
Desde que el presidente Luis Lacalle Pou fue electo hasta la jornada de ayer, en el mundo pasó de todo. Uruguay no estuvo ajeno. El 13 de marzo de 2020, menos de dos semanas después de que el nuevo gobierno asumiera sus funciones, se conocieron los primeros casos de COVID-19.
La pandemia no solamente trajo enfermedad y muerte. Cayó el PBI, el empleo y el salario real. Subió la pobreza y se multiplicaron las ollas populares. Cuando todo empezaba a mejorar, la invasión de Ucrania por Rusia generó nuevas turbulencias. El costo del combustible, un insumo básico en la producción, se disparó, impactando sobre otros precios. Entre marzo de 2020 y marzo de 2022 pasó de todo.
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Sin embargo, la foto del resultado del referéndum de ayer tiene una similitud impactante con el resultado del balotaje de noviembre de 2019 que depositó a Lacalle Pou en el sillón presidencial. La candidatura presidencial de Lacalle Pou obtuvo 1.189.313 votos. Ayer, la papeleta auspiciada por su gobierno (el “NO” a la derogación de los 135 artículos) sacó 1.087.557. Daniel Martínez, el candidato del FA en el balotaje, tuvo 1.152.271 votos. La papeleta del “SÍ” a la derogación, impulsada por el Frente Amplio y organizaciones sindicales, obtuvo 1.065.001 votos.
La única diferencia significativa, al menos en términos porcentuales, entre el escenario electoral de noviembre de 2019 y la foto del referéndum de ayer es que aumentó el voto anulado: pasó de 53.000 a 81.000. En definitiva, pese al tsunami sanitario y sus tremendas consecuencias económicas y sociales, la volatilidad del voto fue bajísima.
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Los que votaron a Lacalle en noviembre ratificaron su confianza en él y en el gobierno que lidera en la jornada de ayer. Los que no confiaban en Lacalle Pou en noviembre de 2019 volvieron a manifestar su desconfianza votando por el “SÍ” en el referéndum de ayer.
La moraleja de esta descripción es sencilla y al mismo tiempo muy importante en términos analíticos. En un continente políticamente inestable, en una región donde los partidos nacen y mueren todo el tiempo, los partidos uruguayos se las siguen ingeniando para conservar sus lealtades. La coalición de gobierno conservó el apoyo obtenido, en su momento en la elección nacional, porque logró combinar una muy buena gestión de la pandemia con un esfuerzo visible por empezar a cumplir con las promesas realizadas durante la campaña electoral de 2019. Un ojo en la pandemia. El otro, en las promesas.
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El Frente Amplio, por su lado, logró conservar el apoyo obtenido en el balotaje porque fue capaz de marcar diferencias con el gobierno en temas que forman parte de su identidad. A lo largo de estos dos años se hizo eco de la crisis generada por la pandemia y reclamó todo el tiempo un mayor esfuerzo del gobierno por atender la emergencia social.
Los dos bloques, gobierno y oposición, lograron estar cerca de sus respectivas bases sociales. Los líderes, de un lado y del otro, mantuvieron contacto con sus electores. Las dos mitades de 2019 gozan de buena salud. Son muy parecidas en tamaño.
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El gobierno ganó y salió fortalecido. Pero, al mismo tiempo, recibió una advertencia muy clara: el Frente Amplio sigue siendo un partido muy poderoso. Esto, desde la perspectiva de la ciudadanía, es lo mejor que puede pasar. Los mejores gobiernos son los que saben que si no hacen un esfuerzo extraordinario pueden perder el poder.
* Adolfo Garcé es Doctor en Ciencia Política. Profesor Titular del Departamento de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República.
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