
Aunque carecen de cerebro y de un sistema nervioso central, las estrellas de mar son capaces de desplazarse de forma coordinada, adaptarse a superficies irregulares y ajustar su velocidad según el entorno.
Un estudio reciente publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences y difundido por Science X Network revela que estos animales utilizan un mecanismo de control distribuido basado en la interacción física entre sus propios pies, sin necesidad de un “centro de mando” que dirija los movimientos.
El hallazgo no solo aporta nuevas claves sobre cómo funcionan estos organismos marinos, sino que también abre un campo de inspiración para el diseño de tecnologías robóticas más flexibles y autónomas.
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Un organismo sin cerebro que se mueve con eficacia
Las estrellas de mar pertenecen al grupo de los equinodermos. No poseen cerebro, sangre ni un sistema nervioso centralizado como el de los vertebrados. Aun así, logran coordinar cientos de pequeños apéndices llamados pies tubulares, ubicados en la parte inferior de cada brazo.
Cada uno de estos pies termina en una pequeña ventosa y se conecta con un sistema interno que utiliza agua de mar para inflarse y contraerse. Ese mecanismo hidráulico permite que el animal se adhiera a una superficie, se impulse, se despegue y avance de forma continua.

En condiciones normales, una estrella de mar puede tener cientos de puntos de contacto con el suelo al mismo tiempo. La gran pregunta para los científicos era cómo se organiza ese movimiento sin una estructura central que lo controle.
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Para resolver este interrogante, el equipo de investigadores trabajó con ejemplares de la especie Asterias rubens. Utilizaron una técnica óptica que permite visualizar con gran precisión cuándo cada pie se pega o se despega de una superficie transparente.
De este modo, pudieron medir cuánto tiempo permanece adherido cada punto de apoyo, cuántos pies participan simultáneamente en el desplazamiento y cómo varía la velocidad general del animal.

Los resultados mostraron que no existe una orden central que coordine los movimientos. Cada pie regula de manera autónoma el tiempo que permanece en contacto con el suelo. Cuando ese tiempo es más corto, el desplazamiento es más rápido; cuando se prolonga, el avance se vuelve más lento y estable.
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En términos simples, la estrella de mar se mueve porque cada una de sus “mini patas” responde al peso y a la presión que recibe en ese momento, ajustando su comportamiento de manera automática.
Qué pasa cuando cambia el peso o la postura
Para comprobar si este sistema se adapta a situaciones más exigentes, los investigadores realizaron pruebas adicionales. A algunos ejemplares les colocaron pequeñas cargas impresas en 3D para aumentar su peso. En otros casos, los ubicaron en posición invertida, obligándolos a desplazarse boca arriba.
En ambos escenarios, los animales modificaron espontáneamente su forma de moverse. Los pies permanecieron más tiempo adheridos a la superficie, lo que redujo la velocidad, pero aumentó la estabilidad. Esta respuesta permitió mantener el equilibrio incluso bajo condiciones desfavorables.
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También observaron que las estrellas de mayor tamaño no desarrollan pies individuales más grandes, sino que utilizan una mayor cantidad de puntos de apoyo para distribuir la carga.
Estos ajustes confirman que el control del movimiento surge de la interacción física con el entorno y no de una planificación central.
Un modelo que inspira a la tecnología
Los autores del estudio sostienen que este tipo de organización descentralizada podría ser clave para el desarrollo de nuevos sistemas robóticos. En lugar de depender de un único procesador que controle todos los movimientos, futuros dispositivos podrían funcionar mediante múltiples unidades autónomas que se autorregulan según las condiciones externas.
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Este enfoque sería especialmente útil en robots diseñados para explorar terrenos irregulares, rescatar personas en zonas de difícil acceso o desplazarse en ambientes donde las condiciones cambian de manera imprevisible.
La biología vuelve a mostrar que soluciones simples, distribuidas y flexibles pueden resultar altamente eficientes.

El descubrimiento también aporta una mirada renovada sobre cómo los organismos pueden coordinar comportamientos complejos sin estructuras centrales de control. En el caso de las estrellas de mar, la inteligencia no está concentrada en un órgano, sino distribuida en la interacción constante entre sus partes.
Comprender estos mecanismos no solo ayuda a explicar cómo funcionan estos animales, sino que amplía la forma en que la ciencia piensa la organización del movimiento, la adaptación y la autonomía en sistemas vivos y artificiales.
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