
Murió Magawa, una rata africana gigante, y lo vamos a lamentar. La habían jubilado de su trabajo, la habían condecorado en septiembre de 2020 y la jubilaron en noviembre pasado; pero la buena vida y las pantuflas la dejaron sin ganas de vivir. En las últimas semanas, su febril ritmo de vida se apagó poco a poco, durmió siestas más largas, y mostró cada vez menos interés en comer, algo rarísimo en ella. Finalmente cerró sus ojos oscuros, circundado por un anillo de pelo marrón, el pasado fin de semana, a los ocho años.
Magawa era la mejor detectora de minas personales que tuvo Camboya. Y cuando deja este mundo un héroe de la paz, hay que lamentarse. No queda otra.
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Lo que tienen las ratas es mala prensa. Desde siempre. Las pobres no hicieron nada, pero se las culpa de mucho y sólo se cuenta de ellas lo malo. Por ejemplo, que fueron origen de la peste bubónica que aniquiló a un tercio de la población europea desde 1346 en adelante. No eran las ratas, sino las pulgas de las ratas las infectadas con la bacteria Yersinia Pestis que provocaban la peste cuando picaban a los humanos.

Las ratas, grandes o pequeñas, son y han sido usadas como eso para experimentar medicamentos, les han inoculado tumores, les han elevado la presión sanguínea, o se la han reducido a nada, les inyectaron las vacunas experimentales del covid, miles de ellas han muerto en aras de los avances científicos que nos hagan la vida más llevadera. Y, sin embargo, llamamos rata al tipo más abyecto que se cruza en el camino. No es justo. Algo más que desprecio le debemos a ese animalito noble. Y más vale que nos llevemos bien con ellas porque en los últimos años la población de ratas en Buenos Aires aumentó un cincuenta por ciento y se calcula un promedio de entre cinco y siete ratas por habitante.
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Como todos los miembros de su especie, Magawa era una gran rata. Enorme y de hábitos nocturnos, de mala visión, de extraordinario olfato y fino oído, era también una gran escaladora y nadadora. Había nacido en Tanzania en 2013 y fue elegida para detectar explosivos.
La entrenó Apopo, una entidad sin fines de lucro que la mudó a Siem Reap, al noroeste de Camboya, donde ayudó a despejar de minas terrestres un área superior a los doscientos veinticinco mil metros cuadrados. Camboya es uno de los países de mayor riesgo del sudeste asiático, por la cantidad de minas y explosivos enterrados en su suelo después de la guerra de Vietnam y del sangriento conflicto civil que siguió bajo la tiranía de Pol Pot.
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En 2020 sesenta y cinco personas murieron en Camboya, o quedaron mutiladas, a causa del estallido de un explosivo, entre ellos dieciocho chicos. Entre 1979 y 2019, más de diecinueve mil personas murieron, y cuarenta y cinco mil quedaron heridas, por las minas terrestres camboyanas y por los restos de explosivos sin detonar de las guerras pasadas.
Magawa tenía un olfato extraordinario para detectar los compuestos químicos de cualquier explosivo, por más enterrado u oculto que estuviera. Calculan que en sus cinco años de actividad detectó más de cien minas terrestres y treinta y ocho artefactos explosivos sin estallar, lo que le hizo ganar un récord mundial de Guinnes. Si su olfato era su arma poderosa, su peso era el ideal: menos de los cinco kilos necesarios para que una mina personal enterrada te haga saltar por los aires; cargaba con una debilidad: su apetito insaciable por la palta, aunque bananas y maníes también eran aceptados. No era tonta.
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Los más agradecidos con Magawa fueron los chicos camboyanos, víctimas fáciles junto a su curiosidad de los explosivos sin estallar, o de las minas terrestres antipersonales. Una maestra de tercer grado de Phnom Penh, dijo que sus alumnos dejaron de lado la idea de un animal sucio y transmisor de enfermedades que le adjudicaban a las ratas, para convertirlas en una especie de súper héroe que no tendrá jamás el reconocimiento de Marvel. En septiembre de 2020 le colgaron del cuello una medalla de oro al heroísmo, y le pusieron entre las garras una palta, pera premiar sus servicios y su valentía: un honor que hasta entonces sólo habían recibido los perros, algunos felinos y hasta una paloma.

En junio del año pasado la retiraron del servicio activo. Tantos años de búsqueda llevan al estrés. “Magawa es pequeño, pero nos ayudó a salvar muchas vidas y a devolver a nuestra gente tierras seguras que no lo estaban antes de su llegada”, dijo a modo de homenaje uno de sus entrenadores.
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Pero un cazador es un cazador. Y Magawa pareció haber perdido el sentido de su vida, sin campo abierto para olfatear ni componentes químicos a detectar. Puede que esto suene metafísico, y acaso lo sea. Vivió sus primeros meses de rata gigante jubilada con sus juegos habituales y de buen ánimo. Pero pasado su octavo cumpleaños, vivió un año más que el promedio de vida de su especie, empezó a decaer. Ya nada era lo mismo. “Murió en paz y lamentamos mucho su muerte”, dijeron las autoridades de Apopo.
También admitieron que entrenan a nuevos ejemplares para que reemplacen a Magawa, aunque en la intimidad juran que como Magawa no habrá ninguna igual.
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