
La palabra orgánico se asocia a ventajas en los alimentos disponibles en el mercado mundial. Hace pensar en algo más natural, más sano, más nutritivo. Encarna el distanciamiento de las prácticas crueles en la cría de animales y el rechazo a las consecuencias —muchas aún por conocer— de la modificación genética de vegetales en el organismo humano y el medioambiente. Un producto orgánico es más costoso pero también resulta mejor para la salud y el bienestar.
La gran mayoría de la gente cree eso.
Henry I. Miller, miembro del Instituto Hoover —fundado como think tank conservador por el político republicano Herbert Hoover en 1919, antes de ser presidente de los Estados Unidos, como —, no.
Todo lo contrario.

El médico y biólogo molecular ha expresado argumentos tan controversiales contra el sistema de creencias —como lo ha presentado— creado alrededor de este concepto que rozan lo irritante:
- La agricultura orgánica es un artilugio de marketing sin base científica y con fuertes subsidios, que engaña y estafa a los consumidores, tanto por la naturaleza de las regulaciones como por la práctica de trampas
- Pagar el impuesto orgánico —el recargo en el precio asociado con los productos orgánicos— no nos hace más saludables. El retiro del mercado de alimentos orgánicos llegó al 7% de todos los alimentos sacados de circulación en 2015, aunque las granjas orgánicas sólo representan el 1% de la superficie cultivada
- Los granjeros no son estúpidos: si la agricultura orgánica fuera más fácil o más confiable o mejorase su negocio, la adoptarían en masa. No lo hacen
- Un meta-análisis de datos realizado en 2012 a partir de 240 estudios concluyó que las frutas y las verduras orgánicas, en promedio, no eran más nutritivas que sus pares convencionales más económicas; tampoco tenían menos probabilidades de estar contaminadas por bacterias patógenas como la E. coli o la salmonela
- Pocos saben que Greenpeace no se dedica sólo a salvar a las ballenas y a oponerse a la explotación forestal y la exploración gasífera. Durante más de una década su máquina de relaciones públicas ha encabezado un esfuerzo por negarle a millones de niños de las naciones más pobres los nutrientes ensenciales que necesitan para prevenir la ceguera y la muerte, sobre la oposición de los ecologistas al arroz dorado
- Al igual que los luditas de ayer, el lobby orgánico se ubica en el lado equivocado de la historia
A veces sus dichos provocadores adoptan las concepciones en apariencias opuestas:
- La agricultura orgánica es una afrenta al medioambiente: dadas sus cosechas bajas, desperdicia de manera colosal la tierra arable y el agua.
Y le encanta fustigar a sus detractores:
- El karma puede ser tan cruel. Pensemos cuántas veces los activistas anti-organismos transgénicos (OMG) han protestado contra los peligros imaginarios de los alimentos genéticamente modificados. Ahora se descubrió que un snack favorito de esos manifestantes, la sagrada barrita de granola, causa un verdadero riesgo a la salud
- , dijo cuando la marca Cliff Bars debió retirar una partida porque en los granos con que elaboraban las barras se detectó listeria.

Desde luego, a esta figura del área de Filosofía Cientifica y Políticas Públicas del Instituto Hoover, ubicado en la Universidad de Stanford, le llueven las críticas, de ser un defensor de las grandes compañías de ingeniería genética de cultivos a manipular estudios aislados para construir una impresión inexacta de la producción alimentaria convencional en el presente.
Hasta se puso en contra del popularísimo Dr. Mehmet Oz cuando dedicó uno de sus programas contra el glisfosato. Miller se defendió con un ataque: la pieza clave en el control de pestes de las semillas OMG de Monsanto era tolerable, dijo, a diferencia del escaso nivel académico del médico televisivo, a quien trató —sin suerte— de sacar de la Universidad de Columbia.
Controversia 1: Orgánico = marketing
Una cita que nunca ha cansado a Miller —también director fundador de la Oficina de Biotecnología de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) e investigador de Genética en el Instituto Nacional de Salud (NIH)— pertenece a Dan Glickman, ex secretario de Agricultura de los Estados Unidos durante el gobierno de Bill Clinton, cuando se reguló la certificación de los orgánicos: "Déjenme ser claro sobre algo. La etiqueta de orgánico es una herramienta de marketing. No es una afirmación sobre seguridad de un alimento. Y orgánico tampoco implica un juicio de valor sobre nutrición o calidad".
