La madrugada del 6 de diciembre de 2024, las cámaras de seguridad de la sinagoga Adass Israel, en el barrio de Ripponlea, registraron tres minutos que se han convertido en pieza clave de una investigación internacional. A las 3:58 de la mañana, un automóvil comenzó a circular lentamente frente al templo. Volvió a pasar a las 3:59, otra vez a las 4:04 y de nuevo a las 4:07. A las 4:10 se detuvo definitivamente. De su interior descendieron tres delincuentes encapuchados. Uno llevaba un hacha, otro cargaba un teléfono con el que grababa, el tercero manipulaba un bidón rojo. En la penumbra, el movimiento quedó registrado con la frialdad de una cámara fija: golpes contra la puerta, vidrios que se rompen, combustible derramado, llamas que comienzan a encenderse.
El incendio destruyó gran parte del interior de la sinagoga, dañó mobiliario, libros sagrados y objetos rituales. Dentro se encontraban algunos fieles que habían llegado temprano a rezar y lograron escapar por una salida trasera. No hubo víctimas mortales, aunque un hombre resultó herido en una mano mientras huía del fuego. Casi sesenta bomberos trabajaron durante una hora para contener el avance de las llamas y evitar que el edificio centenario colapsara. Las imágenes se hicieron públicas en mayo, y esta semana fueron reeditadas por la Policía Federal y la Policía de Victoria, que las volvieron a difundir en medio de la presión política y diplomática que el caso ha provocado.

El gobierno australiano sostiene que detrás de los tres encapuchados se encontraba un actor mucho más poderoso. Los servicios de inteligencia rastrearon la financiación de los responsables y señalaron a Irán como el origen de la operación. El primer ministro Anthony Albanese afirmó que tanto este ataque como otro registrado en Sídney el mismo año habían sido dirigidos desde Teherán, aunque los autores materiales probablemente desconocían a quién servían. Canberra expulsó al embajador iraní y reforzó la vigilancia en los lugares de culto judíos. Teherán rechazó de inmediato las acusaciones y calificó la denuncia de infundada.

En el plano judicial, un joven de 20 años, Younes Ali Younes, fue acusado del incendio intencional y del robo del vehículo utilizado en la operación. No declaró culpabilidad ni solicitó libertad bajo fianza. Semanas después, en un hecho distinto pero que alimentó la sensación de escalada, fue detenido en Melbourne un hombre de 34 años, Angelo Loras, sospechoso de otro ataque incendiario contra la Congregación Hebrea de East Melbourne. En ambos casos, los jueces ordenaron que los acusados permanezcan detenidos mientras avanzan las investigaciones.
El incendio de Adass Israel no fue un episodio aislado. La misma noche, un grupo de manifestantes atacó un restaurante israelí en el centro de la ciudad, volcó mesas, rompió vidrios y lanzó consignas contra el ejército de Israel. Horas más tarde, en un suburbio del norte, un negocio fue blanco de pintadas y tres vehículos vinculados a su propietario aparecieron incendiados. El ministro del Interior, Tony Burke, aseguró que todavía no se ha probado un vínculo directo entre los hechos, pero reconoció que todos comparten el mismo trasfondo: un antisemitismo que, en sus palabras, “no tiene lugar en Australia”.

En Ripponlea, la comunidad judía recordó que la sinagoga ya había sufrido un incendio deliberado en 1995 y que desde el inicio de la guerra en Gaza la seguridad había aumentado en la zona, aunque nadie esperaba un ataque de esta magnitud. Benjamin Klein, miembro de la junta directiva del templo, agradeció que el fuego estallara antes de la primera oración matinal, cuando unas trescientas personas suelen reunirse en el interior. “Si hubiera sido una hora más tarde, el desenlace habría sido mucho más grave”, dijo.
Nueve meses después, esas imágenes siguen siendo el recordatorio de un ataque que la policía atribuye a la violencia antisemita, pero que el gobierno australiano vincula a intereses de un Estado extranjero. Entre los muros calcinados de la sinagoga, la comunidad espera todavía respuestas y garantías de que la violencia no se repetirá.
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