
Por Mariana Dahbar
Nació en México, pero para Aquiles Cervantes eso no significa nada. No cree que una bandera sea mejor que otra. Es psicólogo, actor y director de cine. Tuvo la fortuna de trabajar con Aracely Arámbula en La Doña, y su personaje de Matamoros –un matón frío pero comprensivo– logró tener una gran evolución y, sin duda, ser la frutilla de la historia.
A los 14 años se fue de su casa y transitó por problemas como el abuso de drogas, ataques de ansiedad y una continua búsqueda para reconocerse y aceptarse.
Hoy, asegura, se encuentra en plena construcción. La autoexigencia es su estado permanente, adicto a no vivir en comodidad. Cervantes está siempre a disposición de la gente, porque entiende que es su vocación: "Es parte de la razón por la cual participo en este mundo".
—¿Quién es Aquiles Cervantes?
—Soy muchas cosas. Por el momento me dedico a ser psicólogo, soy actor, me gusta el arte, escribo, dirijo cine.
—¿Actualmente qué estás haciendo en tu rol de actor?
—Estamos grabando la segunda temporada de La doña.
—¿Cómo hace el actor para convivir con el psicólogo?
—Yo no diría que estoy trabajando, tengo una visión de mi vida un poco chistosa. Para mí, yo ya me jubilé hace varios años, pero como tengo tanto tiempo libre en mi jubilación, lo invierto en mis hobbies. Da la casualidad que mis hobbies también me permiten ganar dinero.
—Actualmente, ¿tu hobby de la actuación es compatible con tu hobby de psicólogo?
—Sí, tengo una consulta privada hace ya muchos años.
—¿Hace cuántos años eres psicólogo?
—Hace veintitantos.

—¿Y por qué elegiste la psicoterapia?
—Un poco por mi historia personal. Tuve momentos de abuso de sustancias, de drogas, y en su momento tuve que entrar en el proceso de recuperación y pues estaba ahí. Lo primero que me dieron ganas de hacer fue entender qué estaba pasando y estudié psicología.
—¿Tu hobby principal cuál es? ¿la psicoterapia o la actuación?
—La psicoterapia fue trabajo y fue también un proceso personal. Me fui de mi casa a los 14 años. Un día llegué de la escuela y le dije a mi mamá: "Yo ya no quiero estudiar, ya me cansé de la escuela", y me dijo: "Ah, sí, todo bien, pero si no vas a estudiar, yo no te voy a mantener". En ese entonces mi situación de vida era muy privilegiada, prácticamente casi alguien me vestía y casi alguien me limpiaba.
—Finalmente, ¿te fuiste de tu casa?
—Sí, mi mamá me mandó a vivir a la casa de mi tío a Cozumel. Creo que ella juró que no iba a aguantar ni dos días sin que alguien me estuviera haciendo de comer, me estuviera atendiendo… y la verdad es que no regresé. Hasta que un día dije: "Pues, se acabó, se acabó la fiesta, necesito otra historia", y fue que me metí a estudiar psicoterapia.
—¿Y cuándo llego la actuación?
—Te podría decir que llega accidentalmente (a mi vida) porque en realidad lo que sucedió fue que un día me desperté y dije: "Lo único que sé hacer en la vida es dar psicoterapia", y no me gustó la sensación. Me sentí aprisionado. Dije: "Amo la psicoterapia, me apasiona, pero no puede ser mi prisión, no puede ser que no pueda expandirme de otra forma en mi vida, quiero probar muchas otras cosas más". En ese momento me aventé a la reflexión, y las cosas se empezaron a mover, y casualmente había una chavita que a mí me gustaba, que estudiaba actuación, y dije: "Pues, bueno, me voy a inscribir a ese taller".
—¿Era pánico escénico?
—Sí, que me estén viendo. "Entonces me voy a quedar aquí, porque tengo que resolver este miedo. Pase lo que tenga que pasar, tienes que enfrentarte a esta vulnerabilidad".

—¿A que le tenías más miedo?
—A la vergüenza. Al ridículo. Al ser observado.
—¿Fue fácil sacarte la vergüenza y el ridículo?
—Esa fue la parte quizá más fácil. Lo que continuó durante mucho tiempo fue el juicio, el juicio personal, la autoexigencia. El estar continuamente ahí observándome y exigiéndome. Me costó mucho trabajo aprender a relajarme frente a la cámara.
—¿En qué proyecto o en qué trabajo sentiste que te recibías de actor?
—En varios… pero, en realidad, a mí la actuación me encanta, pero si tengo que ser honesto contigo, mi proyecto de vida, a mediano y largo plazo, está más encaminado hacia la dirección.
—¿Cómo ves al cine mexicano?
—No es el cine que a mí me guste ver. Hay algunas cosas preciosas y rescatables de un par de directores que están haciendo cosas grandes… Cuarón, Del Toro.
—¿Qué es lo que no te gusta del cine, específicamente?
—¿Qué admiras?
—A las personas que se aventuran. A esas personas las respeto y las admiro infinitamente. Soy de la idea de que la vida le pertenece a los osados, de los que se avientan y que se arriesgan, de los que se atreven a salirse de la caja.
—¿Cuál fue tu mayor osadía?
—Haberme salido de mi casa a los 14 años. Estaba en un lugar donde nunca había estado, en una situación de vida que no conocía, donde no tenía ni para comer, donde no tenía ni para vestirme, donde a veces de lo único que me alimentaba era de un par de galletas, y me volteé a ver. Me miré las manos y dije: "Esto es lo único que tengo. ¿Cómo voy a hacer si esto es lo único que tengo en la vida para lograr hacer algo interesante?". Y me fui de mi casa con esta pregunta.
Otra osadía para el actor llegó cuando ya instalado y con una vida cómoda decidió irse a Europa, después de leer El Alquimista de Paulo Coelho.

