
En 1953, Henry Molaison fue sometido a una operación experimental que modificó radicalmente su vida. Tal y como explicó National Geographic, el objetivo de la intervención era reducir las crisis epilépticas que padecía desde su infancia.
El neurocirujano William Beecher Scoville decidió extirpar los lóbulos temporales mediales, incluyendo el hipocampo, una zona esencial en la formación de nuevos recuerdos. Si bien la cirugía logró controlar la epilepsia, dejó al paciente con una forma severa de amnesia anterógrada: podía mantener una conversación breve, pero olvidaba lo ocurrido apenas unos minutos después.
Según detalló la revista, H.M. recordaba su infancia y los hechos anteriores a la operación, pero era incapaz de retener información nueva. Esta condición atrajo la atención de Brenda Milner, quien en ese momento trabajaba en el Instituto Neurológico de Montreal.

Una observación que redefinió la memoria
Brenda Milner comenzó a evaluar sistemáticamente las capacidades residuales de Henry mediante pruebas experimentales. En una de ellas, le pidió que dibujara una estrella guiándose por su reflejo en un espejo, una tarea que incluso para sujetos sin alteraciones de memoria requiere coordinación y práctica. A pesar de que H.M. aseguraba que nunca antes la había realizado, su desempeño mejoraba día tras día.
A partir de estos resultados, Milner concluyó que la memoria no constituía un sistema único e indivisible. Según explicó National Geographic, la científica logró identificar dos tipos de memoria diferenciados: por un lado, la memoria declarativa, vinculada a hechos y experiencias personales, y por otro, la memoria procedimental, responsable de almacenar habilidades motoras.
Mientras la primera se veía gravemente afectada por la ausencia del hipocampo, la segunda permanecía operativa, lo que implicaba que se asentaba en circuitos cerebrales distintos.

Un cerebro capaz de adaptarse
National Geographic también subrayó que los estudios de Milner con H.M. contribuyeron a consolidar el concepto de neuroplasticidad. La científica demostró que, aunque el paciente no recordaba conscientemente las actividades que realizaba, su cerebro era capaz de aprender de manera inconsciente y generar nuevas conexiones neuronales.
Esta capacidad de reorganización funcional tras una lesión fue clave en el desarrollo de terapias de rehabilitación para personas con daño cerebral.
El contexto que formó a una pionera
Brenda Milner nació en 1918 en Manchester, en el seno de una familia de músicos. Según informó el medio, creció en un entorno que favorecía tanto la libertad creativa como la rigurosidad analítica. Su vocación inicial fueron las matemáticas, pero pronto se volcó en la psicología experimental.
Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en la Royal Air Force diseñando pruebas cognitivas para evaluar pilotos y colaboró en el desarrollo de radares. En esa etapa conoció al ingeniero Peter Milner, con quien se casó en 1944.
Después de trasladarse a Canadá, estudió en la Universidad McGill y se formó bajo la supervisión del psicólogo Donald Hebb. En 1952 obtuvo su doctorado en neuropsicología, y fue en el entorno del Instituto Neurológico de Montreal donde se encontró con el caso que transformaría su carrera y el rumbo de la ciencia.

Un legado vigente en la neurociencia
Según National Geographic, el trabajo de Milner marcó un antes y un después en el estudio de la memoria. Antes de sus investigaciones, se consideraba que el cerebro almacenaba los recuerdos de forma homogénea. Su análisis del caso H.M. permitió reconocer la existencia de múltiples sistemas de memoria, cada uno con funciones y soportes anatómicos específicos.
A través de un caso clínico excepcional y una aproximación científica meticulosa, Brenda Milner delineó un nuevo mapa del funcionamiento cerebral. Su colaboración con Henry Molaison continúa siendo, tal y como concluyó la publicación, uno de los hitos más influyentes en la historia de la neurociencia.
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