
Durante su viaje por Beagle, en el extremo sur de América, Charles Darwin encontró fósiles que habían llamado su atención y lo habían desconcertado. Los envió al paleontólogo Richard Owen. Tras examinarlos, sabía que tenía ante sí los restos de animales de hacía millones de años que podrían ser parte de un árbol que estaba diseñando. Fue hace 180 años y hasta hoy, nadie había podido refutar esa teoría evolutiva.
Owen imaginó lo que suponía serían los primeros eslabones de la cadena evolutiva de la llama y así lo hizo saber. La bautizó Macrauchenia, algo así como "llama gigante". De inmediato, tanto él como el resto de los investigadores que continuaron los estudios de Darwin y su paleontólogo, lo colocaron en el árbol genealógico de este animal.

Sin embargo, ahora, 180 años después de que el Macrauchenia fuera catalogado como una gran llama, los científicos dieron pruebas contundentes de que no era exactamente así. Para los académicos de la Universidad de Potsdam, Alemania, el mastodonte fue un pariente lejano de los caballos, los tapir y los rinocerontes, conocidos en la jerga como de la familia de los perissodactylas. Así lo publicaron en la revista Nature Communications.
Pero en algo Darwin y Owen estaban acertados. Los macrauchenias son parientes distantes de los perissodactylas entre 56 y 78 millones de años, según el nuevo estudio. Aquellos eran herbívoros que habitaban gran parte de América del Sur antes de que la Era de Hielo los terminara por completo hace 12 mil años.



Dado que cada uno de los fósiles recolectados en la Patagonia generaban controversia entre los científicos por la cantidad de variedades de especies que se encontraban, los investigadores comenzaron a cruzar datos genéticos para determinar correctamente su descendencia. Un dedo de un macrauchenia hallado en Chile fue suficiente para hacer el estudio de ADN que necesitaban.
El cruzamiento, al principio, fue inútil. Ningún animal vivo mantenía los genes del macrauchenia consigo. Fue por eso que los académicos de Postdam continuaron sus pericias con información mitocondrial de rinocerontes, tapirs, caballos y llamas salvajes, según consignó The New York Times.
Así pudieron reconstruir un 80 por ciento de la información mitocondrial de los macrauchenias. El doctor Michael Hofreiter, a cargo del estudio, indicó que hasta el momento "nadie había podido reconstruir la secuencia de ADN antiguo en la cual el más próximo de los parientes vivos fuera tan distante". Finalmente llegaron a la conclusión de que las macrauchenia y las perissodactylas eran "hermanas" en el árbol de la evolución. Darwin no estaba tan errado.
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