—¿Y qué pasó en Europa?
—Me vi cara a cara con veinte mil demonios. Tuve muchos momentos de crisis, momentos difíciles… Lo primero que pensé fue "me quiero regresar ya". Y hubo una voz ahí que me dijo: "Escucha, ¿te quieres regresar? Sí. Está bien, te puedes regresar, pero te tienes que regresar caminando hacia adelante" … Regresé de mi viaje once meses después, casi en camilla, porque después me dieron unos ataques de ansiedad que no había conocido en mi vida.
—¿Ahora en qué etapa de tu vida estás?
—En plena construcción.
Su trabajo en La Doña
—¿Cómo llegó el personaje de Matamoros a tu vida?
—Este personaje me llegó a través de mi actual representante. Llevo siete años trabajando con Ileana Pereyra, ella fue directora de casting de la productora Argos. La historia es que yo fui un jueves a dejar fotos a Argos, y ella me recibe las fotos el jueves y me habla el viernes, y me dice: "Oye, yo ya no voy a estar más en Argos, voy a ser mánager, y tengo un proyecto para ti, ¿te interesa?". Y desde allí cambió todo
—¿Cómo fue tu primera reacción cuando te ofrecieron el papel de guardaespaldas?
—Le dije a mi mánager qué buscáramos otra cosa.

—¿Sentías que hacer de guardaespaldas era hacer un papel menor? ¿Entró a jugar el prejuicio en esta ocasión?
—Sí, definitivamente. Es como menospreciar la posibilidad, incluso, de hacer lo que más me gusta. El caso es que empezó el personaje y todo fluyó. Empezó La doña, fue un éxito, y mi personaje evolucionó hasta el punto que se convirtió en algo inesperado para muchos, en especial para mí.
—¿Qué aprendiste de Matamoros?
—Matamoros no pide nada, Matamoros es un personaje leal y fiel. Tiene sus razones, no juzga, no tiene una opinión personal, o sea, es un personaje muy respetuoso, muy considerado. A pesar de que puede ser un matón frío, es un personaje comprensivo, empático con su jefa. Su motivación no es la maldad, su motivación es el amor. Y no es un amor carnal ni sexual. Terminé de comprenderlo ahora que estamos en la segunda parte.
—¿Y qué vas entendiendo?
—Que el amor de Matamoros por la doña va alternando entre un amor de hijo a madre y de padre a hija. Porque, por un lado, es como la mamá y, por otro lado, es como la hija.
—¿Qué hay de Matamoros en Aquiles?
—Tiene mucho que ver conmigo, porque soy una persona que se interesa mucho por los demás. Siempre estoy a disposición de la gente que me necesita, como en cuestión de "oye, necesito platicar con alguien o necesito que me ayudes con algo", porque entiendo que es parte de mi vocación, es parte de la razón por la cual participo en este mundo.
—¿Cuánto falta para que te agarre otro aventón y vuelvas a viajar?
—Falta, falta… Además, sucede que también algo me pasa a mí con los sueños a los que les apuesto.
—¿Qué haces cuando no estás haciendo tus hobbies?
—Me gusta mucho leer, hacer ejercicio, meditar, y me encanta estar en el gimnasio.

—¿Le das mucha importancia a la imagen?
—La necesaria. Entreno de de lunes a domingo, cuando no estoy en producción. Una hora de cardio, una hora de pesas, media hora de vapor y media hora para correr. Básicamente estoy tres horas al día en el gimnasio.
—¿Cómo te cuidas con las comidas?
—Como limpio, como sano. No como lácteos, harinas, azúcar. En este momento estoy haciendo una cosa que se llama ayuno intermitente, en ocho horas tienes que comer nada más y el resto de las dieciséis horas, lo único que puedes ingerir es té, café o agua.
—Familia, hijos… ¿pensaste alguna vez?
—Sí, alguna vez pensé. Hace como más de diez años publiqué un libro que se llama Fragmentos de una realidad, y es un libro que le escribo a mi hijo nonato, un hijo platónico. Se lo escribo a él, dedicado e inspirado en él.
—¿Tienes la necesidad de ser padre?
—Tengo ganas de hacer el experimento, pero no tengo urgencia de ser papá. Me da más miedo que otra cosa. Hay muchas cosas que no sabría cómo manejar. Lo importante sería encontrar una mujer con quien hacer un equipo brutal, porque yo tengo muchas ideas en la cabeza, te puedo decir que si tuviera un hijo no lo voy a mandar a la escuela, para empezar.
—¿Por qué no a la escuela?
—Porque no quiero que piense igual que todos. No quiero que le den un formato de sistema. Quizás lo único que me interesaría que aprendiera sería a escribir, a leer y a contar. Me encantaría meterlo a que estudiara todas las artes del mundo que quisiera.
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