
Fui muchas veces a Perú, quizás siete u ocho, siempre por trabajo. Conozco bien Lima y muchas ciudades del interior a las que en general no se va por turismo. Sé del verde de la costa, de la altura asesina de la montaña, de la aridez lunar de la puna, del ruido ensordecedor de la selva.
Recorrí Perú haciendo programas de música. Conocí sus ritmos, sus instrumentos, sus poesías. Sé desde chico quién es Chabuca. Mis tías la escuchaban en sus combinados y a mí me gustaba esa mujer-flor que llevaba jazmines en el pelo y rosas en la cara, que caminaba airosa derramando lisura y aroma de mistura. A los quince años leí a Mario Vargas Llosa, La Tía Julia y el Escribidor. Fue descubrir un mundo, me parecía increíble que alguien pudiese llevar tantos relatos paralelos en la mente. Me enamoré de Julita y por su culpa empecé a mirar con ojos extraños a alguna tía.

Me sentía y quería ser Marito, pero sobre todo quedé prendado del Escribidor, un enano perverso y genial, resentido hasta el odio extremo con la Argentina, que se sentaba en su máquina de escribir, escupía kilos de radioteatro por día y luego corría al estudio para interpretarlo. Quise mucho a ese boliviano que revolucionó las tardes de la Lima pueblerina y que terminó loco de palabras, de exceso, de amor. De La tía Julia pasé a Pantaleón y de nuevo, coño Mario, qué manera de tomarle el pelo a la disciplina, de jugar otra vez con las voces cruzadas, de narrar la obsesión. De paso, de erotizarme con la Colombiana, gracias Mario. Y seguí con Conversaciones en La Catedral, con La Ciudad y los Perros, Rigoberto y todo lo que me cayera a la mano.
Envalentonado por las primeras luchas estudiantiles leí a Manuel Scorza y sus denuncias sobre la opresión del campesinado. Me gustaron sus poemas, me aprendí de memoria el final de uno que decía "América mendiga, América de los encarcelados, América de los perseguidos, América de los parientes pobres, nadie te verá sin deshacer este nudo que tengo en la garganta". Un poco más tarde descubrí a José María Arguedas y me identifiqué con Ernesto, el chico protagonista de Los Ríos Profundos. La novela estaba en casa de mis padres, en una vieja edición de la Editorial Losada. Hoy voy a buscarla, ojalá que haya sobrevivido a tanta mudanza.
Yo conocía los paisajes, las ruinas, los ceviches, las prosas y las zamacuecas del Perú. Y esta vez iba a Lima en plan escritor, porque mi amigo Guillermo Rivas me había invitado a presentar Aspirinas y Caramelos en su librería, la más canchera de toda la ciudad. Chabucano, Vargasllosista, guía turístico, casi amigo del Flaco Gareca. Pues entonces, ¿qué podría sorprenderme?

En su rol de anfitrión, Guillermo había conseguido a un gran presentador para mí: Fernando Ampuero. Periodista talentoso, escritor de fama, hombre de mundo. Eso me decían porque yo, la verdad, no lo había leído. ¿Cómo es eso de no leer a quién te va a presentar? No corresponde, así que me hice de un ejemplar de El Peruano imperfecto, uno de sus libros. Lo empecé en Buenos Aires y lo terminé en el avión. Caramba, Fernando, qué gran descripción de la cultura de un pueblo has hecho. Y por si fuera poco, qué final más sorprendente, qué ganas de preguntarte por él cuando nos veamos en la presentación.
Todo eso pensaba cuando la primera noche, entre tiraditos y sushis de misturas que ni la flor de la canela, Guille me cuenta que Fernando tuvo un accidente de auto, que está bien pero que no va a poder ser de la partida. Pero que no me preocupe, dice Guillermo, que consiguió a Gustavo Rodríguez y me alarga un ejemplar de La furia de Aquiles. Esa misma noche lo empiezo, en el llano. Lo termino un día después, en Cuzco, a 3600 metros sobre el nivel del mar.

En el medio pegué varios gritos que sobresaltaron a mi esposa. Uno fue en el avión por ejemplo, antes de aterrizar en la ciudad, cuando la codeé y le dije "mirá, ¡nombra a Meteoro, como yo! Y así estuve por unas horas, descubriendo que Aquiles, nacido en el sesenta y ocho como yo y en una provincia peruana bien lejana a mi San Telmo, había vivido una vida de lo más parecida a la mía y que Gustavo la narraba de una manera muy divertida. Para colmo, Aquiles decidió dedicarse a la publicidad y el personaje que lo moldea, que lo entiende y lo ayuda a triunfar era un argentino. Todo me cerraba.
Desde el tren a Machu Picchu le pregunté por Whatsapp a Guille qué más le parecía que leyera. "Si te gustaron Fernando y Gustavo, lo que toca es Renato Cisneros". Ok, anotado. Unas horas después estaba frente a La distancia que nos separa, su primera novela.
Me inquietó desde la tapa. Arriba una gorra de militar, abajo una máquina de escribir. Lo que hay en el medio, en el libro, es un hijo puesto a averiguar quién demonios fue el Gaucho Cisneros, su padre. Renato vivió toda su vida con él, pero tuvo la necesidad de saber qué había detrás de ese típico militar latinoamericano siempre listo para el fragotes, de ese ministro, de ese hombre parco, de ese padre rara vez afectuoso. De ese Gaucho al que apodaban así porque había estudiado armas en Buenos Aires, donde dejó amores, secretos y amistades tan controvertidas como la historia de los 70.

Lo de Renato es una mezcla de literatura del yo con ensayo histórico con novela política. Días más tarde, casi de casualidad, por las calles de Miraflores, me encontré con Renato. Cambiamos figuritas -libros- y volvimos a hacerlo hace poco en un restaurante de Palermo, cuando vino a Buenos Aires en gira de promoción. Estoy contento, me hice un amigo que, además, escribe como los dioses. Unos días después pude conocer a Gustavo (¿Aquiles?) y ver que los parecidos eran más que Meteoro. Otra alegría.
¿Ya conocía Perú? Sí, sin dudas. ¿Había visto la ciudad que los Incas dejaron en medio de las montañas y que está tan alta y escondida que los españoles ni la vieron? Sí, la había visto, pero me faltaba la versión de mi pareja, que jura que es obra de los extraterrestres. Me faltaba correr llamitas con ella por el medio de las terrazas de cultivo y sacarle fotos haciéndose la pavota.
¿Había leído mucha literatura peruana? Sí, había leído miles de páginas de Mario Vargas Llosas, quien por cierto me sigue pareciendo un escritor genial. Pero ¿sabía que el Perú tiene en Ampuero, en Rodríguez o en Cisneros a una delantera digna de ir al mundial? No, no lo sabía. Ahora lo sé y hasta que sea inevitable, hasta que se crucen con nosotros si es que eso sucede, pienso hinchar por ellos. El flaco Gareca y las nuevas letra peruanas lo merecen.
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