
Un descubrimiento reciente podría reescribir parte de la historia del Sistema Solar y de la propia Tierra. Nuevos análisis de muestras del asteroide 162173 Ryugu revelan que el cuerpo progenitor de esta roca “potencialmente peligrosa” mantuvo agua líquida en su interior durante un periodo mucho más largo de lo que la ciencia había imaginado.
La evidencia no solo sorprende por lo que dice de Ryugu, sino también por lo que sugiere acerca del origen del agua en nuestro planeta.
Ryugu, de unos 900 metros de ancho y una órbita que se cruza con la de la Tierra cada 474 días, fue visitado por la misión japonesa Hayabusa2 entre 2018 y 2019.

La sonda recogió diminutos fragmentos de roca y los trajo a nuestro planeta en diciembre de 2020. Esas muestras, aparentemente inertes, se convirtieron en una cápsula del tiempo que ahora revela secretos inesperados.
El estudio, publicado en la revista Nature, indica que agua líquida fluyó en el objeto que dio origen al asteroide Ryugu más de mil millones de años después de su formación.
“Descubrimos que Ryugu conservaba un registro prístino de la actividad hídrica”, explicó Tsuyoshi Iizuka, geoquímico de la Universidad de Tokio y autor principal del trabajo. Para los científicos, ese registro demuestra que “los fluidos se desplazaban a través de sus rocas” en una etapa mucho más tardía de lo que se creía posible.

Hasta ahora, el consenso sostenía que la actividad hídrica en asteroides se limitaba a los primeros momentos del sistema solar, cuando el calor residual y el material radioactivo aún permitían la presencia de agua líquida. El hallazgo de Ryugu desmiente esa visión.
“Esto cambia nuestra perspectiva sobre el destino a largo plazo del agua en los asteroides. El agua permaneció presente durante mucho tiempo y no se agotó tan rápidamente como se creía”, añadió Iizuka.
Para llegar a esa conclusión, el equipo analizó la relación entre dos isótopos: el lutecio-176 (Lu-176) y el hafnio-176 (Hf-176). En la naturaleza, el Lu-176 se desintegra en Hf-176 a un ritmo conocido, de modo que la proporción entre ambos sirve para calcular la antigüedad de una muestra. Sin embargo, las muestras de Ryugu mostraron un exceso de Hf-176.

La única explicación razonable, según los investigadores, es que un fluido —agua líquida— arrastró parte del lutecio, alterando el “reloj” isotópico.
El equipo descarta que se trate de un error o de contaminación. “Pensábamos que el registro químico de Ryugu se asemejaría a ciertos meteoritos ya estudiados en la Tierra. Pero los resultados fueron completamente diferentes. Esto nos obligó a descartar cuidadosamente otras posibles explicaciones y finalmente concluimos que el sistema Lu-Hf fue perturbado por un flujo de fluido tardío”, comentó Iizuka.
¿Cómo se generó ese flujo de agua mucho después del nacimiento del sistema solar? Los científicos apuntan a un episodio violento. “El detonante más probable [de la formación del agua] fue el impacto de un asteroide más grande, progenitor de Ryugu, que fracturó la roca y derritió el hielo enterrado, permitiendo que el agua líquida se filtrara a través del cuerpo”, señaló Iizuka.

Ese choque no solo liberó el agua, sino que pudo fragmentar el cuerpo original para dar lugar al asteroide que hoy conocemos.
El análisis también sugiere que el progenitor de Ryugu retuvo hielo durante más de mil millones de años, una cifra que supera por mucho las estimaciones previas sobre la capacidad de los asteroides para conservar agua.
“La idea de que objetos similares a Ryugu mantuvieran hielo durante tanto tiempo es notable. Sugiere que los componentes básicos de la Tierra eran mucho más húmedos de lo que imaginábamos”, agregó Iizuka.
Implicaciones para el origen de los océanos

Este resultado tiene consecuencias profundas para la comprensión de la historia terrestre. La teoría dominante afirma que la mayor parte del agua de la Tierra provino de impactos de asteroides y cometas en la infancia del sistema solar.
Si cuerpos como el progenitor de Ryugu conservaron agua durante tanto tiempo, es posible que hayan transportado entre dos y tres veces más agua a nuestro planeta de lo que estiman los modelos actuales. En otras palabras, los océanos y la atmósfera primigenios de la Tierra podrían deber aún más a los asteroides de lo que se pensaba.
Comprender cómo y cuándo llegó el agua a la Tierra resulta esencial para explicar la aparición de la vida. La habitabilidad de nuestro planeta depende de la presencia de agua líquida en superficie, y este hallazgo amplía el abanico de escenarios que pudieron hacerlo posible.

Ryugu no está solo en el centro de la atención científica. El telescopio espacial James Webb ya había sugerido que su cuerpo progenitor pudo engendrar también al asteroide Bennu, visitado por la misión OSIRIS-REx de la NASA. Sin embargo, las muestras de Bennu, traídas a la Tierra en 2023, no muestran por ahora señales de agua líquida en su interior. Esa diferencia plantea nuevas preguntas sobre los caminos evolutivos de ambos objetos.
El equipo japonés planea un examen detallado de vetas de fosfato en las muestras de Ryugu, lo que permitirá precisar la edad del flujo de agua.
También prevé analizar con más detalle los isótopos de Bennu para determinar si allí pudo ocurrir un proceso similar. La comparación entre ambos asteroides ayudará a reconstruir la distribución de agua en el sistema solar y a definir cuán comunes fueron estos episodios de actividad hídrica tardía.
Un asteroide “potencialmente peligroso”

Aunque es improbable que Ryugu impacte la Tierra, su órbita cruza la nuestra con frecuencia suficiente para que la NASA lo clasifique como “potencialmente peligroso”. Esta categoría no implica una amenaza inminente, pero sí motiva un seguimiento constante.
La misión Hayabusa2 no solo proporcionó muestras de valor incalculable, sino que también reforzó la importancia de estudiar de cerca los objetos que pasan relativamente cerca de nuestro planeta.
El logro refleja la cooperación internacional en la exploración espacial. Japón lideró la misión, pero los resultados interesan a toda la comunidad científica. Entender la presencia prolongada de agua en asteroides permite refinar modelos de formación planetaria y podría guiar futuras misiones que busquen recursos en el espacio o evalúen riesgos de impacto.

El descubrimiento también tiene un mensaje más amplio. Mientras la humanidad debate cómo proteger su propio suministro de agua frente al cambio climático y la contaminación, el hallazgo de reservas de agua ancestral en una roca que viaja alrededor del Sol recuerda la extraordinaria persistencia de este recurso en el cosmos.
Los investigadores son cautos. Saben que cada respuesta abre nuevas preguntas: ¿cuántos asteroides conservaron hielo durante miles de millones de años? ¿Qué proporción del agua terrestre provino de ellos? ¿Pudo un solo gran impacto sembrar los océanos o se trató de una lluvia continua de pequeños cuerpos?

“Esto nos obliga a replantearnos las condiciones iniciales del sistema hídrico de nuestro planeta”, reconoció Iizuka. Su equipo confía en que el análisis de fosfatos y la comparación con Bennu ofrezcan pistas decisivas.
El viaje de Hayabusa2 demuestra que incluso los objetos más pequeños pueden contener las claves de nuestra historia.
En un fragmento de roca oscuro y polvoriento, a millones de kilómetros de distancia, se escondía una prueba inesperada de que el agua —ese ingrediente esencial para la vida— encontró formas de persistir, de moverse y quizá de sembrar mundos enteros.
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