A partir de allí este biólogo formado en el Instituto Tecnológico de Massachussetts (MIT) y la Universidad de Harvard ha avanzado: "¿Los alimentos orgánicos son más saludables? Nunca han mostrado beneficios para la salud (ni, de paso, pera el medioambiente)", escribió en una de sus frecuentes columnas en medios de importancia en los Estados Unidos, como Forbes, el Wall Street Journal, The New York Times y Los Angeles Times.
Citó a continuación un meta-análisis de Stanford, basado en 237 estudios, que concluyó que las frutas y los vegetales orgánicos en promedio no eran más nutritivos que sus contrapartes convencionales y más económicas. Y recurrió a otro estudio, de la Universidad de Ilinois, para argüir que tampoco sufrían menos contaminación, al contrario: "Los alimentos orgánicos se retiran del mercado entre 4 y 8 veces más".
¿De qué se habla cuando se alude a esa etiqueta? No a "la cualidad, la composición o la seguridad de los alimentos", argumentó, sino a "un conjunto de prácticas y procedimientos aceptables que un agricultor piensa utilizar".
La certificación orgánica se basa en el proceso de cultivo: "Es decir que los agentes certificadores dan fe de la capacidad de las operaciones para seguir un conjunto de normas de producción y de prácticas que cumplen con la Ley de Producción de Alimentos Orgánicos de 1990 y las normas", escribió. "Si todos los aspectos de la producción orgánica y el proceso de tratamiento se siguieron correctamente, la presencia de residuos detectables de un organismo transgénico en sí no constituye una violación a la regla".
Controversia 2: Orgánico ≠ libre de pesticidas
Según este biólogo que controló los primeros fármacos de ingeniería genética y contribuyó a la aprobación rápida de algunos vinculados al sistema hormonal y el metabólico, las personas compran alimentos orgánicos para escapar de la exposición a las sustancias tóxicas que se usan en los cultivos convencionales. Pero eso es una ilusión: son víctimas de la propaganda del culto pro-regreso a la Naturaleza, ya que —sostuvo— los pesticidas orgánicos no son inocuos.
Citó un artículo de la bióloga Christie Wilcox publicado en Scientific American: "Presentan los mismos riesgos de salud que los no orgánicos. No importa lo que digan: los pesticidas orgánicos no desaparecen sin más".
Además, en aras de la ganancia los miembros de esa secta rechazan el fundamentalismo: "Las normas sobre orgánicos definen de manera arbitraria cuáles pesticidas son aceptables, pero permite desviaciones basadas sobre la necesidad", escribió Miller. "En Estados Unidos existe una extensa lista de excepciones específicas para las prohibiciones. Pero la mayoría de los pesticidas naturales —como el excremento animal cargado de patógenos, para su uso como fertilizante— están permitidos".
Agregó: "La vasta mayoría de las sustancias pesticidas encontradas en los productos ocurren naturalmente en las dietas de la gente, a través de alimentos orgánicos y convencionales. El bioquímico Bruce Ames y sus colegas determinaron que 'el 99,9% (por peso) de los pesticidas en la dieta estadounidense son sustancias químicas que las plantas producen para defenderse'". Y concluyó: "Los consumidores que compran alimentos orgánicos costosos para evitar la exposición a los pesticidas concentran su atención en el 0,01% de los pesticidas que consumen".
Controversia 3: Orgánico ≠ sustentable
De acuerdo con el razonamiento del autor de The Frankenfood Myth: How Protest and Politics Threaten the Biotech Revolution (El mito de los alimentos Frankenstein: Cómo las protestas y la política amenazan la revolución biotecnológica), preferir los productos orgánicos porque su cultivo no daña el medioamiente es una candidez. "Las cosechas escasas de la agricultura orgánica en ambientes del mundo real —normalmente entre el 20% y el 25% por debajo de la agricultura convencional— imponen varias exigencias a la tierra de labranza y aumentan el consumo de agua sustancialmente".
No habría superficie suficiente en los Estados Unidos para transformar el sistema de producción de cultivos completamente en orgánico, por ejemplo. Y ya el agua, que falta en sectores agrícolas claves como California, está en problemas: la demanda del método orgánico sería imposible de cubrir.
