
Eran las 5:15 y sor Vicenza Taffarel, como desde hacía 20 años, había colocado una taza de café bien oscuro en la sacristía. Era la modesta forma que Albino Luciani —conocido para la posteridad como Juan Pablo I— tenía de empezar el día. Sin embargo, minutos más tarde, la religiosa notó que el hombre al que servía desde hacía dos décadas no había tocado su frugal desayuno, que ya se había enfriado.
"¡Santidad, no debe hacerme estas bromas!". Las palabras de Vicenza retumbaron en San Pedro, más precisamente en la antecámara de la habitación del papa, quien no respondía al llamado a su puerta. Ante la falta de señales, y tras repiquetear una y otra vez en la gruesa madera que los separaba, la monja ingresó al cuarto. La imagen le quedaría grabada: el pontífice estaba muerto, recostado sobre su cama, en pijama, con almohadones bajo su espalda, la luz encendida, gafas puestas y papeles en la mano. Era el 28 de septiembre de 1978, y Luciani había cumplido apenas 33 días de papado.
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En plena Guerra Fría, con Italia partida por el terrorismo de las Brigate Rosse (Brigadas Rojas) y los diferentes brazos de las organizaciones delictivas siempre al acecho —desde la mafia hasta la camorra—, no fue difícil diseñar una atmósfera de conspiración y misterio. De inmediato se especuló con que la muerte del hombre de 65 años había sido un asesinato, aunque nadie tenía pruebas al respecto. ¡Un asesinato en el Vaticano!
Sin embargo, tras 39 años de tramas y complicidades nunca resueltas, un libro recién publicado en Italia intenta arrojar luz sobre las últimas horas del fugaz pontífice: Papa Luciani, crónica de una muerte, escrito por Stefania Falasca, recrea los momentos finales del hombre que precedió, en la Santa Sede, nada menos que a Juan Pablo II.
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En sus páginas, Falasca desarrolla la teoría de que Albino Luciani murió de causas naturales. Un paro cardíaco. Y se basa en los documentos que fue recolectando durante este tiempo para fundar su investigación periodística. Según la autora de la obra, el primer médico que revisó a Juan Pablo I fue Renato Buzzonetti, a quien le informaron que la tarde anterior, mientras rezaba, alrededor de las 7:30, con su secretario personal —el irlandés John Magee—, Luciani sintió un profundo dolor en el pecho al que no atendió, pese a que la molestia duró unos cinco minutos. El papa no quiso entonces que se llamara a la guardia médica vaticana. Restó importancia al asunto y continuó con su rutina: fueron a cenar.

El episodio fue rescatado por Falasca de un documento inédito en los archivos de la Santa Sede. El informe, enviado a la Secretaría de Estado el 9 de octubre de 1979, devela el "episodio de dolor localizado en la parte superior de la región esternal, sufrido por el S. Padre hacia las 19:30 del día de la muerte, prolongado durante más de cinco minutos, que se verificó mientras el papa estaba sentado y preparado para rezar con el padre Magee, que retrocedió sin ninguna terapia".
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Esa noche no hubo ningún movimiento más alrededor de la salud del pontífice. Ningún fármaco fue suministrado a Luciani: eso demuestra el reporte que señala que la farmacia del Vaticano no debió abrir sus puertas, situación que hubiera quedado en los libros de la dependencia. Falasca también halló en su investigación que el pontífice había sido tratado de una molestia cardiovascular en 1975 y que entonces sí había sido medicado con anticoagulantes.
Antes de eso logró darle una breve indicación a otra de las monjas que cuidaban de sus cosas. Margherita Marin estaba planchando una de sus camisas cuando el papa se detuvo y le indicó que solo emprolijara el cuello y el puño. "Sor… la hago trabajar tanto. No hace falta que me planche tanto la camisa porque hace calor, transpiro y tengo que cambiarme a menudo. Planche solo el cuello y los puños, que el resto no se ve".
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Sor Margherita sería la segunda en ingresar a la recámara de Juan Pablo I. "Ni una arruga. Estaba recostado un poco a la derecha, con una leve sonrisa, las gafas puestas, los ojos medio cerrados, como si durmiera. Le toqué las manos. Estaban frías. Me impresionaron las uñas: un poco oscuras", recuerda la religiosa, hoy de 76 años, en el libro. "Podemos decir, con toda la documentación, que Luciani murió por un ataque al corazón. Esta es la verdad desnuda y cruda", subrayó Falasca en una entrevista con Radio Vaticano.
Pero esos días fueron días de intrigas y misterios en el Vaticano. Los cardenales querían saber qué había ocurrido con el papa antes de nombrar a otro pontífice. Querían saber si los exámenes forenses permitían "excluir lesiones traumáticas de cualquier naturaleza"; qué significaba "muerte repentina"; "¿la muerte repentina es siempre natural?". Esas fueron las consultas que los desconfiados cardenales hicieron a los médicos que finalmente embalsamaron a Luciani.
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¿Serán suficientes las pruebas aportadas en el libro de Falasca para apartar cualquier halo de desconfianza en torno a la muerte de un brevísimo papado? Eso parecería, según los documentos presentados. Sin embargo, a veces es más atractivo desconfiar y alimentar una conspiración que rendirse ante la evidencia.
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