
Sobre la estela de sangre y tierra arrasada que va dejando Rusia en su avance forzado sobre el noreste de Ucrania —y de la que el Ministerio de Defensa ruso presume cada día con comunicados que hablan de posiciones “mejoradas”, pueblos “liberados”, bajas infligidas al enemigo—, Kiev ha escogido otro camino. Uno menos visible, más letal. Allí donde el ejército de Vladimir Putin avanza con columnas de tanques sobre aldeas donde aún humean los escombros de escuelas, casas y hospitales, Ucrania responde con cirugías invisibles. Una guerra sin líneas, sin trincheras, sin preámbulos. Una guerra que arde en el corazón de Kremlin.
A más de tres años del inicio de la invasión a gran escala ordenada por Putin, mientras Moscú intenta consolidar una franja de “seguridad” en la frontera norte, Kiev ha desplazado el conflicto a otro plano: el del sabotaje profundo, los drones sin firma y los explosivos colocados con paciencia quirúrgica. En apenas dos semanas, Ucrania ha dañado severamente la logística militar rusa con una secuencia de golpes diseñados como relojes suizos y ejecutados como actos teatrales de alto voltaje estratégico.
El más reciente ocurrió a las 4:44 de esta madrugada. Bajo las aguas que separan Crimea del continente, una carga de más de una tonelada de explosivos estalló contra los pilares del puente de Kerch, la arteria de hormigón que Putin inauguró en 2018 como símbolo de control y pertenencia. Fue la tercera vez que Ucrania apuntó contra esa infraestructura. Esta vez, el ataque no dejó muertos ni heridos, pero logró su cometido: fracturar, una vez más, la conexión física y simbólica entre Rusia y su península ocupada.
"El puente de Crimea es un objetivo absolutamente legítimo“, declaró sin rodeos Vasyl Maliuk, jefe del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU), quien supervisó la operación personalmente.

Dos días antes, sin embargo, Kiev había lanzado un dardo aún más audaz y envenenado: la “Operación Telaraña”, una ofensiva de largo aliento contra bases aéreas militares rusas situadas a miles de kilómetros del frente, desde Irkutsk en Siberia hasta Olenya, cerca del círculo polar ártico. Los drones utilizados —ocultos durante meses en estructuras de madera montadas sobre camiones— cruzaron Rusia como espectros invisibles. En cuestión de horas, más de 40 aeronaves fueron destruidas o inutilizadas, entre ellas bombarderos estratégicos Tu-95 y Tu-22, piezas clave en el arsenal ruso para atacar ciudades ucranianas.

Un video filmado en Voskresensk, donde ardían varios bombarderos, captura la voz desesperada de un militar ruso: “¡Todo está fuera de control!”.
Esa noche, Rusia respondió como sabe: lanzando una tormenta aérea sobre Ucrania. 472 drones y siete misiles cayeron en oleadas. Uno de ellos impactó en una unidad de entrenamiento y mató a doce soldados ucranianos. El comandante de las fuerzas terrestres, Mykhailo Drapatyi, dimitió. El dolor, admiten en Kiev, fue real. Pero no desvió el rumbo.
En simultáneo, dos puentes ferroviarios se derrumbaron en Briansk y Kursk, regiones fronterizas del suroeste ruso. Un tren de pasajeros descarriló. Siete muertos, más de cien heridos. El Comité de Instrucción de Rusia acusó directamente a Kiev de planear y ejecutar los atentados. Pero Ucrania devolvió el golpe verbal con una acusación más inquietante: falsa bandera.
"Una guerra ferroviaria al estilo de la Segunda Guerra Mundial es propaganda, no estrategia“, afirmó Andriy Kovalenko, jefe del Centro contra la Desinformación ucraniano.

Según Kovalenko, Moscú está creando artificialmente una narrativa de victimismo civil para dinamitar las negociaciones de paz que se desarrollan, con titubeos y desconfianza mutua, en Estambul. Los ucranianos llegaron a la mesa con la exigencia de un alto el fuego “completo e incondicional”. Los rusos, en cambio, presentaron un pliego de condiciones que en Kiev fue recibido como inaceptable: cesar la ayuda militar occidental, levantar la ley marcial, renunciar a los territorios ocupados.
"Rusia sigue rechazando incluso la idea misma de parar las matanzas", escribió en redes Rustem Umérov, jefe de la delegación ucraniana.
En paralelo, Zelensky ha enviado una delegación a Washington con una misión desesperada: convencer a Donald Trump de endurecer las sanciones. El centro de esa estrategia es el proyecto del senador Lindsey Graham, que propone imponer aranceles del 500 % a los países que compren materias primas rusas. La esperanza de Kiev es que, al tocar los bolsillos de los aliados comerciales de Moscú, el Kremlin se vea obligado a reconsiderar sus condiciones.

Pero mientras se negocia en salones alfombrados, las tropas rusas continúan su marcha. En los últimos días, han tomado Andriivka y Vodolagui, han consolidado su presencia en Loknya y Márino, y presumen de avances “significativos” en los alrededores de Volchansk, en Kharkiv. Once localidades han sido evacuadas en Sumi, donde Ucrania denuncia la concentración de más de 50.000 soldados rusos.
La guerra, que parecía haberse congelado en una línea difusa del Donbás, ahora se bifurca en dos narrativas. Una, la de los pueblos conquistados y las columnas blindadas que ocupan terreno. Otra, la de los ataques fantasma que incendian bases aéreas, hacen estallar puentes y humillan la retaguardia del adversario. Allí donde Rusia pisa con botas, Ucrania responde con estrategia dolorosa para el invasor.
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