Donald Trump y Ahmed al-Sharaa se estrecharon la mano en una sala privada de Riad, acompañados por Mohammed bin Salman y, en una pantalla, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan. Fue la primera vez que un presidente estadounidense se sentaba frente a un líder sirio en más de una década. El encuentro tuvo lugar al margen de la cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo, y marcó el inicio de una nueva etapa, aún incierta, en las relaciones entre Washington y Damasco.
La segunda administración Trump decidió apostar a un cambio. Levantaría las sanciones impuestas desde 2011 y abriría la puerta a la normalización, siempre y cuando el nuevo gobierno sirio, encabezado por al-Sharaa, cumpliera con una serie de condiciones que van más allá de la diplomacia. Para Trump, se trata de garantías mínimas de estabilidad y alineamiento estratégico en una región donde las lealtades cambian con rapidez y las guerras suelen dejar saldos provisorios.
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El primer punto planteado por el mandatario estadounidense fue claro: Siria debe unirse a los Acuerdos de Abraham. Trump no habló de fechas ni protocolos, pero su mensaje fue directo. Normalizar relaciones con Israel ya no es un gesto simbólico, sino un paso indispensable para integrarse al orden que Washington pretende consolidar en Medio Oriente. Que el planteo se hiciera con Erdogan presente, líder de un país que mantiene un vínculo ambiguo con Tel Aviv, refuerza la apuesta por un nuevo eje regional en el que Siria tendría que reposicionarse.

También hubo exigencias en el terreno de la seguridad. Estados Unidos pidió la deportación de combatientes yihadistas extranjeros que permanecen en territorio sirio, algunos con protección tácita de facciones locales. Trump insistió en que Damasco debe mostrar voluntad de cooperar en la neutralización definitiva de estos grupos
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En la misma línea, se discutió el rol de los grupos armados palestinos que operan en Siria. El gobierno estadounidense exigió su expulsión. Aunque no mencionó nombres, la referencia apunta a organizaciones como el Frente Popular para la Liberación de Palestina – Comando General, activo en Damasco desde los años de Hafez al-Assad.
La agenda de seguridad incluyó, además, la cuestión del ISIS. El grupo no ha desaparecido y Washington no ignora su capacidad de reactivarse en zonas donde el poder estatal es débil. Por eso, Trump propuso una cooperación directa para evitar cualquier resurgimiento. Lo que Estados Unidos busca es una alianza funcional, sin romanticismos ni exigencias democráticas, pero con resultados visibles en términos de control territorial e intercambio de inteligencia.
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Por último, se planteó un punto logístico con consecuencias políticas: el traspaso de las prisiones del ISIS, hoy en manos de las fuerzas kurdas, al control del Estado sirio. Para Trump, mantener esas instalaciones fuera del alcance del gobierno central solo perpetúa el conflicto. La exigencia supone una redefinición de la relación con los kurdos, hasta hace poco aliados clave de Washington. En la práctica, implica reconocer a al-Sharaa como la única autoridad legítima sobre el territorio sirio, algo que Estados Unidos evitó durante más de una década.
Aunque no hubo declaración conjunta ni rueda de prensa, las imágenes del encuentro fueron cuidadosamente difundidas. Mostraron un tono sobrio, casi técnico. Trump busca proyectar orden. Al-Sharaa, legitimidad. Ambos saben que los gestos no alcanzan. Y que, para que las sanciones se levanten de manera definitiva, será necesario algo más que promesas.
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