
Un universo oscuro, frío y aparentemente inhóspito se extiende más allá de las estrellas que iluminan nuestras noches. Allí, planetas errantes recorren la galaxia. Hasta hace poco, la ciencia los consideraba lugares incapaces de albergar vida.
Un nuevo estudio, publicado en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, presenta una hipótesis sorprendente: lunas orbitando estos planetas solitarios podrían conservar agua líquida durante miles de millones de años gracias a atmósferas de hidrógeno y calor interno.
El equipo liderado por David Dahlbüdding, del Instituto Max Planck de Física Extraterrestre y la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, encontró que una combinación de atmósfera densa de hidrógeno y calentamiento por mareas podría mantener condiciones aptas para la vida durante hasta 4.300 millones de años en lunas que orbitan planetas errantes, un periodo equiparable a la edad de la Tierra.
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El estudio detalló que, cuando un planeta es expulsado de su sistema estelar, sus lunas suelen quedar atrapadas en órbitas elípticas. Estos movimientos generan intensas fuerzas de marea que deforman periódicamente el interior de la luna, provocando fricción y, con ello, calor. Este fenómeno puede ser suficiente para mantener océanos de agua en estado líquido incluso sin la energía de una estrella cercana.
Hidrógeno, el gran protector
El papel de la atmósfera de hidrógeno resulta decisivo. En la Tierra, el dióxido de carbono actúa como gas de efecto invernadero, pero se solidifica a temperaturas extremadamente bajas, perdiendo su capacidad de retener calor en ambientes tan fríos como el espacio interestelar. El hidrógeno, en cambio, permanece gaseoso incluso a temperaturas muy bajas y, bajo alta presión, puede atrapar eficazmente el calor gracias a un fenómeno llamado absorción inducida por colisiones.
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“Nuestra colaboración con el equipo de Prof. Braun nos ayudó a reconocer que la cuna de la vida no necesariamente requiere un sol”, explicó Dahlbüdding. “Descubrimos una conexión clara entre estas lunas lejanas y la Tierra primitiva, donde altas concentraciones de hidrógeno generadas por impactos de asteroides podrían haber creado condiciones para la vida”.

El modelo desarrollado indica que, bajo estas circunstancias, una luna podría mantener agua líquida durante un periodo que permite la evolución de formas de vida complejas. Estudios anteriores estimaban que atmósferas de dióxido de carbono solo asegurarían condiciones estables por 1.600 millones de años, un lapso posiblemente insuficiente para el desarrollo de organismos multicelulares. El hidrógeno, en cambio, prolonga esa ventana hasta casi 4.300 millones de años.
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Mareas y ciclos químicos: claves para la vida
La investigación también sugiere que las fuerzas de marea no solo proveen calor, sino que podrían impulsar procesos químicos fundamentales para el surgimiento de la vida. Las deformaciones periódicas inducen ciclos de evaporación y condensación del agua, condiciones que, según la literatura científica, favorecen la formación de moléculas complejas. “El calor de las mareas y los ciclos húmedo-seco podrían facilitar pasos cruciales hacia el origen de la vida”, detalló el trabajo publicado.

Además, la abundancia de estos mundos resulta notable. Estimaciones recientes citadas calculan que podría haber entre 17 y 21 planetas errantes por cada estrella en la Vía Láctea. Si cada uno retiene al menos una luna, el número de posibles hábitats se elevaría a billones, multiplicando las oportunidades para que la vida prospere en condiciones hasta ahora impensadas.
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Aunque la tecnología actual aún no permite observar ni analizar la atmósfera de estas lunas en planetas errantes, el avance teórico amplía los límites de la astrobiología. “En trabajos futuros exploraremos configuraciones habitables más allá de una atmósfera dominada por hidrógeno y evaluaremos si estas son estables y pueden retener suficiente calor”, adelantaron los autores.
El hallazgo cambia la perspectiva tradicional sobre dónde buscar vida fuera del sistema solar. La investigación demostró que las estrellas no son un requisito indispensable para la habitabilidad, y que los entornos más oscuros y fríos de la galaxia podrían albergar sorpresas biológicas.
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