
Un estudio encabezado por expertos de la Universidad de São Paulo, Brasil, y de la Smithsonian Institution, en Estados Unidos, examinó en profundidad la musculatura craneal del celacanto africano (Latimeria chalumnae), una especie que encarna la idea de “fósil viviente” y cuya anatomía fue clave en la interpretación histórica del paso de los peces a los tetrápodos.
“Pese a ser uno de los vertebrados vivos más emblemáticos, hallamos una multitud de errores en la identificación de los músculos craneales del celacanto africano, algunos de los cuales se han repetido durante casi 70 años”, estiman Datovo y Johnson.
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El trabajo fue publicado en Science Advances y analiza conceptos centrales en la evolución de los peces con mandíbula y, por extensión, de todos los vertebrados modernos.
Anatómicamente, una corrección histórica
Según divulgaron los autores, el celacanto, redescubierto en 1938 tras conocerse solo por registros fósiles, se mantuvo durante décadas en el centro del debate sobre la transición evolutiva hacia los animales terrestres. Estudios previos sobre su cabeza identificaron diversos músculos que parecían justificar innovaciones evolutivas clave. Pero la revisión actual revela que once músculos nunca existieron en realidad, y que hay “tres subdivisiones y conexiones musculares nunca antes reportadas”.
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La confusión surgió en parte porque ligamentos —tejidos que conectan estructuras pero no generan movimiento por sí mismos— se clasificaron como músculos. “Solo 3 de las 22 transformaciones evolutivas musculares propuestas para los grandes linajes de peces con mandíbula resultaron ser válidas”, escribieron los autores.
Un mapa revisado de la innovación muscular en peces
Los investigadores observaron cómo la aparición de los tres principales grandes grupos de peces con mandíbula —sarcopterigios (peces de aletas lobuladas, como el celacanto), condrictios (tiburones y rayas) y actinopterigios (peces de aletas radiadas, mayoría de las especies actuales)— coincidió con diferentes velocidades de “innovación muscular”.
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En sarcopterigios, se comprobó una tasa baja de cambios en la musculatura; en condrictios, un ritmo moderado; en actinopterigios, una auténtica explosión de novedades anatómicas. El surgimiento de una segunda vía activa para expandir la cavidad bucofaríngea fue especialmente relevante en los actinopterigios, lo que facilitó la alimentación por succión predominante en este grupo.

La diferencia anatómica explica cómo las carpas y muchos otros peces actuales expanden rápidamente su boca y generan succión para tomar alimento, siempre de acuerdo con los expertos. Los celacantos —y también los tiburones— dependen aún de la mordida.
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La investigación se basó en disecciones directas, uso de técnicas de tinción doble, análisis microscópico y microtomografía tridimensional. Este abordaje permitió distinguir inequívocamente músculos de ligamentos y revisar punto por punto la anatomía tradicionalmente aceptada.
“Ver cada músculo y nervio de primera mano permitió a los autores identificar con certeza lo que realmente había en la cabeza del celacanto, señalar estructuras no descritas previamente y corregir errores que se habían repetido en la literatura científica durante más de 70 años”, relata Datovo.
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Según sintetiza el artículo, “estos hallazgos afectan de manera significativa nuestra comprensión de la evolución craneal profunda de los vertebrados con mandíbula”. Otro punto resalta el carácter compartido y primitivo de ciertos músculos. Por ejemplo, el hallazgo del músculo espiracularis en el celacanto sugiere que rasgos considerados exclusivos de otros linajes en realidad surgieron antes y permanecieron sin cambios. En otro sentido, la ausencia de músculos que sí están en otros peces revela un devenir evolutivo mucho más complejo y marcado por pérdidas y adquisiciones independientes.
“La asunción de que el músculo mandibularis no es homólogo entre osteíctios y otros gnatostomados es injustificada”, concluyen los autores.

El análisis de Datovo y Johnson deja abiertos varios frentes de exploración: revisar la anatomía muscular en otros linajes de peces, reinterpretar fósiles relevantes y estudiar las consecuencias de las nuevas innovaciones morfológicas en la ecología y el comportamiento a lo largo del tiempo.
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El celacanto se considera un “fósil viviente” porque su morfología ha mostrado muy pocos cambios al menos en los últimos 65 millones de años, según estos expertos. Ellos plantean que vive a profundidades cercanas a 300 metros y permanece resguardado en cuevas, sin apenas amenazas. Los científicos señalan que este entorno propició pequeñas tasas de cambio y un genoma muy estable.
El trabajo de Datovo y Johnson confirma que incluso entre lo que parecía seguro aún hay “sorpresas que pueden cambiar nuestra visión de la evolución vertebrada”.
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