media. Esa clase media pujante teme y detesta el autoritarismo.
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Ambos procesos han creado lo que yo denomino los luchadores democráticos que solo pretenden defender los logros en materia de democracia y progreso y ampliarlos para sus hijos.
En América Latina se respiran aires de libertad muy similares a los que caracterizaron la década de los años ochenta cuando región entera puso fin a las dictaduras autoritarias para iniciar el tránsito hacia la democracia.
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Luego vinieron las decepciones por la incapacidad de la democracia para resolver problemas ancestrales como la parálisis del desarrollo que es directamente imputable al caza rentismo de las elites. Y la población tomó atajos para seguir liderazgos poco democráticos. Pero ante el agravamiento de la situación política y económica, los pueblos parecen haber regresado al sendero de la libertad. México se ha insertado en esta lucha.
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