
Alivio
Eso sentí. Un alivio que conozco y que puedo reconocer cada vez que se entrega un premio: ése que acompaña la certeza de haber leído algo de la persona galardonada. No sigo los premios, no me gustan ni me conmueven demasiado. Pero es innegable que conforman agendas de lecturas, de recorridos y de intervenciones en espacios públicos y privados en los que se los menciona.
Cuando anunciaron que Olga Tokarczuk había ganado el Premio Nobel de literatura sonreí aliviada. Había leído un libro de ella, estaba segura. Busqué en mi biblioteca. Entre El jilguero de Donna Tartt y La muerte de Ivan Ilich de León Tolstoi estaba Un lugar llamado Antaño. Sonreí. Saqué el libro del estante y tenía polvo. Soplé y me senté a leer inmediatamente. No recordaba nada (o eso creía) de ese libro.
Soy una lectora apasionada de ficción. Leo desde siempre, lo que puedo, lo que me recomiendan, lo que compro instintivamente, por alguna inquietud o lo que identifico en conjuntos de personas que dicen estar leyendo tal o cual libro. Leo libros “de moda” pero, también, otros que pocos leen. Mis acciones son caóticas, no tienen plan ni orientación: busco conmoverme, emocionarme, asquearme, empatizar con personajes, descubrir asesinos, autores, espacios, tonos y propuestas. Para quienes trabajamos con libros de ensayo y de teoría cultural cotidianamente la ficción es una guarida. Es ese espacio en el que la atención se proyecta en los recovecos que dejan los autores para imaginar, sin necesidad de tener un lápiz afilado para marcar lo que, luego, vamos a sistematizar en fichas de trabajo. Leer ficción es, para mí, un descanso del trabajo. Recorro con los ojos las páginas de los libros o con los dedos los botones que me permiten pasar hojas imaginarias en mi lector electrónico: la acción parece la misma que cuando trabajo pero mi cabeza, mi atención y mis hombros relajados indican lo contrario.
La búsqueda de libros especiales me ha llevado a comprar muchos que no me gustaron, que me parecieron sobrevalorados, que no entendí del todo o que me aburrieron profundamente. Compré libros por lo que decían las fajas de recomendación (“La promesa de la literatura”, “Sexta edición en un año”, “Dice el New York Times que es el nuevo Edgar Allan Poe”...), por recomendación de algún librero pero, he de admitir, que muchas otras veces compré libros por la tapa. Las ilustraciones, las fotos, el diseño y la tipografía son parte de la seducción que ese objeto despliega a los ojos de un lector en busca de un estímulo. No descubro nada diciendo esto, lo sé. Reconocer que las tapas son parte de los argumentos de compra de un libro me permite recuperar una breve anécdota de hace dieciocho años.

Seducción
Año 2001. Estaba estudiando Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Era una alumna inquieta. Siempre sostuve (sigo pensándolo) que “cuanto más leés, más leés”. Por eso, en época de exámenes, en la que las lecturas se apilaban y parecían crecer en lugar de achicarse, leía más ficción que en semanas menos demandantes. No recuerdo bien cuándo fue pero sí dónde: en las Galerías Pacífico. Salía de trabajar y pasaba muchas veces por una librería que estaba en ese shopping. Una de las libreras ya me conocía y nos saludábamos amablemente. Me gusta la sensación de ir a lugares conocidos.
Por algún motivo que no logro reconstruir me llamó la atención un libro: Baudolino, de Umberto Eco. Tapa dura, blanca y con una ilustración. Al lado, seguramente porque comparten editorial (Lumen), estaba el libro de Olga Tokarczuk, también de tapa dura, con una ilustración gris y lo que parecía mucha nieve. Decidí comprar los dos. El libro de Eco era más largo entonces decidí empezar por el de Tokarczuk. Así fue como conocí a esta autora. Seducida por un libro vecino, fascinada (desde siempre) con la unicidad que parecen transmitir los libros de tapa dura y muy probablemente (no lo recuerdo) frente a un café doble sin azúcar, empecé por el primer capítulo: “Tiempo de Antaño”.

