
En las últimas décadas, la actividad humana ha impulsado modificaciones evolutivas rápidas y sorprendentes en diferentes animales alrededor del mundo.
Se han observado desde ciudades que transforman la anatomía de lagartos hasta la contaminación que modifica el color y el comportamiento de polillas. La presión por urbanización, introducción de especies invasoras, sobrepesca y contaminación genera una “selección no natural”, obligando a las especies a adaptarse a entornos nuevos.
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De acuerdo con Smithzonian Magazine, estos procesos alteran la biología animal y pueden desencadenar consecuencias para los ecosistemas.
Selección no natural y evolución animal acelerada
La llamada “selección no natural”, aparece cuando las modificaciones ambientales favorecen la supervivencia de rasgos antes poco útiles. Expertos citados por Smithzonian Magazine señalan que este tipo de adaptación puede dar ventajas inmediatas, pero también conlleva costes para las especies y el equilibrio ecológico.
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Numerosos estudios científicos respaldan que la acción humana ha acelerado procesos evolutivos en pocas generaciones. Por ejemplo, un análisis publicado en PNAS demuestra que lagartos Anolis cristatellus en ciudades puertorriqueñas han experimentado adaptaciones morfológicas (más lamelas adhesivas y extremidades más largas) respaldadas por firmas genéticas paralelas en distintas poblaciones urbanas.
Asimismo, un trabajo en Science Advances evidencia que la sobrepesca del bacalao en el Báltico oriental ha alterado su genoma en apenas dos décadas, produciendo ejemplares más pequeños y de maduración más temprana.
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Un ejemplo destacado se encuentra en Puerto Rico, donde los lagartos anolis han mostrado transformaciones notables para prosperar en entornos urbanos.
Kristin Winchell, bióloga de la Universidad de Nueva York, explicó a Smithzonian Magazine que estos reptiles ahora tienen extremidades más largas, lo que les permite moverse con mayor velocidad por superficies abiertas y expuestas a depredadores.
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Además, desarrollaron almohadillas en los dedos con estructuras microscópicas, facilitando la adhesión a superficies lisas como paredes, concreto y vidrio. Los lagartos urbanos también resisten temperaturas mayores que sus congéneres rurales. Winchell señaló que las adaptaciones surgieron en diferentes poblaciones durante los últimos veinte a treinta años, lo que refleja una respuesta evolutiva repetida ante la vida urbana.
En el Reino Unido, la alimentación humana modificó la anatomía de las ardillas rojas. Durante los años noventa y dos mil, en la reserva de Formby cerca de Liverpool, las ardillas recibieron cacahuetes con frecuencia.
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Phil Cox, biólogo en University College London, relató a Smithzonian Magazine que este cambio de dieta causó una reducción en el tamaño y la eficiencia de los músculos mandibulares, generando mordidas menos potentes. Este cambio se atribuye a la facilidad para comer cacahuetes frente a los piñones o avellanas naturales.
Al suspender la alimentación con cacahuetes, se vio una reversión parcial de la morfología craneal, lo que sugiere que el fenómeno puede deberse a evolución rápida o a un proceso fisiológico llamado modelado óseo. Cox indicó que si estos cambios brindan ventajas, podrían consolidarse evolutivamente en la población.
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Adaptaciones en peces, insectos y polillas
La sobrepesca ha dejado una huella genética en los bacalaos del Atlántico. Eric Palkovacs, ecólogo y biólogo evolutivo de la Universidad de California en Santa Cruz, explicó a Smithzonian Magazine que la preferencia por pescar a los bacalaos más grandes favorece a los ejemplares más pequeños y a los que se reproducen tempranamente.
Los análisis genéticos muestran que, durante el siglo XX, la pesca intensiva promovió estas características en pocas décadas.
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Este fenómeno no solo afecta al bacalao, sino que modifica su papel ecológico: los ejemplares más pequeños consumen presas distintas y no pueden actuar como depredadores superiores, lo que cambia la red alimentaria marina. Palkovacs afirmó que esto genera un ciclo en el que los cambios evolutivos impulsan nuevas transformaciones ecológicas.

En Hawái, la llegada de especies invasoras desató una dinámica evolutiva entre grillos y moscas parásitas. Robin Tinghitella, bióloga de la Universidad de Denver, relató a Smithzonian Magazine que los grillos del Pacífico, originarios de Australia y llegados a Hawái hace siglos, comenzaron a ser atacados hace unos treinta y cinco años por moscas parásitas de Norteamérica.
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Estas moscas localizaban a los grillos por sus cantos y depositaban larvas en ellos. En respuesta, los grillos evolucionaron canciones más silenciosas mediante modificaciones físicas en las alas, alejando a las moscas mientras seguían atrayendo a las hembras.
Las moscas, por su parte, ahora desarrollan una audición más sensible, captando un rango mayor de frecuencias, adaptándose así a los nuevos cantos de los grillos. Tinghitella lo describió como un caso clásico de coevolución, donde la introducción de una especie detona una cascada de adaptaciones.
Las polillas europeas representan otro caso de adaptación a la contaminación y la luz artificial. Durante la Revolución Industrial, la polilla moteada (Biston betularia) oscureció su color para camuflarse en árboles cubiertos de hollín.

A partir de los años 70, con la mejora del aire, el fenómeno tendió a revertirse. Sin embargo, la contaminación lumínica impone nuevos desafíos.
Evert Van de Schoot, biólogo de la Universidad Católica de Lovaina, descubrió que las polillas urbanas Yponomeuta cagnagella son 30% menos propensas a caer en trampas de luz que las rurales y tienen alas más pequeñas.
Esta adaptación puede deberse a una selección de mecánicas de vuelo menos sensibles a la luz, mejorando así la supervivencia urbana. No obstante, Van de Schoot advirtió que esto podría dificultar para las polillas la búsqueda de alimento o pareja.
Las consecuencias de estas adaptaciones aceleradas son complejas. Palkovacs, el ecólogo citado por el medio, enfatizó que, aunque estos cambios ayudan a las especies a sobrevivir en un mundo dominado por la presencia humana, también pueden generar desequilibrios ecológicos y nuevas vulnerabilidades.
Sin capacidad de evolucionar, muchas de estas especies ya habrían desaparecido ante los desafíos humanos.
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