
Quizás la proximidad del Día de los Muertos inspiró el regreso a nuestro continente del espíritu de Charles Louis de Secondat mejor conocido como Montesquieu, cuyo legado fue el diseño de un esquema de gobierno para sostener la democracia que se basa en la separación de poderes, siendo autoridades independientes las encargadas de ejecutar, crear las políticas públicas y administrar la Justicia. Todas estas autoridades estarían atadas por el estado de Derecho.
En América Latina tenemos siglos apostándole al Ejecutivo. El caudillo, el hombre fuerte, el déspota ilustrado ha sido la figura central de la tragicomedia latinoamericana. Muy recientemente se ha comenzado a fortalecer a los parlamentos como es el caso del Perú y de algún modo en Argentina y Colombia. Pero sistemas a lo Montesquieu solo parecen existir en Uruguay; Chile; Costa Rica y la Republica Dominicana,
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Las elecciones del domingo 30 de octubre en Brasil parecieran anunciar nuevos tiempos para Iberoamérica. Todos los resultados parecieran reflejar el espíritu de Montesquieu para quien la separación de poderes establecía un sistema de pesos y contrapesos que no solo conjura el autoritarismo sino que protege las libertades y los logros de una nación. El Ejecutivo será presidido por Luiz Innacio Da Silva, pero aun cuando obtuvo dos millones de votos más de los que le llevaron a la presidencia en los albores del siglo XXI, su ventaja sobre el su contendor, el presidente Bolsonaro, fue realmente tenue.
En el Senado el partido de Gobierno hizo avances pero el control tanto de la Cámara como del Senado lo tiene una coalición de centro derecha creada por Bolsonaro y liderada por él. Y dentro del cuerpo de senadores fue electo el fiscal Sergio Moro, quien no contemporizara con ningún intento de Da Silva o Bolsonaro de debilitar la constitución. El poder Judicial desde hace rato coronó su independencia. Y por primera vez en su historia la nación cuenta con dos agrupaciones carácter y peso nacional de izquierda y derecha finalizando así los días de la política de detal en la que para lograr algo había que ofrecer múltiples canonjías a un universo de pequeños partidos sin ideología clara.
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El entramado político institucional que emergió de las elecciones es un acicate para que las fuerzas adversarias se muevan al centro. Porque los retos que el país confrontara en lo económico y lo social demanda soluciones que solo se pueden articular por consenso. Por tanto Brasil parecería encaminarse hacia una etapa de su desarrollo democrático en la que difícilmente caerá el país en la tentación autoritaria. Por el contrario, pareciera iniciarse un periodo de construcción democrática. Dado el peso geopolítico de Brasil en la región creo que tenemos razones para celebrar los resultados electorales de la patria de Pelé.
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