
Hace unos 400 millones de años, cuando la vida terrestre apenas comenzaba a consolidarse fuera del agua y las plantas más altas no superaban unos pocos centímetros, el paisaje no fue tan simple ni tan bajo como suele imaginarse.
En vastas regiones del planeta se alzaban estructuras gigantescas, con forma de troncos y alturas de hasta ocho metros, que dominaban los ecosistemas primitivos. Eran los prototaxites, organismos tan enigmáticos como imponentes, cuya sola existencia desafió durante más de un siglo y medio las categorías clásicas de la biología.
Estos colosos surgieron en un mundo sin árboles, sin bosques y sin animales terrestres complejos. Mientras musgos, hepáticas e insectos diminutos cubrían el suelo, los prototaxites se elevaban como auténticas torres vivientes, visibles a gran distancia.
Su tamaño y abundancia los convirtieron en las estructuras más grandes de su tiempo, al punto de funcionar como las primeras contrapartes de los bosques modernos, aunque nadie supo con certeza qué tipo de organismo los formaba.
El desconcierto comenzó en el siglo XIX. Cuando el geólogo John William Dawson halló los primeros fósiles en la bahía de Gaspé, en Canadá, en la década de 1850, los interpretó como restos de árboles en descomposición y los describió como la “primera conífera”. La idea parecía lógica a simple vista, pero escondía una contradicción fundamental: en ese momento del Devónico temprano, los árboles todavía no existían. Aun así, el nombre prototaxites quedó instalado y el debate científico se abrió sin una respuesta clara.
Desde entonces, estos fósiles pasaron por casi todas las clasificaciones imaginables. Fueron considerados plantas terrestres primitivas, masas de algas, esteras de hepáticas enrolladas y, más recientemente, hongos gigantes. Durante las últimas décadas, esta última hipótesis ganó fuerza gracias a estudios isotópicos que sugerían un modo de vida heterótrofo, similar al de los hongos modernos, capaces de absorber nutrientes de otros organismos.

Sin embargo, el misterio nunca terminó de cerrarse. Como resumió la paleobotánica Anne-Laure Decombeix, “Hay muy pocas cosas en paleontología que sean tan misteriosas”. Esa sensación persistente de que algo no encajaba del todo encontró ahora un nuevo capítulo con investigaciones recientes que cuestionan de manera directa la idea del “Godzilla de los hongos”.
Un equipo liderado por científicos de la Universidad de Edimburgo analizó fósiles de Prototaxites taiti excepcionalmente bien conservados, hallados en el célebre sílex de Rhynie, en Escocia y publicó el estudio científico en Science Advances.
Este yacimiento, formado hace unos 400 millones de años en una región cercana al ecuador y marcada por aguas termales ricas en sílice, preservó con un nivel de detalle extraordinario plantas, hongos, líquenes y pequeños animales. Entre ellos apareció una masa grisácea y moteada que, al principio, resultó irreconocible. “No tenía ni la menor idea de qué era”, dijo Alexander “Sandy” Hetherington, uno de los responsables del estudio.
Un gigante que no fue hongo ni planta

El análisis microscópico de esos fósiles reveló una complejidad interna inesperada. En su interior aparecieron redes de tubos entrelazados de distintos tamaños y formas. Algunos eran finos y muy ramificados, otros más grandes y curvos, y varios presentaban paredes bandeadas que recordaban a estructuras de crecimiento. Esa arquitectura no coincidió con la de ningún hongo conocido ni con la de plantas primitivas.
Durante años, algunos investigadores señalaron que esos tubos se parecían a las hifas fúngicas. Otros interpretaron las manchas esféricas oscuras presentes en muchos fósiles como señales de un organismo simbiótico, similar a un liquen. El nuevo estudio descartó ambas opciones. Observado de cerca, el fósil no se parecía a un liquen, y las manchas podrían haber funcionado como zonas de intercambio de gases o nutrientes con el agua, de forma comparable a los alvéolos pulmonares.
“En los libros y libros de anatomía escritos sobre hongos vivos, nunca encontramos estructuras como esa”, afirmó Hetherington, al explicar por qué el equipo consideró que la hipótesis fúngica no se sostenía desde el punto de vista anatómico. La forma en que los tubos se ramificaban y fusionaban resultó claramente no fúngica, y algunas paredes mostraron patrones más cercanos a los de las plantas vasculares modernas, aunque sin encajar del todo en ese grupo.