Antaño
Ayer releí Un lugar llamado Antaño. Dieciocho años después recordé con claridad a Pawel Divino ni bien apareció en el libro. Sabía que él era clave en la historia. Antaño, el pueblo situado sobre dos ríos, el Blanco y el Negro que, cuando se unen crean un tercero que se llama, simplemente “Río”, no existe en ningún mapa. “Prawiek i inne czasy” es el título original en Polaco y, de las múltiples traducciones que busqué, solo hay una coincidencia: el tiempo, los tiempos, el pasado, el presente (pero no el futuro) aparecen en las traducciones literales y literarias del título. Los capítulos son tiempos: “tiempo de...” se titulan todos y es curiosa la sensación en la lectura de que cada personaje protagoniza el tiempo que le toca. Esas dos o tres páginas por capítulo ponen en escena dinámicas que involucran a muchos personajes pero el foco, la luz que nos guía la lectura, está proyectado sobre el del título.
Genowefa “lloró durante todo el día mientras le preparaba a Michal todo lo necesario para ir a la guerra”. Genowefa lloraba porque su marido se iba compulsivamente a la guerra y ella no podía hacer más que armar su bolsa con los elementos necesarios. Lloraba, también, porque su vida iba a cambiar para siempre. No sabía, mientras lloraba, que estaba embarazada ni que Misia sería su compañera en los años de soledad y de sostén del molino de la familia. Tampoco sabía que iba a conocer a Eli, ese joven que la amó y al que ella amaba pero a quien nunca dejó que la tocara por respeto a su marido (aunque lo deseaba fervientemente). Genowefa tampoco sabía que su marido iba a volver, agotado, enfermo y roto de la guerra. No sospecharía jamás del amor en el límite de lo tolerable que uniría a Michal con Misia. Tampoco sabía que iba a tener otro hijo con el que no iba a poder conectarse afectivamente en su nacimiento. Mucho menos sospecharía que ese hijo tendría un pronóstico de salud complejo y que sería ése el momento en el que conectaría con él para siempre. Genowefa no podía saber nada de lo que iba a pasar mientras lloraba armando la bolsa que Michal se cargaría al hombro para irse para siempre. Porque el Michal que volvería de la guerra sería otra persona.

El tiempo de la novela atraviesa ese pueblo que se recorre en una hora a paso ligero pero que demora un día entero, a paso lento, para observarlo “todo con detenimiento y atención”. El terrateniente, el señor Popielski, el párroco preocupado por el agua y las represas, Florentynka (que enloqueció luego de que su marido muriera ahogado borracho y que siete de sus nueve hijos fallecieran), Espiga (que parió sola a un hijo muerto en una casa abandonada y que usaba su cuerpo como herramienta de supervivencia para el horror de algunas esposas del pueblo), la familia Divino, con Pawel a la cabeza, que amaba a Misia, son algunos de los tiempos que se suceden unos a otros. Dios, los arcángeles (San Rafael, San Miguel, San Uriel,...), el Hombre Malo, la Virgen de Jeszkotle y el Ahogado componen otro conjunto de personajes. Un conjunto no-táctil pero que atraviesa a los personajes en diferentes momentos de la historia. Pero no es una novela religiosa ni mucho menos: retoma elementos de la cultura popular, de las tradiciones y creencias y los articula en el relato que despliega en el tiempo y en el espacio la vida de los habitantes de Antaño.
Pensaba, mientras releía de madrugada, que era un libro triste, gris, muy gris... pero más que nada triste. Hay hambre, abandonos, locura, discapacidad, muertes y angustias pero, también, nacimientos, alegrías, tierras, familias, amor y reparaciones. El detalle, la distancia y la construcción de un relato que pone en primer plano la trama compleja de la vida atravesada por los contextos más amplios que la condicionan, es la clave de todo lo que pasa en Antaño. Tokarczuk nos invita a un recorrido a través del tiempo, un tiempo que es el nuestro pero que es, también, el de la historia, de las creencias y de los vínculos. Una historia reciente (aunque no tanto), lejana (aunque no tanto) y acogedora, desde la que es posible leer gran parte del siglo XX.
*Carolina Duek es Doctora en Ciencias Sociales e investigadora del Conicet
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