
Durante siglos, la idea común sostenía que los seres humanos perciben el mundo únicamente a través de cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Sin embargo, nuevas investigaciones impulsadas por Barry Smith, director del Institute of Philosophy en la University of London, están desafiando este modelo tradicional.
Según lo publicado por The Conversation, diversos estudios señalan que la experiencia sensorial humana es mucho más compleja y rica, con hasta 33 sentidos que se integran y colaboran de manera constante, conformando una red perceptiva que enriquece cada aspecto de la vida cotidiana.
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El modelo clásico de los cinco sentidos tiene su origen en la filosofía de Aristóteles y perduró en la cultura popular durante siglos. No obstante, Smith advierte en The Conversation que la evidencia contemporánea lo pone en entredicho.

El experto explica: “Lo que sentimos afecta lo que vemos y lo que vemos afecta lo que oímos”. Las percepciones rara vez ocurren de manera aislada; más bien, se fusionan continuamente, generando una percepción multisensorial que unifica la experiencia del entorno.
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Redefinir los sentidos: de la propiocepción al sentido de agencia
En este nuevo paradigma, Charles Spence, neurocientífico y líder del Crossmodal Laboratory en Oxford, así como colaborador de Smith, estima que los humanos podríamos contar entre 22 y 33 sentidos.
Esta cifra se basa en investigaciones recientes en neurociencia y revela la existencia de mecanismos sensoriales internos mucho más variados que los reconocidos tradicionalmente.
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Entre estos sentidos adicionales se encuentran la propiocepción (habilidad de identificar la posición de las extremidades sin mirar), el equilibrio, regulado por el sistema vestibular del oído interno junto a la propiocepción y la vista, y la interocepción, que permite identificar cambios internos físicos como las variaciones en el ritmo cardíaco o la sensación de hambre.
Además, se reconocen fenómenos como el sentido de agencia, la convicción de ser quienes movemos nuestro propio cuerpo, y el sentido de propiedad corporal, que puede alterarse tras un accidente cerebrovascular, cuando algunas personas sienten que una parte del cuerpo no les pertenece pese a conservar la sensibilidad. Estos casos revelan que los límites entre los sentidos son mucho más difusos y dinámicos de lo que la sabiduría convencional sugería.
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Smith señala en The Conversation que muchos de los sentidos “clásicos” son, en realidad, sistemas integrados por varias submodalidades. Por ejemplo, el tacto abarca no solo la presión o la textura, sino también el dolor, la temperatura y la picazón.

El gusto, es resultado de la interacción entre el olfato y la textura de los alimentos. Los receptores linguales detectan sabores básicos como dulce, salado, amargo, agrio y umami, pero los sabores complejos —como el de la frambuesa o el mango— no provienen de la suma de sensaciones elementales.
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Surgen gracias a la colaboración entre la lengua y la nariz, ya que el aroma proporciona la mayor parte de lo que se percibe como “sabor”. Los compuestos aromáticos liberados al masticar acceden a la cavidad nasal y transforman la percepción final, reforzando el papel del olfato en la experiencia gustativa.
Experimentos que desafían la percepción cotidiana
Las interacciones entre los sentidos resultan en experiencias cotidianas sorprendentes. Smith sostiene que distintos aromas en productos como el champú pueden hacer que el cabello parezca más sedoso; por ejemplo, una fragancia de rosa puede alterar la sensación de textura.
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En la alimentación, los aromas artificiales en yogures bajos en grasa aumentan la percepción de cremosidad sin modificar la composición, mientras que la viscosidad de las bebidas condiciona la percepción de los aromas.
Un caso peculiar es el consumo de jugo servidos en un avión: el ruido de la cabina atenúa la detección de sabores como la sal o el dulce, pero potencia el umami, principal en el tomate, lo que explica por qué el jugo parece más intenso durante el vuelo.
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La ciencia detrás de la integración sensorial
El Centre for the Study of the Senses de la University of London, bajo la dirección de Smith, impulsó investigaciones ejemplares en este campo. A través del proyecto “Rethinking the Senses”, iniciado en 2013 junto al fallecido Colin Blakemore, se demostró que alterar el sonido de los propios pasos puede modificar la percepción del peso corporal.

Además, utilizando audioguías en la Tate Britain que simulan la voz de personajes retratados, se comprobó que los visitantes logran recordar más detalles visuales de las obras.
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Experimentos públicos como la exposición “Senses Unwrapped”, realizada en Coal Drops Yard, Londres, desafían a los participantes a cuestionar sus percepciones: una ilusión demuestra cómo una piedra pequeña puede parecer más pesada que una grande, aunque ambas tengan el mismo peso en la balanza.

Estos descubrimientos confirman que los sentidos humanos conforman un sistema complejo, interconectado y dinámico, en el que cuerpo y entorno participan de manera constante.
La percepción no se limita a recibir información pasivamente, sino que implica una integración activa y continua de múltiples canales sensoriales. Cada experiencia cotidiana es el resultado de una red de sentidos que trabajan en conjunto, enriqueciendo la manera en que las personas interpretan y disfrutan el mundo.
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