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Un sultán de 19 años, un imperio en crisis y 20.000 azulejos: así nació la Mezquita Azul de Estambul

Ahmed I llegó al poder sin victorias militares ni botín de guerra, pero con una visión que desató la protesta abierta de los juristas islámicos. Su decisión de no ejecutar a su hermanastro marcó el inicio del lento declive del Imperio Otomano

Ahmed I ordenó construir la Mezquita Azul de Estambul en 1609 para rivalizar con Santa Sofía pese a la crisis del Imperio Otomano (Wikimedia Commons)
Ahmed I ordenó construir la Mezquita Azul de Estambul en 1609 para rivalizar con Santa Sofía pese a la crisis del Imperio Otomano (Wikimedia Commons)
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En el año 1609, Ahmed I tomó un pico dorado y removió personalmente la primera tierra del que sería el proyecto más ambicioso de su reinado. Tenía 19 años, gobernaba un imperio en aprietos y cargaba con el peso de una tradición que exigía financiar las grandes mezquitas imperiales con los botines de guerra.

Él no tenía ese dinero. Lo que tenía era una visión: construir en Estambul un templo que rivalizara con la majestuosa Santa Sofía y dejara una marca eterna en el horizonte de la ciudad. El resultado fue la Mezquita del Sultán Ahmed, conocida en todo el mundo como la Mezquita Azul.

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Un trono heredado en crisis

Ahmed I llegó al poder a los 13 años, tras la muerte de su padre, Mehmed III, el mismo sultán que había ordenado el estrangulamiento de sus 19 hermanos para asegurar su propia sucesión. Meses antes de que Ahmed asumiera el trono, su hermanastro mayor, Şehzade Mahmud, fue ejecutado por decreto real. El joven sultán heredó, así, un imperio extendido por tres continentes —desde las murallas de Viena hasta los puertos de Argel y los santuarios de La Meca—, pero sacudido por guerras y drenado de recursos.

La llamada Guerra Larga Turca había terminado en 1606 con la Paz de Zsitvatorok, un acuerdo que muchos en la corte otomana consideraron una humillación. Según consigna la enciclopedia Blue Mosque History, Ahmed I no había ganado grandes batallas y, por lo tanto, no contaba con los botines de conquista que la tradición reservaba para financiar las grandes obras imperiales. A pesar de eso, decidió avanzar. La mezquita se financiaría con fondos del tesoro estatal, una decisión que desató la protesta abierta de los ulemas, los juristas islámicos del imperio, quienes llegaron a prohibir a los fieles rezar en el lugar.

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De acuerdo con la historiadora Caroline Finkel, autora de El sueño de Osmán: La historia del Imperio Otomano (1300-1923): las crónicas otomanas de la época registraron las críticas al sultán “por construir este lugar cuando realmente no tenía los medios”. Aun así, Ahmed ordenó la expropiación de los palacios de varios visires que ocupaban el terreno elegido —entre ellos el de Sokollu Mehmed Pasha— y dio inicio a las obras en el extremo de la península de Fatih, frente a la propia Santa Sofía y sobre los restos del antiguo hipódromo de Constantinopla.

Ahmed I expropió palacios de visires en la península de Fatih para levantar la Mezquita Azul frente a Santa Sofía y sobre el antiguo hipódromo de Constantinopla (Wikimedia Commons)
Ahmed I expropió palacios de visires en la península de Fatih para levantar la Mezquita Azul frente a Santa Sofía y sobre el antiguo hipódromo de Constantinopla (Wikimedia Commons)

La guerra arquitectónica contra Santa Sofía

El arquitecto encargado de materializar esta ambición fue Sedefkâr Mehmed Ağa, discípulo del legendario Mimar Sinan y uno de los maestros más refinados de la arquitectura clásica otomana. Según detalla Britannica, la posición de la mezquita frente a Santa Sofía no fue casual: Ahmed I buscó deliberadamente que su obra compitiera con la cúpula bizantina que, desde el año 532, había dominado durante mil años el perfil de la ciudad.