Miller citó un trabajo académico británico para señalar que las emisiones de amoníaco, la disolución de nitrógeno, las emisiones de óxido nitroso y la acidificación —entre otros problemas— son peores en los sistemas orgánicos. También aludió a un trabajo de Alex Avery, del Centro para Cuestiones Alimentarias Globales de otro think-tank conservador, el Instituto Hudson, para señalar que los cultivos convencionales superan a los orgánicos en volumen de la cosecha (30%), eficiencia del nitrógeno (60%) y mano de obra (35%).

El tema del rendimiento es central para el militante antiorgánico. Un censo del Departamento de Agricultura sobre las 14.450 granjas orgánicas que existían en los Estados Unidos en 2008 halló que tenían grandes diferencias con las granjas convencionales: "El maíz orgánico rendía el 70% del convencional. El arroz orgánico, el 59% del convencional. El trigo tremés orgánico, 47%. El repollo orgánico, 43%", citó. Apeló al patólogo de vegetales Steve Savage —cuyo punto de vista comparte— para el análisis de una encuesta que las mismas autoridades agrícolas estadounidenses realizaron en 2014, que en 60 cultivos halló 59 con cosechas menores entre los orgánicos, entre ellos: "Frutillas, 61% menos que los convencionales; tomates, 61%; mandarinas, 58%; zanahorias, 49%; algodón, 45%, arroz, 39%; maní, 37%".
Para el polemista, esa es la razón —y no la presión de las corporaciones como Monsanto— por la cual "18 millones de agricultores eligieron cultivos de OMG en 27 países en 2013", y por lo cual hay un alto "índice de repetición" en la compra de la semilla. Entre los comentarios a su nota "Organic Farming Is Not Sustainable" ("Los cultivos orgánicos no son sustentables"), alguien se rió del tema: "La razón por la cual estos agricultores tienen que regresar continuamente a comprar es porque las semillas están alteradas genéticamentes para no germinar y crear nuevas plantas".
Miller insistió en que el método orgánico es mucho menos sustentable: "En las últimas décadas hemos visto avances en la agricultura que han resultado más amigables para el medioambiente y más sustentables que nunca antes. Han salido de la investigación científica y de la habilidad tecnológica de los granjeros, los criadores de plantes y las empresas de agronegocios, no de las élites sociales opuestas a los insecticidas y los herbicidas modernos, a la ingeniería genética y a la industria agrícola".

Controversia 4: Orgánico = estafa
El mercado global de orgánicos hoy supera los 60.000 millones de dólares anuales, según su detractor número uno. Señaló que un estudio de Academics Review que cubrió la difusión y la publicidad de estos alimentos entre 1988 y 2014 halló que "los consumidores han gastado cientos de miles de millones de dólares en la compra de productos orgánicos con precios recargados sobre la base de percepciones falsas o engañosas sobre seguridad, nutrición y atributos saludables comparados".
La causa no es noble, según el artículo: eso sucedió gracias a "un patrón extendido en la industria de productos orgánicos y naturales para el marketing basado en investigación pero intencionalmente falaz y una defensa subvencionada".
Para peor, estas acciones —acusó Miller— son parte del modo habitual en que algunas industrias engañan sistemáticamente a los consumidores con el apoyo, en este caso, de los fondos del Programa Nacional de Normas Orgánicas (NOSP) del Departamento de Agricultura. "Así, los contribuyentes estadounidenses financian la propaganda sobre los productos orgánicos que confunde a los consumidores con reivindicaciones fraudulentas de salud, seguridad y calidad, y los engaña para que apoyen métodos de producción que son una afrenta al medioambiente".

El punto central es que el Departamento de Agricultura no exige que los productos orgánicos carezcan por completo de OMG. Citó un texto de ese ministerio: "El cultivo orgánico se basa en procesos, no en productos, lo cual significa que lo que cuenta para la certificación orgánica es el plan de sistema de producción órgánico aprobado y la intención del granjero de cumplir con el plan tal como se refleja en los registros obligatorios".
Como consecuencia, en 2012 se registró que el 43% de las 571 muestras de productos orgánicos que controló el gobierno contenían residuos de pesticidas prohibidos. "Los hallazgos sugieren que algunas de las muestras que violaron las normas fueron productos convencionales mal etiquetados, mientras que otras fueron productos orgánicos que no habían sido protegidos adecuadamente de pesticidas prohibidos". Miller agregó que el Departamento de Agricultura había señalado que "40% de los 81 certificadores había realizado inspecciones incompletas, 16% había omitido mencionar el uso posible de pesticidas y antibióticos prohibidos y 5% no había podido prevenir la mezcla potencial de productos orgánicos y no orgánicos".
