
La firme embestida de la Resistencia Boliviana contra la dictadura castrochavista de Evo Morales lo obligó a abandonar el poder. La voluntad del pueblo se impuso a la represión y al fraude. Las fuerzas policiales y los institutos armados simplemente rechazaron usar la violencia contra quienes reclamaban el derecho a ser libres. No hubo golpe militar, ni otra gestión que se aproxime.
Afirmar que Morales fue depuesto por un golpe es cambiar la realidad. Los institutos armados bolivianos, incluidas las fuerzas policiales, respaldaron al déspota en todos sus intentos para perpetuarse en el poder. Sin dudas que existieron excepciones, pero no las suficientes. Lo abandonaron cuando se les presentó la alternativa de que, para ser leales al verdugo, tendrían que reprimir al Pueblo con toda la fuerza del Estado. Por suerte, primó el sentido de nación en las fuerzas castrenses bolivianas y dejaron a un lado el “Patria o muerte, Venceremos”, el lema castrista que Evo Morales impuso en las Fuerzas Armadas en 2010.
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Ningún general golpista le escribe a su jefe de gobierno como lo hizo el jefe del Ejército, Williams Kaliman, horas antes de su dimisión: “Después de analizar la situación conflictiva interna, sugerimos al presidente del Estado que renuncie a su mandato presidencial, permitiendo la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad por el bien de nuestra Bolivia”.
La conducta de las Fuerzas Armadas fue consecuencia de la rebelión popular. La toma de conciencia ciudadana fue tan vigorosa que llegó a los cuarteles y estos decidieron retirarle su respaldo a Morales, no lo derrocaron.
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Las continuas marchas y protestas redujeron la capacidad de gestión del régimen, hicieron al país ingobernable, generando divisiones y conflictos entre las facciones que detentaban el poder. Las acciones populares fueron el catalizador que quebró la nomenclatura militar y civil. Las protestas lograron la dimensión y continuidad necesarias. El miedo en las esferas gubernamentales a la ira popular llevó renuncias y deserciones.
No hay dudas que es una estrategia costosa en vidas y bienes, empero es la única alternativa a una confrontación armada que sería mucho más traumática para la nación. El pueblo actuó cuando se percató que la vía electoral estaba viciada. Cuando vio el descomunal fraude que buscaba perpetuar un régimen de odio y falsedades.
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Lo ocurrido en Bolivia es un claro mensaje a todos los opresores de que el miedo puede ser vencido, y un mandato de esperanza a los avasallados, de que la rebelión es viable cuando se interpreta la voluntad de las mayorías. No en vano la propia declaración universal de los Derechos Humanos reconoce esa prerrogativa ciudadana.
El pueblo boliviano demostró que cuando el ciudadano se dispone a hacer uso de la soberanía conmueve las estructuras del poder y puede destruirlo. Además de que la Resistencia no debe pautarse, que la espontaneidad popular no debe ser castrada y que las acciones contra el despotismo aunque parezcan contradictorias, resultaran exitosas si están orientadas al mismo objetivo.
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La gesta de la resistencia boliviana contra Morales marca un precedente exitoso en la confrontación con los regímenes que representan el modelo del socialismo del siglo XXI. De todos los déspotas de esa estirpe Evo Morales fue el más ortodoxo, cumplió al detalle las instrucciones de sus patrocinadores, en particular las relacionadas con la manipulación de la gestión electoral y la creación de un clientelismo político afín a sus intereses. No obstante, una vez más se comprobó que no hay propuesta política consolidada, bien atada, si el pueblo decide cortarla.
Huelga afirmar que este final feliz de la autocracia de Evo Morales no significa la destrucción de la propuesta que encarnó en su país y la que representa Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela. Todavía más los bolivianos tienen que seguir alerta, estar pendientes de maquinaciones nacionales e internacionales que tratarán de revertir los resultados. Las acusaciones de golpe de Estado tienen como objetivo restarle legitimidad a la revuelta. Buscan contaminar la victoria popular y que el nuevo Gobierno no tenga el reconocimiento que merece.
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Aislar las nuevas autoridades es el objetivo y desestabilizar al país el método. Los populistas marxistas han demostrado ser capaces de generar caos, crear crisis estructurales para tomar el poder. Saben también que la solidaridad política no es una virtud de los demócratas del hemisferio y que es fácil que estos abandonen a sus aliados naturales cuando están sometidos a ataque. Los bolivianos deben estar listos para defender su victoria, e impedir que le escamoteen las esperanzas como le pasó al pueblo venezolano en 2002.
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