
Un oscuro capítulo de la historia criminal de Corea del Sur sigue conmocionando al país, décadas después de que la banda conocida como la familia Chijon sembrara el terror entre 1993 y 1994.
Lo que en un principio parecía el simple resentimiento de unos jóvenes de clase trabajadora pronto se transformó en una ola de violencia extrema, secuestros y canibalismo, dejando una marca imborrable en el imaginario colectivo.
El grupo, liderado por Kim Gi-hwan y compuesto por siete miembros, actuó bajo una doctrina de odio y castigos mortales, eligiendo a sus víctimas a partir de listas cuidadosamente seleccionadas, mientras ocultaban su brutalidad tras la apariencia de una familia común.
En medio de la espiral de horror, solo una persona logró sobrevivir: Lee Jeong-su. Fue sometida a cautiverio, presenció y sufrió atrocidades inimaginables, y, tras una riesgosa huida, se convirtió en la clave para desmantelar la organización.
Su testimonio no solo permitió la captura y condena de todos los responsables, sino que también expuso el costo personal y social de una violencia que, aún hoy, deja profundas cicatrices.

Doctrina, estructura y preparación
La familia Chijon —también identificada como la banda Jijonpa— operó entre 1993 y 1994, en un entorno marcado por resentimiento social y desigualdad económica. Liderado por Kim Gi-hwan, el grupo surgió tras una partida de póker donde él y otros dos hombres, Moon Sang-rok y Kim Hyun-yang, compartieron su odio hacia los ricos.
Reclutaron pronto a otros jóvenes de clase trabajadora, estableciendo una doctrina basada en odio a los ricos, castigo mortal a los traidores y desconfianza absoluta hacia las mujeres. Su objetivo fue reunir mil millones de wones (alrededor de USD 1,25 millones de la época) mediante secuestros y extorsiones, según detalló Daily Mail.
El grupo, integrado por siete miembros, utilizó sus ahorros para adquirir vehículos, armas —entre ellas rifles, una ametralladora y explosivos— y preparó una base en la casa materna de Kim en Bulgap-myeon.
Construyeron celdas subterráneas y un incinerador, ocultando sus actividades bajo la apariencia de una familia común, mientras perfeccionaban sus métodos en la montaña Jirisan y obtenían una lista de más de 1.200 clientes VIP de una tienda de lujo para seleccionar víctimas.

Los crímenes y su modus operandi
El modus operandi de la familia Chijon combinó violencia extrema, tortura y canibalismo. Su primera víctima, Choi Mi-ja, era una joven cajera de banco secuestrada en Nonsan, violada y asesinada por Kim Gi-hwan, quien obligó a sus compañeros a realizar el entierro.
Cuando Song Bong-woo, uno de los miembros, intentó huir tras el crimen, el grupo lo localizó y lo mató brutalmente, cumpliendo su código de castigo a los traidores. La banda trasladó su base a Bulgap-myeon, construyó allí una extensión con celdas y un incinerador, y continuó sus crímenes bajo la fachada de una familia ejemplar.
En septiembre de 1994, secuestraron a Lee Jeong-su, trabajadora de cafetería de 27 años, y a su novio, Lee Jong-won, músico de 34 años. Identificaron su vehículo Hyundai Grandeur como símbolo de estatus y, aunque no eran adinerados, los retuvieron en la base, sometiendo a Lee Jeong-su a repetidas violaciones y asesinando a su pareja.
Simularon un accidente al forzar a Lee Jong-won a ingerir alcohol, luego lo asfixiaron y arrojaron su coche por un acantilado. Días después, capturaron a una pareja adinerada en un cementerio, So Yun-oh y Park Mi-ja, a quienes torturaron y extorsionaron por un rescate.
Obligaron a Lee Jeong-su a dispararles con una pistola de aire y, en un acto estremecedor, la forzaron a comer parte de sus hígados. Para ocultar el olor de los cuerpos incinerados, organizaron una barbacoa con los vecinos, sirviendo carne de cerdo mientras, bajo sus pies, los restos humanos se reducían a cenizas.

El escape y el fin de la banda
La fuga de Lee Jeong-su, la única sobreviviente, resultó determinante para el final de la banda. Tras más de una semana de cautiverio, uno de los miembros la llevó al hospital, creyendo que no denunciaría por miedo.
Lee Jeong-su aprovechó la ocasión para escapar y logró contactar a un amigo. Después de superar la incredulidad inicial de la policía, consiguió que empezara la investigación. Las autoridades confirmaron su testimonio hallando pruebas en los lugares mencionados y, tras una operación encubierta, arrestaron a los integrantes de la banda.
Tanto TIME y como Daily Mail reportaron que los detenidos mostraron absoluta falta de remordimiento, llegando a gritar ante los agentes frases como: “No soy humano”.
La reacción social fue inmediata. El caso generó una cobertura mediática masiva y un estigma duradero en Yeonggwang, región cuyo nombre muchos habitantes evitaron mencionar durante años para no ser asociados con la familia Chijon.
El juicio se resolvió en un mes: todos los miembros recibieron la pena de muerte y fueron ejecutados dos días después. La casa de Bulgap-myeon, conocida como “Abanggung”, se demolió rápidamente, pero el recuerdo de los crímenes permaneció en la memoria colectiva.
Debate mediático y secuelas
La historia de la familia Chijon, que heló la sangre de toda Corea del Sur, vuelve a ocupar titulares y conversaciones luego del estreno de la docuserie de Netflix: "Relatos de supervivencia: Las voces de la tragedia en Corea“.
Algunos episodios se enfocaron en contextualizar los crímenes en las fallas sistémicas, mientras otros fueron criticados por el tono sensacionalista y por exponer a las víctimas a una nueva revictimización.
La historia de Lee Jeong-su, que desapareció de la vida pública durante años y reapareció en 2011 para narrar su experiencia, ilustró el impacto perdurable de estos crímenes. De hecho, su testimonio fue clave en la serie y admitió sufrir un grave trastorno de estrés postraumático y cuestionó la ausencia de apoyo institucional a las víctimas en Corea del Sur, recordando que las secuelas de la violencia trascienden el tiempo y la pantalla.
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