Controversia final: Miller = intereses corporativos del agronegocio
El ariete antiorgánico nunca ha ocultado su admiración por la ingeniería genética:
- En promedio, la adopción de esta tecnología ha reducido el uso de pesticidas químicos en un 37%, ha incrementado las cosechas en un 22% y ha aumentado las ganancias de los agricultores en un 68%, citó un estudio de la Universidad de Göttingen.
- En la medida en que las variedades transgénicas prevalecen más y más, el déficit de los cultivos orgánicos aumentará. La ingeniería genética aporta cualidades buenas para el consumidor e importantes desde la perspectiva de la agronomía.
- Aun luego de dos décadas de éxitos científicos, humanitarios y financieros asombrosos, y un registro de seguridad admirable, la aplicación de la ingeniería genética a la agricultura todavía sufre el asedio de los activistas y el exceso de normativas de los burócratas.
- No se ha demostrado que los OMG sean menos seguros o, dado el linaje de los alimentos de nuestra dieta, menos naturales de forma alguna que miles de otros alimentos comunes.
- Excepto las frutas silvestres del bosque, el ganado salvaje, los hongos silvestres y el pescado y los mariscos salvajes, virtualmente todos los ingredientes de la dieta estadounidense y europea ha sido mejorado genéticamente de alguna manera.
- La modificación genética mediante la selección y la hibridización nos ha acompañado durante milenios, y las técnicas que se emplearon, hasta el día de hoy, son parte de un continuo.
Sus infamadores creen que va más allá.
Recuerdan que participó de manera muy intensa en la campaña millonaria que las compañías de agronegocios desarrollaron contra la identificación de OMG en las etiquetas de los alimentos en California. Para ellos, Miller contradijo su defensa de los OMG: si son tan inofensivos, ¿por qué evitar que se lo señale como información para el consumidor?

Entre las voces que se alzaron contra Miller entonces se destacó la de John Robbins, de la Red por la Revolución Alimentaria (FRN), autor de Diet For a New America y Premio Humanitario Albert Schweitzer. En el artítulo "Monsanto's Lies and the GMO Labeling Battle" ("Las mentiras de Monsanto y la batalla por el etiquetado de los OMG"), argumentó: "Me resulta difícil evitar la impresión de que Henry Miller es la artillería corporativa de primera línea. Fue miembro fundador del grupo sostenido por Philip Morris, una tapadera que trató de desacreditar los vínculos entre los derivados del tabaco y el cáncer. Luego del accidente nuclear de Fukushima arguyó que la exposición a la radiación por el desastre en realidad podía causar beneficios a la salud. Sostiene que las compañías farmacéuticas, y no la FDA, debería ser responsable de las pruebas de drogas nuevas. Y es un miembro del directorio del Instituto George C. Marshall, fundado por las compañías de petróleo y gas, notorio por su negación del cambio climático".
Miller ha defendido el uso de DDT, prohibido en los Estados Unidos desde 1972, y los cigarrillos electrónicos, cuando en 2009 se discutió sobre el peligro de los químicos en sus atomizadores. En la polémica se mueve como pez en el agua, y uno de sus centros es el reclamo de eliminación de normativas de precaución en la industria alimenticia y en la biotecnología en general.
Sus intervenciones —artículos populares como "The Dirty Truth About Organic" ("La verdad sucia de los orgánicos"), "The Colossal Hoax Of Organic Agriculture" ("El fraude colosal de la agricultura orgánica") y "Organic Farms, Wasting Water and Land for Far Lower Yields" ("Granjas orgánicas: un desperdicio de agua y de tierra para cosechas mucho más pequeñas")— generan también reacciones de curiosidad. El debate sobre ingeniería genética es un campo todavía abierto, el hambre en el mundo es un problema todavía irresuelto y las asociaciones natural-bueno y artificial-malo hace tiempo que muestran fronteras borrosas. Los medios y las redes sociales multiplican estos debates, muchas veces pseudocientíficos. Miller cree que está contra los mitos; sus críticos lo consideran generador de otros.
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