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Un estudio reveló el impacto positivo de los gatos en terapias infantiles

Científicas de la Universidad Estatal de Oregón en los Estados Unidos demostraron que los felinos domésticos pueden ser socios activos en programas terapéuticos. Qué descubrieron un año después de haber terminado el programa

Niño rubio gateando en el suelo con un puntero láser rojo, observando a un gato atigrado pelirrojo agachado frente a él en una alfombra clara.
Un estudio científico indicó que los gatos domésticos pueden actuar como compañeros terapéuticos para niños con discapacidades del desarrollo (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Los gatos domésticos pueden ser compañeros terapéuticos activos para niños con discapacidades del desarrollo, como en casos de condiciones que afectan el aprendizaje, la conducta, el movimiento o la comunicación, y no simples animales convivientes.

Científicas de los Estados Unidos postularon que un programa de entrenamiento con gatos en el hogar mejoró la salud de los niños y fortaleció el vínculo con los animales. Los efectos se midieron hasta un año después de terminado el programa.

Mujer de cabello largo y castaño con blusa naranja y cárdigan negro, sonríe a cámara. Sostiene un gatito atigrado y otro gatito atigrado está en su hombro
La científica Monique Udell lideró el estudio /Universidad del Estado de Oregon

La investigación fue realizada por Delaney Frank, Saethra Darling, Kristen Moore, Kristyn Vitale y Megan MacDonald, bajo la dirección de Monique Udell, de la Universidad Estatal de Oregón y del grupo Maueyes Ciencia y Educación Felina.

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Publicaron los resultados en la revista Animals, con financiamiento del Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano Eunice Kennedy Shriver de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos.

Perros, caballos y el gato olvidado

(Imagen Ilustrativa Infobae)
La investigación señaló que la terapia asistida con animales se centró durante años en perros y caballos y dejó relegado el potencial de los gatos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Existe un tipo de terapia con animales que se usa para ayudar a las personas a sentirse mejor física, emocional o socialmente. Durante años, los animales elegidos para eso fueron casi siempre perros y caballos.

Esa elección dejó afuera a millones de familias que tienen gatos en casa pero no tienen acceso a perros entrenados ni a caballos, o que simplemente prefieren la compañía de un gato.

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En los Estados Unidos, más de 49 millones de hogares incluyen a un gato, lo que los convierte en uno de los animales de compañía más comunes del mundo.

Pese a eso, durante años fueron considerados como una presencia decorativa en relación a esas terapias, sin que se estudiara si los gatos podían tener un rol activo.

Un gato atigrado gris y blanco amasa una manta de lana color crema en un sofá. El fondo desenfocado muestra cojines de tonos crema, verde y azul.
El programa CAT de Entrenamiento Asistido por Gatos buscó mejorar hábitos saludables, el cuidado del gato y el vínculo entre niños y animales (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esa falta de investigación motivó el diseño de un programa original llamado CAT, que significa “Entrenamiento Asistido por Gatos”, por sus siglas en inglés—, pensado para niños con discapacidades del desarrollo.

Las investigadoras se propusieron evaluar si ese programa lograba que los niños adoptaran hábitos más saludables, como hacer más actividad física y ocuparse más del cuidado de su gato, y si fortalecía la relación entre ambos.

Al mismo tiempo, la investigación intentó medir si la intervención también le hacía bien al gato, al mejorar su sociabilidad y su sensación de seguridad con el niño.

Seis semanas, un gato, un año de cambios

Primer plano de un gato doméstico atigrado con pelaje suave, orejas erguidas y ojos verdes muy abiertos, mostrando una expresión de alerta en casa.
El estudio incluyó a 36 parejas de niños y gatos del Noroeste del Pacífico y comparó un grupo con programa CAT frente a otro en lista de espera (Imagen Ilustrativa Infobae)

El estudio incluyó a 36 niños y sus respectivos gatos, reclutados en la región del Noroeste del Pacífico de Estados Unidos. Las parejas niño-gato se dividieron al azar en dos grupos: uno participó en el programa CAT y el otro quedó en lista de espera, es decir, no recibió ninguna intervención durante el estudio.

El programa consistió en seis sesiones de 45 minutos, realizadas semanal o quincenalmente en espacios preparados para que el gato estuviera cómodo, con escondites, postes para arañar y difusores de feromonas tranquilizantes.

Cada sesión incluyó aprender a leer el lenguaje corporal del animal, practicar modos apropiados de interactuar con él y entrenarlo con refuerzo positivo, un método que enseña conductas nuevas a través de premios, sin castigos.

Los niños también recibieron tareas para practicar en casa: identificar qué le gusta a su gato y enseñarle a sentarse, a acudir cuando se le llama y a seguir un blanco con la vista. Los datos se recogieron en tres momentos: antes del programa, seis semanas después y un año más tarde.

Veterinaria con gafas y guantes azules revisa la boca de un gato doméstico de pelo largo en una consulta; una niña sonriente está en el fondo
Los niños que participaron en el programa con gatos asumieron más responsabilidades de cuidado y realizaron más actividades conjuntas, como paseos./ Freepik

Los resultados mostraron que los niños del grupo CAT se hicieron más responsables del cuidado de su gato y reportaron más actividades juntos, como salir a pasear con él. Ambos cambios fueron estadísticamente significativos.

Del lado de los gatos, los animales del grupo CAT buscaron más la cercanía del niño durante las primeras seis semanas, un cambio que los investigadores tomaron como una señal de mayor sociabilidad.

Un año después, seis gatos del grupo CAT pasaron de tener un apego inseguro a uno seguro con los niños, una señal de que se sienten más tranquilos y confiados con él. Ese cambio no se observó en el grupo de control.

La asistencia al programa fue del 100% y casi todos los participantes completaron las evaluaciones al finalizar la intervención, con una tasa promedio de cumplimiento de las tareas del hogar del 81%.

Qué falta probar y qué viene después

Una familia sonriente, compuesta por un hombre, una mujer, un niño y una niña, interactúa con un gato atigrado en una sala de estar.
Los gatos del grupo CAT mostraron mayor cercanía con los niños y seis pasaron de un apego inseguro a uno seguro un año después (Imagen Ilustrativa Infobae)

El equipo concluyó que “los gatos de familia tienen el potencial de actuar como compañeros activos en las intervenciones asistidas por animales, al menos en algunos contextos”.

El tamaño de la muestra (36 parejas niño-gato) fue reconocido como una limitación importante, ya que con tan pocos participantes los resultados deben tomarse como una primera pista, no como una conclusión definitiva.

Otra limitación es que los participantes sabían en qué grupo estaban, lo que pudo haber influido en sus respuestas a los cuestionarios.

Para futuras investigaciones, el equipo señaló que “se necesita más investigación para determinar qué elementos de la intervención son más determinantes para alcanzar estos resultados”.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Las investigadoras advirtieron que el tamaño reducido de la muestra limita las conclusiones y plantearon replicar el estudio sobre gatos y niños en otros entornos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Entre los pasos siguientes, las científicas esperan replicar el programa en otras poblaciones y entornos, e investigar qué conductas concretas de cuidado —como respetar las señales del gato o mantener rutinas estables— son las que más fortalecen el vínculo.

La investigación también abre la puerta a estudiar los beneficios físicos de las actividades conjuntas entre humanos y gatos, como los paseos, “una área de investigación actualmente poco estudiada”.

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