
Un estudio reciente señala que la exposición a partículas finas de los incendios forestales se vincula con alrededor de 17.000 accidentes cerebrovasculares al año en Estados Unidos, según datos publicados en el European Heart Journal.
La investigación fue liderada por Yang Liu, profesor de la Rollins School of Public Health de la Universidad de Emory. “El accidente cerebrovascular es una de las principales causas de discapacidad y muerte en todo el mundo, y su frecuencia sigue aumentando. Los factores de riesgo tradicionales como la hipertensión y la diabetes no explican completamente esta tendencia”, afirmó Liu.
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El equipo de Emory University analizó los datos de unos 25 millones de personas mayores de 65 años cubiertas por el programa Medicare entre 2007 y 2018. Durante ese período, aproximadamente 2,9 millones de estos adultos sufrieron un accidente cerebrovascular. Los investigadores recurrieron a inteligencia artificial y registros ambientales para estimar, con precisión inédita, la exposición individual al material particulado fino (PM2.5), uno de los principales componentes del humo.

El humo de incendios forestales: más dañino que otras fuentes de contaminación
El dato más alarmante del estudio es que, por cada aumento de 1 microgramo por metro cúbico (µg/m³) de PM2.5 proveniente de incendios forestales, el riesgo de accidente cerebrovascular sube 1,3%. En contraste, el mismo incremento en PM2.5 generado por tráfico o plantas eléctricas sólo se asoció a un aumento del 0,7%. “Esto sugiere que el humo de incendios forestales puede ser incluso más dañino para el cerebro y los vasos sanguíneos que la contaminación proveniente de otras fuentes”, explicó Liu.
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Esta diferencia se atribuye a la composición del humo de incendios, que incluye compuestos capaces de desencadenar inflamación y estrés oxidativo, dañando los vasos sanguíneos y favoreciendo la formación de coágulos. “Hay mucha materia orgánica, productos químicos y partículas que normalmente no vemos en la contaminación del tráfico o la industria, y que pueden liberarse durante un incendio. Esto es especialmente cierto si se queman estructuras hechas por el hombre, lo que genera emisiones sintéticas altamente tóxicas que normalmente no respiramos”, puntualizó Jennifer Stowell, científica especializada en salud ambiental de la University of Maryland.
Sin umbral seguro: el peligro de la exposición recurrente
El estudio advierte que no existe un nivel seguro de exposición al humo de incendios forestales. Incluso niveles considerados “moderados” y recurrentes aumentan el riesgo. “Nuestros resultados también sugieren que no existe un umbral seguro aparente para la exposición al humo. Eso significa que incluso el humo recurrente y ‘moderado’ podría tener consecuencias, no solo los eventos extremos”, remarcó Liu.
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Las poblaciones rurales y suburbanas, por ubicarse cerca de áreas donde suelen originarse los incendios, estarían más expuestas. Además, la evacuación y la interrupción de la atención médica durante estos eventos pueden agravar el riesgo de sufrir un ACV. “Las personas que viven cerca de incendios forestales pueden experimentar el estrés de tener que evacuar su hogar, lo que también puede interrumpir su atención médica habitual”, detalló el investigador.
Un llamado a la prevención y a la acción política
El trabajo publicado en la European Heart Journal resalta la necesidad de políticas públicas que reduzcan el impacto sanitario de los incendios forestales, como la mejora de los refugios con aire limpio y la garantía de acceso a medicación y atención médica en las zonas afectadas. “Las conductas preventivas, como encender sistemas de filtrado de aire en interiores y limitar la actividad física al aire libre en días de mucho humo, no son solo una cuestión de comodidad, también pueden ayudar a prevenir un accidente cerebrovascular”, enfatizó Liu.
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Desde la Yale School of Public Health, Kai Chen y su equipo subrayan en el editorial que acompaña el estudio: “El humo de incendios forestales se ha convertido en una fuente cada vez más importante de partículas finas debido a que el cambio climático impulsa incendios más frecuentes e intensos en los últimos años”. La advertencia es clara: el humo de incendios forestales debe considerarse un factor de riesgo a largo plazo para la salud cardiovascular.
La investigación también sugiere que las cifras podrían estar subestimadas, ya que el estudio solo abarca a quienes tienen cobertura tradicional de Medicare y no a quienes cuentan con seguros privados, un grupo que representa más del 40% de los adultos mayores en Estados Unidos. “Creo que la verdadera magnitud del problema es mucho, mucho mayor que la que mostramos en este estudio”, reconoció Liu.
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La emergencia de los incendios forestales y su efecto en la salud va más allá de los daños inmediatos. Las partículas invisibles del humo se han convertido en un enemigo silencioso, con consecuencias que apenas comienzan a dimensionarse.
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