
Un ataque cerebrovascular (ACV) es una interrupción súbita del flujo sanguíneo al cerebro que provoca daño cerebral y puede causar parálisis, debilidad o pérdida de funciones neurológicas.
La rehabilitación tradicional tras un ataque cerebrovascular suele centrarse en recuperar el movimiento del lado más afectado.
Científicos de la Universidad de Pensilvania, la Universidad del Sur de California y otras instituciones de los Estados Unidos demostraron que entrenar el brazo menos afectado mejora notablemente la destreza.
Los resultados, publicados en la revista JAMA Neurology, confirman que esas mejoras pueden lograrse incluso años después del evento.

Candice Maenza, coordinadora del Laboratorio de Neurorehabilitación de la Universidad de Pensilvania, afirmó: “Cuando entrenamos el brazo menos afectado, los pacientes mejoran”.
Esto puede “mejorar la calidad de vida y reducir la carga de los cuidadores”, ya que quienes tienen parálisis severa dependen de ese brazo para tareas diarias. El hallazgo propone un cambio en el enfoque de la rehabilitación.
Consecuencias del ACV

Un ataque cerebrovascular ocurre cuando el flujo sanguíneo al cerebro se interrumpe, dañando áreas responsables del movimiento.
Provoca parálisis o debilidad, generalmente en un solo lado del cuerpo. Tradicionalmente, la rehabilitación se enfocó en el lado más afectado, asumiendo que el otro lado funcionaba normalmente.
Robert Sainburg, que fue coautor del estudio, señaló que el brazo menos afectado también pierde función.
Puede presentar movimientos lentos y descoordinados, lo que dificulta compensar la limitación del otro lado. “Hacer todo con una sola mano ya es complicado”, explicó Sainburg.

El efecto en el brazo menos afectado puede suponer una pérdida del 10 al 25% en la coordinación motora.
Esto limita la autonomía del paciente y aumenta la necesidad de ayuda para actividades cotidianas. Así, la independencia se ve reducida en la vida diaria.
Sainburg y su equipo demostraron que ambos hemisferios cerebrales controlan aspectos diferentes del movimiento.

Una lesión en un lado puede causar déficits motores en ambas manos. Aunque se ha estudiado el brazo más afectado, faltaban terapias eficaces para el brazo funcional.
El ensayo buscó determinar si el entrenamiento específico del brazo menos afectado genera mejoras sostenidas en sobrevivientes con debilidad severa.
Carolee Winstein, profesora emérita y co-investigadora principal en la Universidad del Sur de California, destacó el enfoque innovador. Es el primer estudio aleatorizado riguroso sobre este tipo de entrenamiento en sobrevivientes crónicos.

Participaron 53 personas con ataque cerebrovascular ocurrido al menos tres meses antes y parálisis en un brazo. Todos dependían del brazo funcional para sus actividades diarias.
Los voluntarios fueron asignados aleatoriamente a un grupo de tratamiento o control y recibieron terapia tres veces por semana durante cinco semanas.
Veinticinco personas practicaron ejercicios de destreza con el brazo menos afectado, combinando tareas reales y videojuegos de realidad virtual.
Los ejercicios se adaptaron según el hemisferio cerebral dañado: rapidez o precisión de movimientos. Después, los participantes practicaron tareas cotidianas exigentes.

El grupo de control, con veintiocho miembros, siguió la terapia convencional centrada en el brazo más afectado.
Incluyó estiramientos, ejercicios terapéuticos y práctica con objetos. Ambos grupos fueron evaluados antes, después y hasta seis meses tras la intervención.
Al finalizar, quienes recibieron la terapia dirigida al brazo funcional mostraron mejoras destacadas.
Completaron pruebas de destreza, como recoger objetos pequeños o simular la alimentación, un 12% más rápido que al inicio. Ganar velocidad permitió mayor autonomía y alivió la carga de los cuidadores.

Maenza remarcó que los pacientes se animaron a intentar más tareas solos. Esto tuvo un impacto positivo duradero en su vida y la de sus familias. La intervención fomentó un ciclo virtuoso: recuperar función incentiva su uso y la mejora persiste.
Los beneficios se mantuvieron durante al menos seis meses tras la terapia. El equipo planea explorar cómo combinar este entrenamiento con otras terapias para potenciar la independencia.
“Nuestros resultados abren la puerta a estrategias que trabajen ambos brazos”, anticipó Winstein.
El estudio contó con la colaboración de investigadores de la Universidad Case Western Reserve y la Universidad Johns Hopkins.
Recibieron financiamiento de los Institutos Nacionales de Salud y del Instituto Nacional Eunice Kennedy Shriver de Salud Infantil y Desarrollo Humano.
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