Los atentados del 11 de septiembre y América Latina

Por Dr. R. Evan Ellis

El 11 de septiembre de 2001, el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, tenía una semana de haber mantenido una histórica reunión con su homólogo mexicano, Vicente Fox. La interacción se basó en la “amistad especial” entre las dos naciones y los intereses comerciales, de seguridad y estratégicos que empalman a México con los EEUU. Esta relación se profundizó desde que ambas naciones, junto con Canadá, firmaron el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Para los que destacamos la importancia del vínculo de Estados Unidos con los pueblos de su hemisferio, teníamos la esperanza de que el nuevo orden posterior a la Guerra Fría permitiera que México, América Latina y el Caribe, recibieran la atención y la colaboración adecuadas de su vecino del norte.

El 11 de septiembre, yo era un analista relativamente joven que trabajaba en Washington D.C. Tenía poco de haber terminado mi doctorado y trabajaba para un contratista, al mismo tiempo que me dedicaba a temas de seguridad en América Latina. Mi visión del mundo estuvo moldeada de cierta forma por haber crecido durante la época de la Guerra Fría, en la que la competencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética era aparentemente inmutable. Mientras completaba mis programas de licenciatura y posgrado en ciencias políticas, el mundo entero se transformó con el colapso de la Unión Soviética.

Muchos observadores han escrito sobre cómo los atentados del 11 de septiembre cambiaron igualmente el mundo y el pensamiento estratégico de Estados Unidos. Todos tenemos recuerdos personales de nuestras vidas antes y después del 11-S, y de cómo experimentamos ese fatídico día. Para mí, el 11-S tuvo un profundo impacto en los dos mundos en los que me movía profesionalmente: América Latina, por un lado, y el Departamento de Defensa de EEUU, por otro.

Estas experiencias me llevaron a las siguientes reflexiones sobre el 11 de septiembre: en primer lugar, en Estados Unidos solemos sobrestimar nuestra capacidad de anticipar el futuro debido a nuestra dificultad para imaginar una salida del mundo que conocemos. En los años 80, era difícil concebir un mundo que no estuviera definido por la competencia sistémica entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Luego, tras el colapso de la Unión Soviética, celebramos rápidamente la percepción del triunfo legítimo y duradero de la democracia de estilo occidental y de libre mercado.

Del mismo modo, el reconocimiento repentino y generalizado de la amenaza terrorista mundial tras el 11-S, así como la rapidez con la que pasamos a una guerra global, me hizo darme cuenta de la dificultad que tenía de imaginar cómo el entorno estratégico contemporáneo que conocíamos podía cambiar drásticamente. Después de esos cambios tan abruptos —como también ocurrió con el ataque a Pearl Harbor a principios de la Segunda Guerra Mundial, el colapso de la Unión Soviética y la pandemia de COVID-19— , nos dimos cuenta retrospectivamente de ciertos indicios que existían en ese momento y que lamentablemente no tuvimos la capacidad de reconocer. Luego, nos envolvimos en nuestra nueva realidad, aparentemente inmutable, hasta que ésta nos tomó por sorpresa de nuevo.

Llegados a este punto, y desde la visión de alguien que ha centrado gran parte de su carrera en América Latina y el Caribe, reconozco la antigua percepción de que la región está poblada por estados relativamente democráticos que no entran en guerra entre sí ni suponen una amenaza estratégica importante para Estados Unidos. Sin embargo, ahora observo con preocupación cómo la pandemia de COVID-19 sigue extendiéndose en la región, causando estragos en las vidas y las posiciones fiscales de los gobiernos, las estructuras de las economías y la estabilidad política de los estados. Este daño también contribuye al avance de gobiernos populistas de izquierda en toda la región, desde la represión de Maduro en Venezuela y Ortega en Nicaragua hasta la radicalización de los gobiernos de izquierda en Argentina, Bolivia y México. También son preocupantes los acontecimientos que se avecinan: la elección de Pedro Castillo en Perú, las incertidumbres sobre la asamblea constituyente en Chile y las próximas elecciones presidenciales en Chile y Honduras en noviembre. No sé qué acontecimiento de crisis nos alertará sobre la realidad de que América Latina ya no es el territorio estratégicamente intrascendente que hemos percibido durante todo este tiempo. Pero me temo que, al igual que con el 11 de septiembre, esa crisis se avecina, y al principio nos sorprenderá, pero sólo para descubrir después que no vimos a tiempo las señales de advertencia.

