
En septiembre de 2024, lluvias inusuales transformaron paisajes áridos del Sahara en extensiones de agua inesperadas. En Marruecos, se registraron precipitaciones sin precedentes: en Errachidia, la acumulación de lluvia en dos días representó casi la mitad del promedio anual, mientras que en Tagounite, en solo 24 horas, cayeron cerca de 10 centímetros de agua.
Estos valores, excepcionales en una de las regiones más secas del planeta, generaron preocupación en la comunidad científica y reavivaron el debate sobre el impacto del cambio climático y la variabilidad climática en las zonas áridas, según Science Focus.
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Impacto y consecuencias
Las intensas lluvias permitieron la reaparición temporal de cuerpos de agua que habían permanecido secos durante décadas. El lago Iriqui, ubicado en la cordillera del Anti-Atlas, volvió a llenarse tras años de sequía, ofreciendo un panorama que evocaba el ecosistema de la región antes de la desertificación.
No obstante, el fenómeno también dejó una estela de destrucción. Inundaciones repentinas sorprendieron a comunidades en Marruecos, cobrando la vida de al menos 18 personas, incluidas 10 en las aldeas de Igmir y Aoukerda.
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Sin sistemas de alerta temprana ni infraestructura adecuada para enfrentar estas lluvias, los habitantes fueron tomados desprevenidos y no lograron evacuar a tiempo, informó Science Focus.

Factores que explican las inundaciones en los desiertos
Este medio explica que, el calentamiento de los océanos elevó la tasa de evaporación, aumentando la humedad en la atmósfera y favoreciendo la formación de tormentas más intensas.
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En el Mediterráneo, este fenómeno dio origen a los llamados “medicanes”, ciclones tropicales que ahora impactan con mayor frecuencia el norte de África y la península arábiga.
A esto se suman patrones de variabilidad climática como la Oscilación Multidecadal del Atlántico (AMO) y el Modo Zonal del Atlántico (AZM), que influyen en los niveles de humedad y en la frecuencia de precipitaciones extremas.
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La AMO alterna entre fases cálidas y frías cada 60 a 80 años, aumentando la probabilidad de lluvias en su fase cálida. El AZM, por su parte, actúa de manera similar a El Niño en el Pacífico, alterando la circulación atmosférica y los patrones de precipitación, según explicó Science Focus.

Vulnerabilidad y fallas en la infraestructura
Las características del suelo en los desiertos dificultan la absorción del agua. En condiciones normales, una lluvia moderada puede filtrarse, pero precipitaciones intensas compactan la superficie, impidiendo la infiltración y generando una rápida escorrentía.
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En ausencia de vegetación que ayude a retener el agua, esta fluye sin control, según la hidróloga Hannah Louise Cloke, profesora en la Universidad de Reading.
En muchas zonas áridas, la infraestructura tampoco está diseñada para soportar fenómenos de esta magnitud. Un caso emblemático ocurrió en Derna, Libia, en septiembre de 2023, cuando la tormenta Daniel provocó el colapso de dos represas, liberando 30 millones de metros cúbicos de agua y causando más de 11.000 muertes.
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Moshe Armon, profesor en el Instituto de Ciencias de la Tierra de la Universidad Hebrea de Jerusalén, afirmó que “la existencia de estas presas permitió que la gente viviera en zonas peligrosas, y cuando colapsaron, el impacto de la inundación fue hasta 20 veces mayor”, según Science Focus.

Riesgo creciente y estrategias de mitigación
Estudios citados por Science Focus advierten que la región de Medio Oriente y el norte de África se está calentando casi el doble de rápido que el promedio mundial, con proyecciones que indican un aumento de hasta 5°C para finales de siglo.
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Essam Heggy, científico del Laboratorio de Sistemas de Microondas e Imágenes de la Universidad del Sur de California, alertó sobre la inevitabilidad de nuevos eventos extremos: “No es cuestión de si ocurrirán más inundaciones en los desiertos, sino de cuándo”.
Ante este panorama, especialistas destacan la necesidad de tomar medidas de adaptación. Entre las propuestas se encuentran la construcción de sistemas de drenaje y canales de desvío para evitar acumulaciones de agua en zonas habitadas.
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Además, se destaca la restauración de la vegetación en cuencas fluviales para mejorar la absorción del agua y reducir la erosión, y la implementación de sistemas de alerta temprana. La falta de preparación fue un factor determinante en tragedias recientes.

Un desafío urgente
La comunidad científica advierte que los desiertos ya no son inmunes a las inundaciones y que la intensificación de estos eventos obliga a repensar la planificación urbana y la infraestructura en estas regiones. Hannah Louise Cloke considera que “las recientes inundaciones son recordatorios de que casi ningún lugar es inmune al riesgo de inundaciones”, según Science Focus.
El medio concluye afirmando que para reducir el impacto en las comunidades vulnerables, será clave invertir en infraestructura resiliente, fortalecer los sistemas de respuesta ante emergencias y promover la investigación climática en la región. Sin estos esfuerzos, el riesgo seguirá en aumento.
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