
El reciente y espectacular escape de un soldado desertor de Corea del Norte, que fue baleado por sus compañeros, pero finalmente llegó al Sur y sobrevivió tras ser atendido en un hospital, volvió a poner el foco en las duras condiciones de vida en el régimen liderado por Kim Jong Un.
Oh Chungsung, el desertor, sufría de hepatitis B y tenía enormes parásitos en sus entrañas, señales de una muy pobre alimentación.
Pero tan terrible como pueda sonar, la situación alimentaria en Corea del Norte es mejor hoy en día de lo que fue a principios de la década de 1990, cuando la caída del benefactor soviético llevó a una hambruna generalizada que causó la muerte de un millón de personas, según estimaciones.
Este período fue llamado por el régimen como la Ardua Marcha, y los desertores también están ayudando a comprender el panorama desolador de aquella época.

Tal es el caso de Lee Wi Ryeok, otro soldado que cruzó la frontera recientemente y relató su historia al periódico surcoreano Daily NK, que monitorea la situación en el vecino Norte.
Lee pasó su infancia en un orfanato durante la segunda mitad de 1990, donde contraer tuberculosis era equivalente a recibir una condena de muerte. "Era la enfermedad más seria que podías sufrir. Si lo hacías, no había respuesta. Tan solo morías si te enfermabas en el orfanato", relató Lee.
"Cuando llegué a Corea del Sur, fue impresionante saber que la tuberculosis es una enfermedad tratable", contó en una entrevista publicada el miércoles.
Los alimentos escaseaban en todo el país, y los orfanatos estaban últimos en prioridad, señaló Lee. Por esta razón debían encontrar comida donde fuera para sobrevivir.

"Si una vaca excretaba granos enteros de maíz, los enjuagábamos y comíamos", relató. También era usual que comieran los piojos que los infestaban, y llegaron a pensar que tan solo matarlos "era un desperdicio", ya que estaban llenos de sangre.
Para combatir los ácaros, las autoridades solían encender fogatas y forzaban a los niños a permanecer a su alrededor. Si intentaban escapar eran golpeados con varas de madera, si permanecían mucho tiempo, recibían quemaduras.
En un recordado incidente de 1996, un submarino norcoreano que transportaba a un grupo de infiltradores encalló en costas surcoreanas. Los soldados estaban espiando instalaciones navales del Sur cuando sufrieron el desperfecto, y en la batalla que siguió, 11 de ellos fueron ejecutados por sus propios compañeros y 13 murieron por el fuego de las tropas de Seúl.
Durante la autopsia, los médicos surcoreanos hallaron parásitos y lombrices en el sistema digestivo de cada uno de los soldados, recordó el portal Daily Caller, hombres presuntamente bien entrenados y valiosos para el régimen.

El mismo medio periodístico entrevistó recientemente a otro desertor que dijo haber sido forzado, junto con su familia, a comer pasto durante la Ardua Marcha. Como esta planta solía tener toxinas, además, muchos morían.
Kim Jong Il, el líder supremo durante la Ardua Marcha, siempre priorizó como política de Estado el desarrollo nuclear y de misiles balísticos a la alimentación de su pueblo, que muchas veces era delegaba a la ayuda humanitaria de la ONU o de Corea del Sur.
Su hijo y actual líder, Kim Jong Un, ha señalado reiteradas veces su intención de dejar de lado esta política y avanzar en el desarrollo económico del país. Aunque los programas de armas están en su momento de mayor fortaleza y muchos norcoreanos siguen viviendo en condiciones de vida muy dura.
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