
Kosovo vive fuertes tensiones provocadas por la elección de alcaldes albaneses en localidades de mayoría serbia, un conflicto que hace temer otras crisis en la región.
Una treintena de soldados de la fuerza multinacional liderada por la OTAN resultaron heridos durante el último brote de violencia en el norte del territorio, así como unos cincuenta manifestantes serbios.
El corazón del problema está la negativa de la minoría serbia a reconocer la autoridad del gobierno kosovar, que quiere establecer su soberanía sobre todo el territorio, mayoritariamente poblado por albaneses.
Estos son algunos de los puntos de discordia de las complicadas relaciones entre los dos antiguos enemigos, un obstáculo importante para su eventual integración europea.
La disputa por los alcaldes
Los serbios, mayoritarios en cuatro ciudades del norte de Kosovo, boicotearon las elecciones municipales de abril a petición de Lista Serbia, su principal partido, muy cercano a Belgrado.
Pese al boicot, los alcaldes albaneses fueron elegidos a pesar de una participación de solo el 3,5 por ciento.
El gobierno de Kosovo organizó estas elecciones para llenar el vacío dejado por la renuncia masiva en noviembre de los serbios que ocupaban cargos en las instituciones comunes locales.
Cientos de policías serbios integrados en la policía de Kosovo, así como jueces, fiscales y otros funcionarios, abandonaron sus puestos para protestar contra la decisión del gobierno de Pristina, ahora suspendida, de prohibir a los serbios que viven en Kosovo el uso de matrículas de coche emitidas por Belgrado.
Pese a los llamamientos a la moderación de la Unión Europea y Estados Unidos, el gobierno kosovar ratificó a esos ediles la semana pasada, desatando la crisis actual.
Los manifestantes serbios se reunieron frente a los ayuntamientos afectados para exigir la retirada de los alcaldes albaneses y de las fuerzas de policía de Kosovo, cuya presencia en la región lleva tiempo despertando su ira.

El reconocimiento
La batalla de los alcaldes está relacionada con la cuestión de la independencia de Kosovo proclamada en 2008, casi una década después de una guerra que dejó unos 13.000 muertos, en su mayoría albanokosovares.
Kosovo está reconocido por un centenar de países, la mayoría de ellos occidentales, y recientemente por Israel.
Pero muchos serbios consideran Kosovo como su cuna nacional y religiosa y el gobierno de Belgrado nunca admitió la independencia, como tampoco lo hicieron Rusia y China, lo que priva a los kosovares de un lugar en la ONU. Cinco miembros de la Unión Europea tampoco lo reconocen.
Sin embargo, Kosovo sí fue admitido en el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Comité Olímpico Internacional, la Federación Internacional de Fútbol y la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol.
¿Un Estado dentro del Estado?
La minoría serbia cuenta con unas 120.000 personas, en gran parte leales al gobierno de Belgrado, un tercio de las cuales reside en el norte de Kosovo, cerca de la frontera con Serbia, que los apoya financieramente.
Los demás miembros de la minoría están dispersos en una decena de enclaves.
En estas zonas, la bandera serbia ondea en todas partes, la gente usa el dinar serbio y cualquier intervención policial es una fuente de tensión.
Los habitantes del norte de Kosovo no pagan agua, electricidad ni impuestos, lo que supone un déficit de decenas de millones de dólares para el gobierno kosovar.
Un acuerdo de 2013 que preveía la creación de una asociación de diez “municipios” donde vive la minoría serbia quedó en letra muerta.
¿Y ahora?
Para el primer ministro kosovar, Albin Kurti, la construcción de un Estado que sea dueño de sus funciones soberanas y dotado de instituciones efectivas es primordial.
Pero para muchos serbios, permitir que Pristina ejerza su soberanía equivale a reconocer de facto que el territorio ya no está controlado por Belgrado.
En el contexto de la guerra Ucrania, la Unión Europea aumentó la presión para que ambas partes se pongan de acuerdo y evitar así otro conflicto en Europa.
(Con información de AFP)
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