
El coronavirus no solo contagió a millares de personas en todo el mundo sino que también infectó la agenda mediática, política y a la opinión pública. En España, más del 80% de las noticias de los telediarios gira en torno al COVID-19, incluso en la sección deportiva. Las administraciones públicas regionales emiten comunicados con restricciones y aislamiento en las zonas que cuentan con focos preocupantes. La gente sale a la calle a abastecerse por miedo a quedarse sin alimentos y -ya sea con temor o con humor- no se habla de otro tema. En este escenario la gestión eficiente de la comunicación de crisis en instituciones públicas es fundamental e incluso un catalizador para la resolución efectiva del problema.
La “comunicación política” en una crisis sanitaria busca en una primera instancia combatir la incertidumbre y el miedo social que produce el brote de una nueva epidemia. Para derrotarlo es necesario activar un protocolo de comunicación flexible que brinde permanente información, veraz y transparente. Contar con un portavoz científico que sea una autoridad en el tema y tenga ciertos dotes pedagógicos ayudará a la reducción del pánico y a la educación de la población, despejando mitos y fake news.
No neguemos la crisis. No hay nada peor. Mantener una agenda política normal como si nada pasara o mencionar que no nos afectará -tal como hizo el presidente Donald Trump durante semanas y ahora culpa a otros de su irresponsabilidad- significa poner en riesgo a la población. El tiempo es un factor determinante para afrontar cualquier crisis y ante la duda, siempre es mejor actuar de forma preventiva.
Tomar medidas extraordinarias -como el cierre de colegios o el aislamiento de una zona específica- muchas veces atemoriza a las autoridades debido al malestar inmediato que despierta en la sociedad, pero tengamos en cuenta que, luego del enojo inicial, la ciudadanía valorará positivamente el haberlos protegido -incluso en exceso-. Por el contrario no perdonará el haberlos expuesto a mayores riesgos.
Este tipo de crisis tienen múltiples impactos, por lo que requieren toda la atención de las autoridades públicas, brindando seguridad a la ciudadanía y actuando en cada ámbito de la crisis, ya sea sanitario, económico o social. Todo el esfuerzo comunicacional deberá estar puesto en demostrar que la administración pública tiene la situación bajo control haciendo un delicado equilibrio entre la calma y la tensión. Calma para no sembrar pánico, tensión para que nadie baje las defensas y se despreocupe.
El reto de una crisis global de esta magnitud requiere de la coordinación de equipos y administraciones gubernamentales regionales. Necesita de alianzas estratégicas entre gobiernos -aunque sean de diferente color político- y del esfuerzo coordinado de todas las fuerzas sociales: empresarios, sindicatos, medios de comunicación. Los empresarios tendrán que solidarizarse con la crisis o de lo contrario podrían ver afectada gravemente su reputación; los sindicatos deberán mediar con el Estado entendiendo que luego enfrentaremos dificultades económicas y que tendrán que ser parte de la reactivación. Los medios de comunicación, deberán escapar del sensacionalismo al que tienta este tipo de crisis sanitarias, para reportar con información detallada y rigurosa.
De la misma manera, la política tiene un rol protagónico. Deberá estar a la altura de una crisis que afecta a todos por igual, más allá de cualquier ideología. No es momento de sacar ventaja, de hacer recomendaciones “con el diario del lunes” o señalar con el dedo acusador. La ciudadanía no fanatizada -que es la que hace ganar las elecciones- no espera eso de sus representantes.
Toda crisis esconde una oportunidad y quizá el coronavirus pueda ser la justificación para terminar con el momento de crispación y polarización que vive la política y volver a ofrecer posturas críticas y dialogantes. El día después de la crisis necesitará a todos los representantes políticos apoyando medidas urgentes y de gran consenso que potencien la economía y mejoren la vida de los ciudadanos. No es momento para la politiquería barata. No es momento para chicanas ni golpes bajos. Es tiempo para unirnos como sociedad y ganar una vez, esta batalla.
El autor es consultor y analista político
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