
Los moáis de Isla de Pascua, símbolos ancestrales de la cultura rapanui, enfrentan una amenaza creciente: la erosión acelerada por el cambio climático pone en peligro la supervivencia de estos monumentos y, con ellos, la identidad de la isla. La comunidad local ha respondido con una combinación de saberes tradicionales y tecnología avanzada, buscando soluciones para proteger estas figuras talladas en toba volcánica, una roca frágil y muy porosa.
El estado de los moáis y su importancia cultural
En Rapa Nui se conservan cerca de 1.000 moáis en distintos estados. Aproximadamente 200 de ellos reposan sobre plataformas ceremoniales, conocidas como ahu, la mayoría próximas a la costa y orientadas hacia el interior de la isla. Estas estatuas, creadas entre los siglos XI y XVI por los primeros habitantes polinesios, representan a los ancestros y la familia del jefe legendario Hotu Matu’a.
Aunque parecen imponentes a la distancia, la piedra que las conforma es sensible y muestra fisuras, manchas y fragmentos desprendidos. La erosión, visible para los habitantes de la isla, alimenta el temor persistente de que algún día los moáis regresen al mar, como relató María Tuki, descendiente de escultores rapanui.

La historia de los moáis documenta desafíos constantes. Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, fueron derribados, posiblemente a raíz de conflictos o cambios religiosos. Desde 1995, el Parque Nacional Rapa Nui está catalogado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, reconociendo su valor universal.
Las amenazas actuales: clima y erosión
La exposición a la intemperie, la salinidad, los organismos y los eventos meteorológicos contribuyen a su desgaste progresivo. La extracción y transporte inicial ya provocaron fisuras en la toba, y desde entonces, el viento, la lluvia y las variaciones de temperatura han acelerado su deterioro. La cristalización de la sal dentro de la piedra agrava las grietas, mientras que los líquenes y otros organismos cubren sus superficies.
En las últimas décadas, las lluvias intensas pero menos frecuentes y las sequías recurrentes han intensificado el desgaste de las estatuas. Estas últimas, además, han reducido la cobertura vegetal y facilitado el avance de incendios.
Un evento crítico fue el incendio forestal de 2022 en Rano Raraku, la cantera principal, que afectó a unos 80 moáis con daños considerados “irreparables”. El aumento del nivel del mar y la frecuencia de olas extremas ponen especialmente en riesgo a los monolitos cercanos a la costa, que constituyen más del 90% de los moáis erigidos. Otras amenazas incluyen el roce de animales, el depósito de guano por aves y accidentes como el impacto de un camión en 2020.
Soluciones y estrategias de protección
Frente a este escenario, la conservación de los moáis combina esfuerzo local y apoyo internacional. Arqueólogos y restauradores han empleado agentes químicos para fortalecer la toba, pero estos tratamientos requieren mantenimiento periódico.
Proyectos anteriores, como el uso de moldes de silicona, resultaron contraproducentes y aumentaron la erosión, confirmando la necesidad de actuar con cautela. La innovación ha permitido escanear en 3D varios sitios y aplicar soluciones adaptadas, como estructuras de protección frente al mar y marcas para monitoreo preciso.

Tras el incendio de 2022, la Unesco destinó USD 97.000 para la reparación de los daños y el desarrollo de un plan de gestión de riesgos. En 2023, el equipo local encabezado por Ma’u Henua inició la restauración de cinco moáis golpeados por el fuego, empleando marquesinas protectoras y soluciones químicas desarrolladas por expertos de la Universidad de Florencia. Estos tratamientos, además de fortalecer la piedra, buscan frenar la proliferación de líquenes y otros agentes degradantes.
Sin embargo, la falta de recursos limita el alcance de las intervenciones. La importación de productos especializados enfrenta altos impuestos, lo que ha restringido los tratamientos a un número limitado de estatuas. Ariki Tepano Martin, presidente de Ma’u Henua, destacó que la experiencia acumulada en la restauración de estos cinco moáis permitirá diseñar un protocolo para futuras intervenciones y facilitar la conservación del resto de los monumentos, sin requerir permisos caso por caso.
Un debate cultural y económico
Más allá de los aspectos técnicos, la conservación de los moáis es también un debate cultural. Mientras algunos especialistas sugieren dejar que los moáis concluyan su ciclo y se reintegren en la tierra, otros consideran que la preservación activa de las estatuas es una obligación para con las generaciones futuras y la memoria ancestral. Claudio Cristino-Ferrando, arqueólogo que reside en la isla, afirmó que la conservación “no es solo deseable, sino absolutamente imperativa”.

La discusión se amplía con el caso del Hoa Hakananai’a, un moái en el Museo Británico de Londres: mientras algunos rapanui consideran que está más protegido en el museo, otros reclaman su repatriación como acto de justicia histórica.
El turismo es crucial para la isla y depende en gran medida de la preservación de los moáis, ya que más de 100.000 visitantes anuales sostienen la economía local. Por ello, el equilibrio entre el acceso público, la conservación y la identidad cultural es un desafío permanente.
Perspectivas futuras y transmisión cultural
Mirando al futuro, el grupo Ma’u Henua busca establecer un protocolo de conservación sostenido y, además, desarrollar un nuevo museo que proporcione un espacio seguro para algunas estatuas, combinando protección y difusión cultural.
La transmisión de técnicas tradicionales de tallado, así como la creación de nuevas esculturas que ya se exhiben en destinos internacionales, forman parte de la estrategia para mantener viva la cultura rapanui. La prioridad es asegurar tanto la preservación de las estatuas actuales como la continuidad creativa de la tradición.

“Estamos protegiendo los moái para asegurar la preservación de nuestra gente en esta isla y preservar la tradición de nuestros antepasados creando algo nuevo”, explicó Tepano Martin.
La experiencia de Rapa Nui representa un ejemplo de resiliencia: la comunidad local lidera la defensa de su patrimonio frente a desafíos globales, usando cada avance como referencia para futuras acciones. Así, buscan asegurar que su historia e identidad permanezcan vivas, más allá de la erosión y el paso del tiempo.
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