
Cada década, un fenómeno natural transforma el paisaje de Columbia Británica: millones de orugas de la polilla de la tienda occidental emergen en masa, cubren árboles y superficies con capullos de seda y desaparecen abruptamente tras un breve periodo de abundancia. Este ciclo, motivo de investigación y asombro para residentes y científicos, fue analizado durante más de 50 años por la Dra. Judith Myers, profesora emérita de la University of British Columbia.
Sus estudios explican las causas de estos brotes cíclicos y revelan la sorprendente resistencia de la especie frente al cambio climático, un hecho que desafía las previsiones sobre la vulnerabilidad de los insectos ante las alteraciones ambientales.
Las orugas, identificadas por su aspecto peludo y coloración naranja y negra, se distribuyen ampliamente, con especial presencia en la Isla de Vancouver y en las islas del sur del Golfo. Su área abarca desde Manitoba hasta California. Estas larvas se alimentan principalmente de hojas de aliso rojo y árboles frutales.
El ciclo vital inicia en abril, con la eclosión de los huevos; las orugas jóvenes construyen tiendas de seda que garantizan calor y protección. En junio, abandonan estas estructuras para pupar, lo que genera concentraciones densas sobre vallas, paredes y viviendas: una escena que muchos habitantes consideran poco agradable.

Consecuencias económicas y sociales de los brotes
La repercusión de estos brotes va más allá de la apariencia visual. En años de alta densidad, las orugas pueden defoliar árboles frutales y afectar la producción agrícola. En Salt Spring Island, en 2012, la severidad de la infestación condujo a la cancelación del festival de la manzana.
Además, la presencia masiva provocó que turistas redujeran sus estancias, y se atribuye la ingestión accidental de larvas a una grave enfermedad en un caballo. Estos ejemplos reflejan el impacto en la economía local y en la vida cotidiana de las comunidades afectadas.
La investigación científica y los factores de regulación
La trayectoria de la Dra. Myers en Columbia Británica comenzó en 1972, cuando visitaba Mandarte Island junto a su esposo, quien estudiaba gorriones. Mientras él trabajaba, ella dedicaba su tiempo a observar las orugas, un interés surgido en un seminario de posgrado. Con el paso de los años, su curiosidad se transformó en una investigación extensa sobre la regulación de estas poblaciones.
Entre los hallazgos más relevantes destaca el papel fundamental de un virus específico en el control natural de las orugas, resultado del trabajo conjunto con la profesora Jenny Cory de la Simon Fraser University (SFU). Según la Dra. Myers: “Un virus propio de estas orugas es el responsable de las caídas cíclicas en su número”. Al aumentar la densidad poblacional, la propagación del virus provoca un colapso abrupto y temporal en la cantidad de individuos.
A pesar de la preocupación por el cambio climático, los estudios de la University of British Columbia no detectaron alteraciones relevantes en los ciclos de la especie en los últimos 50 años. La Dra. Myers resalta la capacidad de adaptación de estos insectos: “Aprovechan el sol para calentarse cuando hace frío y buscan refugio bajo sus tiendas de seda cuando suben las temperaturas”. Esta flexibilidad les permitió mantener sus ciclos cíclicos pese a las variaciones ambientales.

Prevención, gestión y perspectivas a futuro
El estudio también documentó la sincronía de los brotes en distintas regiones. Se observaron picos poblacionales simultáneos en islas y en el continente, y cuando las poblaciones locales se desploman, algunas hembras recorren decenas de kilómetros para depositar huevos en áreas antes desprovistas de orugas, facilitando así la recolonización.
Gracias a los resultados del equipo de la University of British Columbia, existen estrategias prácticas para anticipar y mitigar los efectos de los brotes. El monitoreo temprano es fundamental: detectar un aumento en el número de orugas permite prever un brote hasta tres años antes. Se recomienda revisar los árboles frutales en abril y eliminar los huevos en invierno o las primeras colonias en primavera para evitar daños mayores.
Los productores comerciales suelen emplear Btk, un insecticida microbiano seguro y eficaz, que se debe aplicar en fases tempranas del desarrollo larval. No obstante, la Dra. Myers recuerda que el virus natural regula las poblaciones, por lo que no es necesario alarmarse ante la presencia de orugas.
El último brote significativo ocurrió en 2023 en Galiano y otras islas, entre ellas Westham Island, en la zona continental de Columbia Británica. En 2024, los investigadores únicamente localizaron una tienda en Galiano, en correspondencia con el patrón típico de declive tras un pico. Las proyecciones estiman que la población crecerá de nuevo en los próximos seis a ocho años, alcanzando otro episodio masivo.
La investigación de la Dra. Myers y su equipo no solo aclara la dinámica de una especie emblemática, sino que invita a reflexionar sobre la capacidad de adaptación de los seres vivos. Tal como las orugas ajustan su ciclo para sobrevivir, la humanidad enfrenta el desafío de encontrar un equilibrio sostenible con su entorno.
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