Por Juan José Becerra

¡Felicidades! puede ser de ese tipo de narraciones que, lanzadas a contar una historia, terminan contando otra. Su título provisorio fue Un escritor de cien años, bajo el que se pretendía decir algo sobre el centenario del nacimiento de Cortázar, la consagración de su memoria en el Museo Nacional de Bellas Artes, el misterio de la posteridad y la literatura como circo para fetichistas. Una idea fría de ficción crítica sobre los asuntos de la cultura, que fue desviando su radar hacia zonas más calientes vinculadas a la experiencia de vivir.
En ese cambio de vías, el narrador, que iba a contar lo que le ocurre a los otros, se hunde en un vértigo de confesiones mediante un lenguaje que, entregado a la brutalidad que a menudo le falta por pudor o conveniencia, por fin es capaz de decir algo verdadero de sí mismo.
La bestia incontinente en cuestión, un tal Guerrero, es un supuesto especialista en Cortázar que recorre algunas ciudades de Europa rastreando objetos de quien fuera su ídolo. Su identidad es un colador por donde se escurre todo lo que fue hasta ese momento. En crisis con sus 50 años, con la imagen que da y con la vida regular que tiene (una vida cerrada y atada con moño), es el imposible de la juventud lo que quiere de nuevo cuando ve en la preciosa hija de un amigo la chance de oír por última vez, al costo que sea, el canto de cisne de un último amor.
Según mi entender actual, las novelas se escriben bajo emoción violenta. Se entra como drogado a una selva de cuatro estaciones sin saber cómo se va a salir de ella, y se la abandona por la puerta inesperada cuando llega el tedio de obligarse a continuarla. Entre esos paréntesis el escritor se pierde como un perro en la lluvia, y las preguntas que se hace al regreso son las de las víctimas de la abducción: "¿Qué pasó? ¿Dónde estuve? ¿Qué me hicieron esos marcianos?".
Tengo la sensación de que últimamente mis novelas se hacen solas. Las dejo correr hasta donde les den las fuerzas, a las que únicamente me corresponde liberar del modo en que se destapa una olla. Después de haberle rendido honores inexplicables a la escritura de control, las cosas se decantaron por una literatura del caos (en todo caso una literatura del control mínimo). El resultado es que no sé muy bien qué hago ni por qué, y mis reflexiones sobre el hecho consumado nunca son esclarecedoras.
Lo que sí puedo decir de ¡Felicidades! con cierto rigor es que transcurre en un mapa de dos hemisferios, cada cual con su propia geografía moral. Por un lado, el hemisferio diurno del trabajo, ese infierno donde se compite como un idiota por el prestigio y el dinero y se alaba la vida productiva, a la que se considera una naturaleza.

Guerrero es una víctima de esta trampa que se oculta bajo la falsa compensación de logros materiales a cambio de tiempo. No le importa el trabajo, no le importa Cortázar, no le importan los viajes, no le importa nada. Lo único que le importa es cambiar el auto.
Pero de esos desperdicios lo rescata el hemisferio nocturno de ¡Felicidades!, un bar de fisura de Buenos Aires administrado por un amigo que apuesta sus ciento treinta kilos a cierta ética de la euforia, la música retro, los bifes de chorizo y los insumos que crecen con las horas de la madrugada. El antro donde Guerrero encuentra un campo afectivo y una literatura de la vida.
También flota en un vacío muy delgado que se abre "entre" el mundo del arte y el de los días salvajes de ¡Felicidades!, pero ninguno lo conforma del todo. Vivir es un problema sin solución, y Guerrero asume ese drama dejándose llevar por las mil ramas del deseo. No hay unidad, no hay integridad, no hay identidad en la vida de ningún hombre si este se la toma en serio como algo propio.
La vida de Cortázar, el carácter cambiante de Cortázar, la fiebre de ubicuidad de Cortázar –mucho más que su literatura- son los colores de la bandera ante la que jura en secreto Guerrero, aunque la ambivalencia lo lleve a hacerle bullying al recuerdo de su viejo ídolo desde la primera hasta la última página. Como si se inspirara en la frase de Opio, de Jean Cocteau, que fascinó a Cortázar ("Repugnado por las letras he decidido sobrepasarlas y vivir mi obra"), Guerrero detecta las fuerzas ajenas que constituyen el aspecto obligatorio de su vida y decide convertirla en una obra (una obra suya), que es un poco a lo que aspiramos todos.
Así que ahora imagino que ¡Felicidades! es una novela sobre el deseo mil veces postergado de tener una vida propia, contarla con el lenguaje más profundo que sea posible y darle a la identidad humana (esa categoría siempre falsa que habla por nosotros) la inestabilidad y la confusión por las que hace tantos méritos desde hace tantos siglos.
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