La muerte del general Quassim Soleimani causó consternación no por el personaje amado por fanáticos y detestado por otros sino por los riesgos de una escalada sin regreso en el enfrentamiento entre los Estados Unidos e Irán. Este país desarrolló una política de involucrarse en todos los conflictos regionales aduciendo su derecho a proteger a los chiitas y escudándose en la lucha contra el imperialismo y el sionismo. Irán es el patrocinador del Hezbollah en El Líbano y Siria, la milicia Yihad Islámica Palestina (YIP) instalada en Cisjordonia, Gaza e Iraq y de los Ansar Allah, seguidores de Dios, en la guerra del Yemen. En el ataque contra el Soleimani también falleció Abu Mahadi al Muhandis, jefe adjunto de las Fuerzas de Movilización Popular de Irak que responden a Teherán.

El general Soleimani era el responsable de las operaciones en el exterior de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) creada en 1979 por orden del Ayatola Khomeni para proteger el sistema político y promover la expansión de la revolución islámica. También participa en la represión de la disidencia interna.

La orden de asesinar al General Soleimani en territorio iraquí impartida por el Presidente Trump fue intempestiva y constituyó una sorpresa en la estrategia que los Estados Unidos venían desarrollando en Medio Oriente. Los Estados Unidos habían acentuado las represalias económicas y financieras con la intención de forzar la renegociación del Plan de Acción (JCPA) para la contención del desarrollo nuclear iraní. Habían anunciado su intención de retirarse de Siria, disminuir las tropas en Irak y no tomaron represalias cuando Irán derribó un dron militar y comenzó a hostigar la navegación de los buques petroleros en el estrecho de Ormuz.

La muerte de un técnico estadounidense provocada por los misiles disparados contra una base militar el 27 de diciembre, los bombardeos de tres sitios que albergaban militares de Hezbollah dos días después, la violación de la Embajada en Baghdad y la muerte de Soleimani marcaron un punto de inflexión en este conflicto. La decisión de los Estados Unidos de retirarse del Acuerdo Nuclear fue un momento decisivo porque cortó el diálogo entre los dos países, y tampoco facilitó la tarea de los restantes firmantes para encontrar alguna forma de distención. La intención de limitar el desarrollo nuclear iraní siempre fue una ilusión. El ayatola Ali Khamenei entiende que la supervivencia de la revolución islámica yace en la posesión de armas atómicas para disuadir a los enemigos y convertirse en una potencia regional. Irán es un Estado teocrático y la racionalidad está subordinada al dogma religioso; los líderes creen estar llamados a cumplir una función trascendental cualquiera sea el costo para su acólitos. Las imágenes del velatorio de Soleimani reflejaron ese fanatismo religioso incomprensible en otras culturas.

Los Estados Unidos atraviesan un año electoral y la política exterior jugará un papel importante en los resultados. En su alocución a la nación, Trump reiteró las acusaciones contra Barack Obama y Hillary Clinton por su debilidad en política exterior y por haber sido parte del JCPA y volvió a resaltar el aumento excepcional del presupuesto militar que le permite jactarse del poderío militar de los Estados Unidos como si estos datos fueran prioritarios en este conflicto, aunque sí lo son para la política doméstica. Mientras anunciaba la imposición de sanciones extremas, expresó su disposición a un diálogo con condiciones que implican desde el inicio la subordinación de la otra parte.

La aparición de Trump en el escenario tuvo todas las connotaciones de una magnífica puesta en escena. El Presidente apareció a través de un halo de luz que imanaba de las ventanas de la antesala, rodeado de generales y miembros de su gabinete. Su primera frase antes del saludo marcó el límite de su exposición: “Mientras yo sea Presidente de los Estados Unidos, nunca se le permitirá a Irán tener armas nucleares”. En el breve discurso, Trump no habló de represalias por el ataque iraní a las bases norteamericana aplacando las especulaciones sobre nuevas acciones militares.

El mundo enfrenta una situación insegura donde cada vez será más difícil conciliar los intereses de las partes. Mientras los líderes de Irán continúen adjudicándose una misión profética y los Estados Unidos persistan en el uso de la fuerza como única alternativa, los próximos años acentuarán la inestabilidad. La misión del Ayatola Ali Khamenei es atemporal y no reaccionará llevado por las circunstancias. Pero sus seguidores pueden actuar espontáneamente recurriendo al terrorismo en cualquier lugar: las vidas en defensa de una fe no tienen valor. El presidente Trump en una reacción inédita manifestó su intención de convocar a la OTAN para respaldar su posición. La Unión Europea, Rusia y China no podrán mantenerse al margen de este conflicto y deberán asumir sus responsabilidades para evitar la propagación y disuadir al régimen iraní para que abandone su política de fomentar la inestabilidad en la región.

El autor es Licenciado en Economía Política (UBA), Master inEconomics (University of Boston) y fue embajador argentino en Tailandia. Es Miembro Consultor del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI)