En la esquina de la calle 72 y la avenida York, en pleno Upper East Side de Nueva York, una estructura rojiza y maciza atrae todas las miradas. No es arte contemporáneo ni una escultura de museo: es el fragmento más grande de Marte que existe en la Tierra, una roca de 25 kilogramos que esta semana será subastada. Se espera alcanzar una cifra millonaria en dólares.
Su nombre es NWA 16788, y su historia no solo reconfigura el conocimiento sobre los meteoritos marcianos, sino que también plantea una pregunta de fondo sobre cómo se asigna valor a los objetos más extraordinarios del universo conocido.
“Este meteorito marciano es, con diferencia, el fragmento más grande de Marte que hemos encontrado jamás”, declaró Cassandra Hatton, vicepresidenta de ciencia e historia natural de Sotheby’s, a cargo de la subasta.
La pieza será vendida junto a un esqueleto juvenil de Ceratosaurus de más de dos metros de altura, en una subasta que mezcla historia natural con rarezas científicas de alto perfil. NWA 16788 representa aproximadamente el 7% de todo el material marciano conocido en la Tierra. Para ponerlo en perspectiva, es un 70% más grande que el segundo mayor fragmento de ese tipo jamás registrado.
Lo que parece una mole de terracota cenicienta en realidad atravesó el espacio tras haber sido expulsada del planeta rojo por el impacto de un asteroide.
La teoría es que, hace millones de años, un choque de gran magnitud liberó escombros que, tras recorrer cerca de 225 millones de kilómetros, descendieron finalmente sobre el desierto del Sahara. En noviembre de 2023, un buscador de meteoritos encontró el bloque en la región de Agadez, en Níger. Ese descubrimiento encendió las alarmas en el mundo de la geociencia y la historia planetaria.
Cómo se verifica una roca proveniente de Marte
A diferencia de los meteoritos lunares, que pueden compararse con cientos de muestras recolectadas durante las misiones Apolo, no existen referencias directas de materiales traídos de Marte. A pesar de los esfuerzos de la NASA con el programa Perseverance, que busca recolectar y eventualmente retornar muestras, todavía no hay una base de comparación definitiva. Por eso, determinar que una roca realmente proviene del planeta rojo implica un proceso complejo de verificación, que en este caso fue exhaustivo.
La roca fue sometida a estudios de composición que revelaron su estructura como una shergotita olivina-microgabroica, una clase de meteorito formada por el lento enfriamiento del magma marciano. Su textura está compuesta por piroxeno, olivino y maskelynita, un tipo de vidrio que solo aparece como resultado del impacto extremo.
“¿Hay vidrio de maskelynita en esta roca? Si lo hay, es un meteorito, porque solo lo encontramos en meteoritos”, explicó Hatton. Ese componente ya indica un origen cósmico, pero no determina por sí solo que se trate de una pieza marciana.

La clave definitiva suele encontrarse en las pequeñas bolsas de gas atrapadas en el interior de estos cuerpos. Gracias a los datos atmosféricos obtenidos por las sondas Viking de la NASA en los años setenta, se dispone de una “huella” atmosférica de Marte que permite comparaciones. “Encontrarás pequeñas bolsas de gas en muchos meteoritos marcianos. Hemos abierto esas bolsas y comparado el gas que contienen con el gas que analizamos de la atmósfera marciana; si coinciden, sabremos que la roca proviene de Marte”, indicó Hatton.
La superficie del fragmento también aporta pistas. Tiene una corteza de fusión quemada por la fricción atmosférica durante su ingreso a la Tierra, una huella térmica inequívoca. “Esa fue la primera pista de que no se trataba simplemente de una gran roca en el suelo”, sostuvo Hatton. Por fuera, su textura rugosa, con ondulaciones, pliegues y zonas que se asemejan a micro-relieves, recuerda de forma inquietante a la topografía marciana. “Si lo miras de cerca, casi podrías usarlo como escenario de una película sobre Marte”, añadió.
Más allá de lo técnico, NWA 16788 representa un fragmento literal de otro mundo. En total, se reconocen oficialmente más de 77.000 meteoritos en la Tierra, pero solo 400 son de origen marciano. De ellos, la gran mayoría son piezas de tamaño reducido. En cambio, esta estructura —de casi 38 centímetros de largo, 28 de ancho y 15 de alto— desafía los precedentes. Es tan masiva que obligó a revisar las estimaciones anteriores sobre el tamaño posible de estos fragmentos.
Una joya científica con valor comercial
Poner precio a una pieza tan singular implicó un desafío inusual. “Realmente tengo que pensar en el contexto, los antecedentes, la historia, la rareza, el significado y luego establecer una estimación”, explicó Hatton.
A diferencia de una pintura de Picasso o un collar del siglo XIX, no existen referencias de mercado claras para algo así. El valor estimado de entre 2 y 4 millones de dólares se basa en la exclusividad del objeto, su autenticidad comprobada y el interés potencial de coleccionistas, museos o instituciones científicas.
Pero el mercado tiene sus propias reglas. Hatton recordó que el año pasado subastó el esqueleto de un Stegosaurus con una estimación de entre 4 y 6 millones de dólares que finalmente se vendió por 44,6 millones. “Al final, son los postores quienes nos dicen el valor de las cosas, no yo ni nadie más”, comparó.
En este caso, hay un aspecto práctico que juega a favor de la puja: aunque se trate de un meteorito enorme en su categoría, cabe perfectamente en una mochila. Esa portabilidad amplía el universo de compradores potenciales.
Hatton también subrayó que más allá de su peso científico, el meteorito posee un valor estético distintivo. A diferencia de otros fragmentos más planos o poco llamativos, esta pieza presenta una estructura tridimensional que recuerda visualmente al propio Marte. “También se parece mucho a la superficie del Planeta Rojo. La mayoría de los demás meteoritos marcianos que encontramos son láminas muy pequeñas y delgadas, y al observarlas a primera vista, jamás adivinarías que son marcianos”, añadió el experto.
La decisión de subastarla en lugar de donarla a una institución generó algunas preguntas. Hatton respondió con una reflexión sobre el papel de los coleccionistas privados en la historia de los museos. “Si no tuviéramos coleccionistas privados, no tendríamos museos”, afirmó.
Según explicó, muchos de sus clientes donan o prestan sus piezas a instituciones públicas y, en muchos casos, también financian su conservación. “Si es valioso para ti, lo cuidas. Tener este valor vinculado al objeto ayuda a garantizar su cuidado”, sostuvo.
El meteorito no solo plantea una nueva forma de pensar el vínculo entre ciencia y comercio, sino que también condensa preguntas sobre el origen y el destino de la materia planetaria. Es una muestra tangible de la violencia cósmica que aún moldea el sistema solar.
Además, es un ejemplo de cómo la curiosidad, el mercado, la técnica y la pasión por lo inexplorado pueden converger en un mismo objeto. Hatton apuntó: “He visto a gente llorar después de comprar cosas en una subasta”. En este caso, ese fragmento oxidado puede representar mucho más que una roca: puede ser la materialización de un sueño interplanetario.

Así, NWA 16788 es más que un meteorito. Es la prueba de que Marte, a pesar de su distancia, ya dejó una huella concreta en la Tierra. También es el recordatorio de que cada fragmento caído del cielo puede traer consigo una historia que nos obliga a repensar lo conocido.
Esta roca —con su fusión vítrea, su pasado volcánico y su aterrizaje accidentado en África— resume una travesía de millones de kilómetros y miles de años.
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