Mehmed Ağa tomó como inspiración dos referentes: la Mezquita de Şehzade, obra temprana de Sinan, y la propia Santa Sofía, cuya ingeniería bizantina había fascinado a los arquitectos otomanos durante generaciones, según documenta la Wikipedia sobre la Mezquita Azul. El resultado fue una sala de oración coronada por una cúpula central y cuatro semicúpulas, flanqueada por un amplio patio con fuente para las abluciones.

El interior se cubrió con más de 20.000 azulejos de Iznik en tonos azules y turquesas —de ahí el nombre popular del edificio—, en lo que constituye uno de los ejemplos más extraordinarios de cerámica otomana que se conservan. Unas 260 ventanas, muchas de ellas emplomadas, inundaban el espacio con una luz casi celestial.

El elemento más polémico del diseño fueron sus seis minaretes. La norma tácita reservaba cuatro como máximo para las mezquitas imperiales otomanas. Al exigir seis, la nueva construcción igualaba a la Masjid al-Haram, la mezquita más sagrada del islam en La Meca. Los rumores no tardaron en circular: se decía que el sultán se consideraba igual al profeta Mahoma. Según el historiador y escritor de viajes Saffet Emre Tonguç, citado por CNN Travel, “la gente empezó a difundir rumores” sobre la arrogancia del monarca. La solución diplomática, según la tradición, fue encargar un séptimo minarete para la mezquita de La Meca como gesto de apaciguamiento.

El interior de la Mezquita Azul reunió más de 20.000 azulejos de Iznik y 260 ventanas, rasgos que consolidaron su lugar en la arquitectura otomana (Wikimedia Commons)
El interior de la Mezquita Azul reunió más de 20.000 azulejos de Iznik y 260 ventanas, rasgos que consolidaron su lugar en la arquitectura otomana (Wikimedia Commons)

Un legado construido sobre clemencia y ruina

La mezquita no fue solo una obra religiosa: formó parte de un complejo más amplio conocido como külliye, que incluía una madrasa para estudiantes de teología, un comedor social para los pobres, un hospital, un hospicio y las tiendas del bazar Arasta. Como explica Tonguç a CNN Travel, “impulsó la actividad económica en el lugar para que pudieran obtener los alquileres de los locales comerciales y mantener la mezquita”, garantizando así que el nombre del sultán perdurase. La producción de azulejos de Iznik para el proyecto fue tan masiva que agotó la capacidad de los talleres y aceleró el declive de esa industria, que cesó por completo en el siglo XVIII.

Ahmed I murió de tifus el 22 de noviembre de 1617, a los 27 años, poco después de la conclusión de las obras. El estudioso Godfrey Goodwin señaló que los últimos informes contables de la construcción fueron firmados no por Ahmed I, sino por su sucesor, Mustafa I, lo que sugiere que el sultán no llegó a ver terminado su proyecto más ambicioso.

Su otro legado fue de naturaleza política. A diferencia de sus predecesores, Ahmed I decidió no ejecutar a su hermanastro de tres años al asumir el trono. En su lugar, los príncipes otomanos quedaron confinados en los aposentos del harén del Palacio de Topkapi, los llamados kafes o “jaula”.

Ese acto de clemencia tuvo consecuencias de largo alcance: “Tenían miedo de ir a la guerra porque vivían en un mundo ilusorio del que no podían salir”, declaró a CNN Travel. Los futuros sultanes, criados en ese aislamiento, carecieron de la experiencia de gobierno que antes forjaba a los líderes en las provincias. A finales del siglo XVII comenzó el lento declive del Imperio Otomano, al que el siglo XIX bautizaría como “el enfermo de Europa“.

Tras una restauración de seis años —la más completa de su historia—, la Mezquita del Sultán Ahmed reabrió sus puertas en 2023. En 2025, el papa León XIV la visitó, convirtiéndose en el tercer pontífice en hacerlo. Sus seis minaretes siguen en pie sobre la Punta del Serrallo, en la primera de las siete colinas históricas de Estambul.

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