La química de los fósiles aportó otra pieza clave. Los investigadores buscaron rastros de quitina, un componente esencial de las paredes celulares de los hongos, que suele dejar señales detectables incluso en fósiles antiguos. En los prototaxites analizados no apareció ningún indicio de esa sustancia. El contraste fue contundente: otros hongos preservados en el mismo yacimiento sí mostraban compuestos derivados de la degradación de quitina y glucano.
Para reforzar el análisis, el equipo aplicó técnicas de aprendizaje automático. Corentin Loron recopiló datos espectrales de decenas de muestras del sílex de Rhynie y entrenó un algoritmo capaz de reconocer las huellas químicas de distintos grupos de organismos. El resultado fue consistente: Prototaxites apareció marcado de forma fiable como perteneciente a un grupo distinto de hongos, plantas y otros eucariotas conocidos.
La conclusión quedó resumida en una frase clave del estudio: “No se encontró ningún grupo existente que presentara todas las características definitorias de los prototaxites”. La estructura tubular única, la composición química particular y el modo de vida heterótrofo no coincidieron de forma simultánea con ningún linaje vivo.
Un linaje perdido que reescribe la historia temprana

Frente a esa evidencia, las alternativas clásicas se agotaron una por una. Las algas resultaron poco probables por su composición y por la ausencia de rasgos asociados a la fotosíntesis. Los líquenes no coincidieron con la anatomía observada. La idea de un animal primitivo quedó descartada por completo, ya que las paredes celulares no se parecían a las de ningún metazoo. Cada intento de clasificación terminó en un callejón sin salida.
La hipótesis más disruptiva tomó entonces forma: los prototaxites representaron un linaje completamente nuevo y hoy extinto de eucariotas. No se trató de un hongo extraño ni de una planta fallida, sino de una rama independiente del árbol de la vida que prosperó durante decenas de millones de años y luego desapareció sin dejar descendientes modernos identificables.
Vivi Vajda, paleobióloga del Museo Sueco de Historia Natural, coincidió en que ni la química ni la apariencia de los nuevos fósiles se asemejaron a las de un hongo. En el pasado, ella misma comparó algunos prototaxites con Armillaria mellea, el llamado hongo de la miel, considerado uno de los organismos más grandes de la Tierra en la actualidad. A la luz de los nuevos datos, planteó que el próximo paso debería ser encontrar otras formas de vida fósiles con huellas químicas similares para rastrear este linaje en el árbol evolutivo.
El desconcierto también apareció entre biólogos evolutivos. Matthew Nelsen, del Museo Field de Historia Natural, celebró la nueva evidencia y recordó que el fósil lo inquietó durante años. “Me ha preocupado durante mucho tiempo”, escribió al reflexionar sobre la posibilidad de que, incluso si fuera un hongo, se tratara de un linaje extremadamente extraño. Para Nelsen, la negativa de Prototaxites a encajar en ningún grupo conocido refuerza la idea de que la diversidad temprana de la vida terrestre fue mucho mayor de lo que se pensaba.

Los propios autores del estudio sostienen que reconocer la ignorancia fue un paso fundamental. “El simple hecho de reconocer que no lo sabemos es un gran paso adelante. Entonces podremos centrarnos en las cuestiones más apasionantes del ecosistema”, afirmó Hetherington. Esa postura abre la puerta a nuevas preguntas sobre cómo funcionaban los primeros ambientes terrestres y qué roles ecológicos ocuparon estos gigantes.
Durante millones de años, los prototaxites dominaron paisajes sin árboles, creando estructuras verticales que alteraron la dinámica de luz, humedad y nutrientes en el suelo. Su desaparición total, sin herederos claros, recuerda que la evolución no fue una marcha lineal hacia los grupos actuales, sino un experimento continuo, lleno de ramas que florecieron y luego se extinguieron.
Hoy, mientras la revisión por pares continúa y el debate sigue abierto, estos fósiles ya no se ven como simples curiosidades mal clasificadas. Representan una advertencia sobre los límites de nuestras categorías y una invitación a imaginar un pasado mucho más extraño.
En un planeta joven, antes de los bosques y de los animales gigantes, existieron colosos silenciosos que no fueron plantas ni hongos, sino algo completamente distinto, borrado del presente pero aún capaz de cambiar la forma en que entendemos la historia de la vida en la Tierra.
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