
Koichi Miyatsu saca de una mochila ropa de niño con personajes de manga y un par de zapatillas deportivas, únicos objetos de su vida antes de que fuera abandonado en un “buzón de bebés” en Japón.
"Tenía puesta alguna de esa ropa cuando me dejaron allí", cuenta a la AFP este joven de 18 años hoy en día. "Son los recuerdos más antiguos de mi infancia, los he conservado con mucho cuidado".
Koichi se convirtió este año en la primera persona en brindar testimonio público tras haber sido abandonado en el buzón de bebés del hospital católico Jikei en Kumamoto (sudoeste de Japón), abierto en 2007.
Sus declaraciones reavivaron el debate sobre este sistema inspirado de uno similar en Alemania. Sus defensores lo presentan como un último recurso para las mujeres marginadas y los padres que no quieren o no pueden recurrir a la adopción; para sus críticos, alienta el abandono de los niños.


Sin embargo, para Koichi, la cuestión está fuera de discusión. El día en el que fue abandonado “fue el inicio de un nuevo capítulo de mi vida”, explica este estudiante en sociología y política. “Lo que soy se lo debo al buzón de bebés”, agrega.
Según el hospital, el sistema permite prevenir los malos tratos e incluso la muerte de niños. En 15 años, 161 bebés y niños pequeños fueron confiados al centro médico.
“Grabado en mi memoria”
Poco después de haber sido abandonado, Koichi fue acogido por Yoshimitsu y Midori Miyatsu, en el departamento rural de Kumamoto. Padres biológicos de cinco hijos, su casa ha recibido a más de treinta niños.
"Me dije que nos habían enviado un ángel", recuerda Yoshimitsu, de 65 años, al hablar sobre la llegada de Koichi.


La pareja apoya desde hace mucho tiempo el programa de Jikei tras haber sido testigo de las dificultades vividas por otros niños colocados en familias sustitutas: hogares rotos, delincuencia, embarazos no deseados, algunos incluso que terminaron en situación de calle.
"Un día helado de diciembre, una joven con un embarazo avanzado y casi sin dinero vino a pedirnos ayuda... Sabíamos que había niños que necesitaban" este buzón de bebés, cuenta Midori, de 63 años.
Koichi, uno de los primeros niños abandonados en Jikei, no llevaba consigo ningún objeto que indicase su nombre, edad o lugar de nacimiento.
“No tengo ningún recuerdo del momento en que me dejaron... pero la imagen de la puerta del buzón quedó grabada en un rincón de mi memoria”, afirma.
Casi un año más tarde, le mostraron una foto de esa puerta en un diario. “Nos dijo: ‘Estuve ahí’. Fue en ese momento que supimos que se acordaba”, explica Midori.

“Decirle que crecí”
El alcalde de la ciudad le puso un nombre, y su edad fue establecida por pruebas de ADN. Los primeros tiempos fueron difíciles, ya que de niño tenía pesadillas y succionaba su pulgar de manera constante.
Pero la pareja nunca le ocultó su pasado y, con el tiempo, el traumatismo cesó. Años más tarde, Koichi conoció más sobre sus orígenes, y descubrió por ejemplo que su madre biológica murió en un accidente de tránsito cinco meses después de su nacimiento.
Ha conservado una foto de ella y dice tener la impresión de que "lo cuida desde el cielo".
“Me gustaría decirle que crecí, que tengo 18 años y que quiero vivir la vida que se interrumpió demasiado pronto para ella”.


Una vez por mes, Koichi distribuye comida para niños desfavorecidos en un iglesia local, dice que quiere trabajar con niños en el futuro, y quizás convertirse también en un padre sustituto.
Espera que su testimonio público incite a otros niños abandonados a contar su propia historia, y recuerda que superó "sentimientos complicados".
"A pesar de que faltan algunas piezas, esto no cambia de manera fundamental quién soy hoy en día. No creo que mi identidad tenga que ser dictada por los primeros años de mi vida", piensa.
“La vida después del buzón de bebés es mucho más importante”.
Con información de AFP
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