En segundo lugar, más allá de nuestra dificultad para anticipar los cambios en el mundo tal y como lo conocemos, la respuesta de EEUU al 11 de septiembre también puso de manifiesto nuestra creencia culturalmente arraigada en la capacidad de resolver cualquier problema mediante la aplicación de ciencia, planificación y recursos. El autoconcepto que tenemos de EEUU como una nación construida a base de éxito — complementado con la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y la llegada del hombre a la Luna— influyó mucho en nuestra respuesta al 11-S. Nuestra cultura y sus éxitos pasados nos permitieron suponer, en nuestra indignación por los ataques del 11-S, que podíamos protegernos completamente de una amenaza terrorista amorfa y en constante evolución. Del mismo modo, nos llevó a creer que podíamos reestructurar Irak y Afganistán a nuestra imagen como países amistosos, estables y democráticos si sólo aplicábamos suficiente tecnología y financiábamos y ejecutábamos programas en la escala correcta. La actual retirada de Afganistán, después de 20 años, más de 3.500 muertes y 2 billones de dólares en gastos, sugiere que esa suposición enormemente costosa pudo haber sido demasiado optimista.

Estados Unidos debería recordar las lecciones que dejaron las guerras en Afganistán e Irak, si la crisis en América Latina continúa atrayendo al gobierno a centrar más atención y recursos en la región. Antes de las elecciones generales de noviembre de 2020, el entonces candidato Joe Biden prometió loablemente 4 mil millones de dólares como ayuda para las naciones del “Triángulo Norte” de Centroamérica (El Salvador, Honduras y Guatemala). Los desafíos en la región, sobrealimentados por el COVID-19, hacen ver estos niveles de ayuda como minúsculos. Estados Unidos no debe asumir que puede abordar las causas subyacentes de los problemas profundamente arraigados en América Latina simplemente con la ayuda tradicional a los sectores de seguridad o ampliando los programas de la Agencia de Desarrollo u otros programas del Departamento de Estado. Las soluciones reales requerirán reevaluar los fundamentos de nuestro apoyo a la región. Antes de gastar dinero y diseñar programas, Estados Unidos debe examinar detenidamente los límites de lo que puede lograrse de forma realista.

Por último, la tragedia del 11-S puso de manifiesto tanto el impulso burocrático como la fragilidad de doctrinas, capacidades y organizaciones. En los años anteriores al 11-S, mi trabajo me permitió observar los inconvenientes relativos a los futuros conceptos operativos militares y la estructura de las fuerzas. El enfoque de muchos programas de aquel entonces implicaba la aplicación e integración de tecnologías para imponerse rápidamente en un conflicto de gran envergadura. Los temas menos atractivos, pero aún muy problemáticos, posiblemente recibieron menos atención por parte de las autoridades de defensa estadounidenses. Estas cuestiones incluyeron la protección contra las amenazas asimétricas (como el terrorismo a gran escala) y los despliegues militares prolongados en conflictos de menor envergadura (como la guerra de Afganistán y la de Irak), cada uno de los cuales representaron desafíos que no se ajustaron convenientemente a los nuevos conceptos de vanguardia y programas establecidos. Recuerdo bien las enormes cantidades de dinero gastadas, solo para demostrar que los sistemas que estaban comprando se ajustaban razonablemente con las amenazas previstas.

Tras el 11-S, me impresionó la rapidez con la que el gobierno se reorganizó y reorientó sus esfuerzos. Nuevas tecnologías, así como los sistemas y metodologías de inteligencia, comenzaron a resolver el nuevo conjunto de problemas: asegurar los edificios y la infraestructura de transporte contra el terrorismo, la detección de objetivos individuales y la protección de los soldados contra los artefactos explosivos improvisados en Irak y Afganistán. Del mismo modo, la doctrina de defensa y los escritos sobre la guerra se transformaron rápidamente gracias a las experiencias de combate en el mundo real, en formas que eran impensables antes de que las fuerzas estadounidenses comenzaran a operar en ambos países.

Volviendo a América Latina, al igual que con el pensamiento de defensa anterior al 11 de septiembre, cualquier nuevo despliegue de fuerzas en la región —al igual que sucedió en Afganistán e Irak— probablemente aportará nueva experiencia en áreas importantes para los desafíos. Muchas de estas áreas, hasta la fecha, sólo han evolucionado a un ritmo modesto, en el mejor de los casos. Algunos ejemplos son el apoyo a las operaciones antinarcóticos, asuntos civiles, asistencia al sector de seguridad, así como operaciones psicológicas. La actuación de Estados Unidos en estas áreas es generalmente adecuada para operaciones a pequeña escala, como la construcción de escuelas, el envío de equipos médicos o la interceptación de barcos con droga. Los intentos de ampliar estas operaciones probablemente pondrán de manifiesto graves deficiencias. Sin embargo, al hacerlo también se generará una reflexión más detallada —e idealmente mejorada— en estas áreas.

Como se ha señalado, el cambio de enfoque estratégico de Estados Unidos tras el 11-S se produjo posiblemente a expensas de la relación de la administración de Bush con México y América Latina. Se desconoce si el próximo acontecimiento grave (o cambio estratégico) centrará la muy necesaria atención de Estados Unidos en la región. La forma en que Estados Unidos respondió al 11-S, tanto para bien como para mal, nos ofrece anticiparse a esos cambios y gestionar nuestras expectativas para hacer frente a los retos que se le plantean.

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