
¿Por qué un beagle tiene orejas largas y caídas, mientras que un husky las mantiene erguidas y cortas? Detrás de esas diferencias visibles no solo hay historia de crianza o estética, sino también información genética precisa. Un avance reciente de la Universidad de Georgia logró identificar al gen MSRB3 como el principal responsable de la longitud y la forma de las orejas en los perros, un hallazgo que aporta nuevas herramientas para comprender la herencia de rasgos físicos y mejorar la salud animal.
El estudio, publicado en la revista Scientific Reports, representa un paso importante para que criadores y veterinarios puedan considerar variables hereditarias de manera más objetiva, tanto en la crianza selectiva como en la prevención de posibles problemas asociados a determinadas características físicas.
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Un gen, múltiples formas y funciones
El equipo liderado por Leigh Anne Clark, profesora asociada del Colegio de Medicina Veterinaria de la Universidad de Georgia, analizó material genético de más de 3.000 ejemplares, incluyendo perros de distintas razas, lobos y coyotes. Este amplio muestreo permitió comparar cómo pequeñas variaciones en el ADN se traducen en grandes diferencias visibles entre especies y razas.

El análisis reveló que el gen MSRB3 juega un papel central en la morfología auricular. En términos simples, este gen actúa como una especie de “instrucción biológica” que le indica al organismo cómo deben desarrollarse las orejas durante el crecimiento.
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Las diferencias en MSRB3 determinan si un perro tendrá orejas en punta —como el husky— o caídas —como el cocker spaniel—, y también influyen en la longitud que alcanzan.
“Hay una combinación de alelos, o distintas versiones de un mismo gen, que define si un perro tendrá orejas erguidas o caídas. Además, existe una variante adicional que determina si la oreja será corta o larga”, explicó Clark, según la Universidad de Georgia.
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El hallazgo sorprendió a los investigadores, que esperaban encontrar una genética más uniforme dentro de cada tipo de oreja. La presencia de múltiples combinaciones mostró que la herencia de este rasgo es más compleja de lo que se creía.
Implicancias para la salud y la crianza selectiva
En los perros, la forma de las orejas no es solo una cuestión estética. Existen múltiples tipos: erguidas, caídas o similares a las de un murciélago. Cada una puede cumplir funciones diferentes.
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Las orejas en punta, por ejemplo, facilitan la detección de sonidos lejanos, algo útil en razas de trabajo o vigilancia. En cambio, las orejas largas y flexibles, como las del beagle, ayudan a canalizar olores hacia el hocico durante el rastreo, aunque también pueden favorecer infecciones si no se mantienen limpias.

El descubrimiento del rol de MSRB3 tiene además una relevancia médica. En humanos, ciertas mutaciones de este mismo gen están asociadas a pérdida de audición. Esto abre la posibilidad de que, en el futuro, se desarrollen pruebas genéticas que permitan anticipar o reducir el riesgo de problemas auditivos en algunas razas caninas.
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Comprender estos vínculos permite equilibrar mejor los objetivos estéticos de la crianza con el bienestar y la salud de los animales.
Clark subrayó la importancia de identificar “qué genes y regiones genómicas se seleccionan en las razas, especialmente pensando en los trastornos genéticos”, lo que refuerza la responsabilidad que implica la selección artificial.
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Hacia una crianza más informada y responsable
A lo largo de los siglos, la intervención humana intensificó las diferencias físicas entre razas, seleccionando características específicas según preferencias culturales, funciones laborales o estándares estéticos. Sin embargo, este proceso también puede amplificar riesgos genéticos no deseados.
Contar con información precisa sobre los genes involucrados permite tomar decisiones más informadas. Los criadores pueden evaluar mejor qué combinaciones genéticas conviene preservar y cuáles podrían asociarse a problemas de salud.
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Este avance de la Universidad de Georgia brinda una herramienta concreta para diseñar programas de crianza más responsables, reducir la incidencia de enfermedades hereditarias y mejorar la calidad de vida de los perros.
Además, el estudio contribuye a una comprensión más amplia de cómo pequeños cambios en el ADN pueden generar una enorme diversidad de formas en los animales domésticos, un fenómeno que también ayuda a entender procesos evolutivos en otras especies.
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