El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Corea del Sur dejó algo más que una foto protocolar. El anuncio de un pacto sobre tierras raras y reducciones arancelarias reconfigura el tablero geopolítico en torno a unos minerales tan discretos como imprescindibles: los elementos que hacen posible desde los autos eléctricos hasta los misiles guiados.
Trump, que volvió a la Casa Blanca con un discurso centrado en la autosuficiencia industrial, había anticipado su interés por estos metales meses atrás, cuando sugirió que Ucrania podría suministrarlos a cambio de apoyo financiero en su guerra contra Rusia. También mencionó su ambición de incorporar Groenlandia, rica en estos recursos, al territorio estadounidense.
La estrategia es clara: reducir la dependencia de China, que hoy domina casi por completo la cadena global de producción y refinado.
Las llamadas “tierras raras” son un grupo de 17 elementos químicos —entre ellos el neodimio, el disprosio y el praseodimio— que, aunque no son realmente escasos en la corteza terrestre, requieren procesos complejos y contaminantes para su extracción y separación. Esa combinación de utilidad tecnológica y dificultad de procesamiento las convirtió en un recurso estratégico.

China produce alrededor del 60% del total mundial de estos minerales, pero controla el 90% del refinado, el paso más crítico para convertirlos en imanes permanentes y aleaciones de alto rendimiento. En otras palabras, aunque existan yacimientos en otros países, el conocimiento técnico y la infraestructura industrial siguen concentrados en Asia.
“El término ‘raras’ es engañoso”, explica la geógrafa Julie Michelle Klinger, especialista en políticas mineras globales. “No son escasas, pero su procesamiento requiere una combinación de energía barata, laxitud ambiental y una enorme inversión tecnológica. Por eso, durante décadas, la producción se concentró en China”.
Los imanes fabricados a partir de tierras raras son el corazón invisible de vehículos eléctricos, turbinas eólicas, teléfonos móviles, sistemas de misiles y tecnología médica. No existe hoy un sustituto viable para estos materiales. De ahí que, más allá de los discursos, cada movimiento en torno a su control tenga implicancias estratégicas.
El nuevo pacto entre Trump y Xi intenta rebajar tensiones comerciales y estabilizar el suministro en un contexto de creciente competencia tecnológica. Sin embargo, detrás de la aparente cooperación, se esconde un delicado equilibrio. Para Estados Unidos, representa una forma de asegurar acceso a los metales críticos que su industria necesita. Para China, una oportunidad de mantener influencia y evitar sanciones que limiten su rol dominante.
Ucrania, por su parte, emerge como una pieza inesperada en esta trama. El país posee yacimientos de 22 de los 34 minerales críticos identificados por la Unión Europea, incluidos varios tipos de tierras raras. Pero buena parte de su potencial minero se encuentra hoy bajo control ruso, lo que agrega otra capa de complejidad a la disputa.
El problema, advierten los expertos, no es solo económico. El procesamiento de estos minerales genera residuos tóxicos y radiactivos, lo que plantea serios desafíos ambientales. “El costo de volver a producir tierras raras en Occidente no es solo financiero, sino también ecológico”, señala Klinger. “Requiere repensar cómo se equilibra la demanda tecnológica con la sostenibilidad del planeta”.
Mientras tanto, el acuerdo entre Washington y Pekín podría ofrecer una tregua momentánea, pero no elimina el trasfondo: la carrera por controlar los materiales que definirán el poder en las próximas décadas.
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