
¿Qué tienen en común un chimpancé, un cuervo y los humanos? Más de lo que parece. Investigadores de la Universidad del Ruhr de Bochum publicaron dos estudios que desafían una creencia tradicional de la ciencia: la conciencia no es un privilegio exclusivo de los seres humanos.
Según sus hallazgos, también las aves poseen formas fundamentales de percepción consciente, lo que sugiere que la evolución ha encontrado caminos diferentes para alcanzar funciones similares en cerebros distintos. Estas conclusiones, difundidas en dos estudios en la revista Philosophical Transactions of the Royal Society B, amplían el debate sobre la mente animal y sus orígenes.
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Tres tipos de conciencia y una perspectiva evolutiva compartida
Los equipos liderados por Albert Newen, Onur Güntürkün y Carlos Montemayor identificaron tres tipos de conciencia, cada uno con una función propia en la supervivencia y la vida mental de animales y humanos.
Estos tipos no deben entenderse como categorías cerradas o excluyentes, sino como niveles funcionales que pueden superponerse y apoyarse entre sí en la experiencia consciente.
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El primero es la activación básica, que pone al organismo en estado de alerta ante peligros vitales. Así, el dolor cumple una función esencial: nos permite detectar daños en el cuerpo y nos impulsa a huir o inmovilizarnos, favoreciendo la supervivencia.
En segundo lugar, la alerta general posibilita enfocar la atención en un estímulo relevante entre numerosos distractores. Esta capacidad permite aprender conexiones simples —como asociar humo con fuego— y también descubrir relaciones más complejas en el entorno, facilitando el aprendizaje.
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La forma más compleja es la conciencia reflexiva o autoconciencia. Permite a los sujetos pensar sobre sí mismos, recordar el pasado, imaginar el futuro y planificar acciones. En su variante más simple, implica identificar sensaciones y pensamientos propios; en su forma avanzada, como el reconocimiento de uno mismo en el espejo, se observa tanto en humanos a partir de los 18 meses como en animales como chimpancés, delfines e incluso ciertas aves.
Las aves y los mamíferos: distintas estructuras, funciones similares
Aunque los cerebros de aves y mamíferos presentan diferencias estructurales marcadas —por ejemplo, las aves no tienen una corteza cerebral organizada como la de los humanos—, los estudios dirigidos por la Universidad del Ruhr de Bochum demostraron que ambos grupos logran soluciones funcionales parecidas para desarrollar conciencia.
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Esto se conoce como evolución convergente, un proceso por el cual distintas especies, enfrentando retos similares, encuentran respuestas funcionales equivalentes aun con herramientas biológicas distintas.
Desde el punto de vista neurobiológico, las aves cuentan con el NCL (del inglés nidopallium caudolaterale) —su “equivalente” a la corteza prefrontal de los mamíferos—, que está densamente conectado y permite procesar información de manera flexible.
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En este contexto, el profesor Güntürkün señala que, aunque el cerebro de las aves es anatómicamente diferente al de los mamíferos, el patrón de conexiones en su telencéfalo cumple funciones equivalentes y permite procesar la información de manera similar a la que ocurre en los mamíferos.
Por eso, las aves pueden cumplir con los requisitos propuestos por teorías actuales de la conciencia, como la Teoría del Espacio de Trabajo Global, que postula la necesidad de redes cerebrales conectadas para que surja la conciencia.
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Pruebas de conciencia y autoconciencia en aves

Las evidencias experimentales en aves resultan sorprendentes. En palomas, se observó que pueden alternar entre diferentes interpretaciones de imágenes visuales ambiguas, un comportamiento similar al de las personas. En cuervos, ciertas señales nerviosas reflejan percepciones subjetivas —el animal no solo “ve” un estímulo, sino que lo interpreta según su experiencia.
Quizá lo más llamativo es la manifestación de autoconciencia. Experimentos recientes muestran que ciertas aves, como las urracas, superan la famosa prueba del espejo, identificándose a sí mismas; otras, como palomas y gallinas, distinguen entre su reflejo y otro individuo, adaptando su conducta según el contexto.
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Los autores aclaran que la prueba del espejo no constituye el único ni un criterio definitivo de autoconciencia, sino una de varias evidencias posibles dentro de un conjunto más amplio de comportamientos y correlatos neuronales.
Según Güntürkün, “palomas y gallinas muestran indicios de autoconciencia situacional básica, reaccionando de manera distinta a su propia imagen”.
Las conclusiones de la Universidad del Ruhr de Bochum sugieren que la conciencia es un fenómeno evolutivo mucho más antiguo y común de lo que se pensaba. No requiere necesariamente estructuras idénticas: diferentes cerebros pueden funcionar como escenarios distintos donde la conciencia emerge y se desarrolla.
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